François Vatel o de la victoria sobre los apetitos

François Vatel o de la victoria sobre los apetitos

Fritz Karl Watel (París1631 – Chantilly24 de abril de 1671)

Por Luis Ignacio Sáinz

Cocinero y maître francés de origen suizo, inventor de la crema chantilly en el castillo homónimo, al servicio de Luis IIPríncipe de Borbón-Condé, antiguo mariscal de los ejércitos franceses, en calidad de contrôleur général de la Bouche, desde 1663. Será aprendiz del repostero Jehan Heverard, padrino de su hermano, entre 1646 y 1653. Año en que lo contratará Nicolàs Fouquet, marqués de Belle-Ile, vizconde de Melun et Vaux, como pinche de cocina en el palacio de Vaux-le-Vicomte. Personaje a quien se le recuerda por ser un gourmet-gourmand inigualable, así como un financiero sobresaliente, que terminaría siendo traicionado por su sucesor Jean-Baptiste Colbert, superintendente de Finanzas del Reino, a las órdenes del cardenal Giulio Mazarino (Pescina, Abruzzi, 1602 – Vincennes, Francia, 1661), tutor del Monarca, Luis XIV, El Rey Sol

 

Château de Vaux-le-Vicomte (1651-1656), proyecto del arquitecto Louis Le Vau y construcción de Michel Villedo, en Vaux, para Nicolàs Fouquet (1615-1680). https://vaux-le-vicomte.com/en/

 

Nicolàs Fouquet, marqués de Belle-Ile, vizconde de Melun et Vaux

 

La caída de Fouquet le impone una suerte de orfandad a Vatel, quien ignorante que el monarca pretende hundir al bandido, pero no a su corte y equipo de colaboradores, muy especialmente a él mismo en su calidad de notable maître des plaisir, sobre todo tras verlo en acción en la inauguración del Château de Vaux-le-Vicomte el 17 de agosto de 1661, donde además de servir a la familia real en una vajilla de oro macizo y al resto de los huéspedes en una de plata, de prepararle un festín de 5 tiempos, amenizó el banquete con la escenificación de Les Fâcheux (http://sitelully.free.fr/cb1.htm), ballet bufo que inaugurara el género, música de Jean Baptiste-Lully y libreto de Molière (Jean-Baptiste Poquelin, París, 1622-1673), compuesto para la ocasión. Carente de información, considera que la caída de su empleador será la propia y huye a Londres donde un amigo del defenestrado logrará que lo contrate y tome bajo su protección ni más ni menos que Luis de Borbón II, para su palacio de Chantilly.

 

Grande Château de Chantilly, arquitectura de Jules Hardouin-Mansart y jardines de André Le Nôtre, para Luis de Borbón II.

 

Llamado El Gran Condé (París1621Fontainebleau1686), primer príncipe de sangre real conocido como duque de Enghien, era además príncipe Condé, duque de Borbón, duque de Montmorency, duque de Châteauroux, duque de Bellegarde, duque de Fronsac, conde de Sancerre, conde de Charolais, par de Francia, príncipe de sangre, gobernador de Berry y general en jefe de las tropas galas durante la Guerra de los Treinta Años. Caso interesantísimo no sólo para la heráldica, sino para la teoría de los modos de conquista y conservación del poder, pues el caso del Rey Sol o del Rey de Francia estipula, según Maquiavelo, la facilidad de hacerse con el poder, por la herencia que establece el derecho divino de los reyes, y la dificultad de mantenerse en él, por la homogeneidad de méritos de quienes forman parte de la nobleza. De allí que el florentino denominará al Monarca primus inter pares, non entre iguales. Y como nunca antes o después este conspirador de La Fronda, Prince Condé, tendrá tantos o más méritos que el propio Luis XIV para alzarse con el reino. De semejantes equívocos y otras ambiciones surgirá la Trilogía de los mosqueteros de Alexander Dumas padre: Los tres mosqueteros (1844), Veinte años después (1845) y El vizconde de Bragelonne (1848), tramas y anécdotas con la llamada guerra de la Fronda, esos movimientos de insurrección ocurridos en durante la regencia de Ana de Austria, y la minoría de edad de Luis XIV, entre 1648 y 1653.

 

El Grand Château de Chantilly antes y después de las reformas de Mansart, en 3D

 

Petit Château de Chantilly, arquitectura de Jean Bullant, s. XVI.

 

El 21 de abril de 1671, el príncipe de Condé, convida al monarca y la corte del palacio de Versailles, compuesta por alrededor de 3 mil súbditos, a unos festejos a celebrarse durante los siguientes tres días con sus tres noches para obtener el perdón regio, ser nombrado mariscal de los ejércitos franceses en una presumible contienda con Holanda, al costo de una tercia de banquetes con valor estimado en 50 mil escudos, y de esta forma recuperar su prestigio y salir de la bancarrota. El éxito de la estrategia de reconciliación depende, entonces, de las habilidades dignas de hechicería de François Vatel, quien desesperado por las deudas que tiene el castillo con sus proveedores renuentes a hacer entregas, y la tempestad que azota las costas del Canal de La Mancha, duda que lenguados, anchoas, langostas y camarones, corazón marino de los manjares a preparar, acompañantes de corderos y patos esos sí en existencia, arriben a tiempo; vencen sus dudas y decide, por honor neurótico, quitarse la vida justo el 24 de abril de 1671 [1], la jornada del banquete de cierre de la estancia real.

 

Los Grandes Écuries [establos] de Chantilly (3) , arquitectura de Jean Aubert, 1719-1740. https://domainedechantilly.com/fr/#

Inmolación inútil, con retraso, pero si arribó el pedido.

Y habrá algunos que entonces y todavía ahora se pregunten por los orígenes del estallido social de la Revolución francesa de 1789. Sin duda no se trató de pugnar por los que terminarían alzándose como derechos universales del hombre y del ciudadano, sino, con modestia paulina, en favor de una hogaza de pan y un tarro de agua… El dispendio espacial de estos ejemplos constructivos, Vaux-le-Vicomte y Chantilly, emblemáticos de una arquitectura del paisaje exultante, voraz, carente de límites y fronteras, que serán todo lo reprobables que queramos, en la moral íntima del sujeto, en la ética exterior del ciudadano, pero eluden siempre, con éxito, la banalización constructiva. Son monumentos del buen gusto, si bien éste es aristocrático, injusto, excluyente, humillante, no sucumben a la tentación del dinero nuevo, la improvisación y la frivolidad. Constituyen mojoneras del tiempo, llegaron para quedarse, siendo señales tangibles de una cultura espiritual que irremediablemente persigue y alcanza su peculiar estatuto de civilización material con aspiraciones de trascendencia. Delirantes irrupciones en la geografía que, en su versión de sueños de la vigilia, amplían el fuste de la imaginación.

Sus promoventes, Fouquet en Vaux-le-Vicomte, originario de la noblesse de robe, a un tris de la nada que se afana en olvidar, y Condé en Chantilly, insigne depositario de la noblesse d’epée, tan cercano a la gloria que suele ignorarlo, despojándose de las caretas de la subordinación al monarca, no simularán siquiera el menor pudor en rivalizar con la Corona de las lilas y su riqueza…ambos escenarios de la potencia antecederán a esa levedad incomprensible del Château de Versailles, cuya obra finalizará hasta 1692, aunque la apertura formal terminada de la Capilla real se prolongará hasta 1710, lo que borrará de la memoria sus inicios como coto de caza dispuesto por Luis XIII, que alberga un palacete enladrillado con gracia solitaria manifiesta en sus mansardas y la plaza de armas que opera en tanto vestíbulo de congregación y partida de las batidas cinegéticas, a caballo y con sabuesos que anuncian el sacrificio de las bestias…

 

Vista interior de la Capilla real y corte longitudinal.

 

Por el deceso de Louis Le Vau en 1670, Colbert designaría con razón a François d’Orbay (1634–1697) a cargo de las obras, tras haber sido principalísimo colaborador de Le Vau, relevado a su vez por Mansart. Un elemento de transición arquitectónica de Luis XIII a Luis XIV radica en la solución de los copetes edilicios con planos inclinados que alojan ventanas denominadas mansardas: remates que están recubiertos de tejas dispuestas en escamas y fabricadas con pizarra, si bien en contextos urbanos son más recurrentes las chapas de cinc troqueladas. Esta modalidad de cierre del alzado de un edificio incorporando ventanería, deriva del apellido de su creador  François Mansart (15981666), tío del alarife que sí interviene en Versailles, como antes en Chantilly, y a quien le corresponderá difundir este artilugio constructivo que garantizaba por igual la ventilación y la iluminación, con la novedad de recurrir a la cantería.

 

 

A cerca de cuatrocientos años de que dieran inicio las obras en este territorio que alcanzó las 8 mil hectáreas, el dominio sigue siendo considerable, pues cuenta con 800 hectáreas, 200 mil árboles, 35 km de canalizaciones, 11 hectáreas de techumbre, 2 153 ventanas, 67 escaleras, 700 estancias, 2,513 ventanas, 352 chimeneas, 483 espejos, 42 km de senderos con 372 estatuas, 55 estanques… Numeralia discretísima frente al portento de su existencia (http://www.versailles3d.com/es/ ), una que, sin tapujos, generó la guillotina y el terror como lecciones de conducta y columnas de una pedagogía basada en la emulación…el miedo al ejemplo.

Más allá del horror, en semejantes fastos de la imaginación, François Vatel fue, incontinente asumido, un contribuyente o causante mayor. Somos deudores de su gentileza al saciar las expectativas de nuestros sentidos: elevándolos a una condición suprema, engalanando los apetitos en atavíos metafóricos, simbolismos henchidos de locura y sin razón, pero siempre reconociendo a la belleza como su materia prima preferida y consentida. Visiones, aromas, sabores, sonidos, caricias, peldaños de la escala de placer que estableció como regla de la convivencia plena y la satisfacción a ultranza…

Pese a que Pierre Corneille (1606-1684) es modernísimo y edificante: “Aquel que puede hacer lo que desea, ordena cuando sugiere” (Sertorius, 1662), el barroco francés encontró a su más acertado cronista en Molière, quien con un cinismo refinado nos suele terrenalizar: “Prefiero un vicio interesante a una virtud que aburre” y “Me alimento de una buena sopa, no de un lenguaje hermoso”.

Polos, un vicio interesante y una buena sopa, entre los que fluctúa el ser y el hacer de Vatel…

1 Luis XIV en aras de sacudirse la influencia de su propia madre como Reina regente (Ana de Austria, hermana de Felipe IV rey de España, su tío carnal y además suegro, pues es el padre de la Infanta mayor María Teresa, la Reina consorte de Francia), cómplice-patrocinadora del príncipe de la Iglesia italiano Giulio Mazarino, destituye al protegido de ambos Nicolás Fouquet, instruyendo el 5 de septiembre de 1661 al capitán-comandante del Cuerpo de Mosqueteros señor d’Artagnan, se encargue de prenderlo y conducirlo a la fortaleza de Pignerol, donde consumirá hasta su último aliento. La razón será la ostensible riqueza de su subordinado, quien al sumarse a la administración de la monarquía carecía por completo de fortuna, pues su padre se incorporó como burócrata del Estado lo que le permitió ser considerado de la nobleza por toga (noblesse de robe) en oposición a la nobleza de la espada (noblesse d’épée).

2 La fama de coreógrafo y escenógrafo de la vida nobiliaria era tal que Madame de Sévigné, quien como nadie en su época compuso cartas por millares, escribió el 24 de abril a su hija Madame de Grignan para referirle el triste acontecimiento: “le grand Vatel s’est poignardé” (el gran Vatel se apuñaló).

3 Los Boutellier fueron los primeros señores de Chantilly, cuando la finca se reducía a un fuerte amurallado (actual Grand Château), levantado en la cima de una colina rocosa y circundado por ciénagas. Saqueado sin pausa alguna durante las jacqueries [levantamientos campesinos] de la Guerra de los Cien Años, el conjunto fue adquirido por los Orgemont en el ocaso del siglo XIV. En 1484, Guillermo de Montmorency heredó Chantilly. Hacía 1560 el condestable [equivalente del Magister equitum de la dictadura romana] Anne de Montmorency [nombre femenino de pila en honor de su madrina Ana de Bretaña], favorito del rey Francisco I, mandó construir a Jean Bullant un castillo renacentista (el Petit Château) vecino del Grand Château, fortaleza medieval. En 1632, el duque Enrique II de Montmorency perdió a la letra la cabeza por sublevarse contra el cardenal Richelieu, valido de Luis XIII. Chantilly fue heredado entonces por su hermana Carlota, casada con el príncipe de Condé, Luis de Borbón II.

 

El Cólera Morbo

El Cólera Morbo

Guillermo Prieto*

Era  el año horriblemente memorable del Cólera Morbo.

Había pasado la fugaz presidencia de Pedraza, de quien se dice que él mismo se concedió licencia absoluta para dar ejemplo a generales que de nada servían.

Había visto México llenas sus prisiones y conducidos en cuerda los hombres más notables por la persecución política.

Los pronunciamientos de Escalada, Durán y Artista, todo había pasado sin preocuparme.

Lo que dejó imborrable impresión en mi espíritu fue la terrible invasión del cólera en aquel año.

Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio; las banderolas amarillas negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad, de médicos, de sacerdotes y casas de caridad; las boticas apretadas de gente, los templos con las puertas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y derramando lágrimas… A gran distancia el chirrido lúgubre de carros que atravesaban llenos de cadáveres… todo ese se produce hoy en mi memoria con colores vivísimos y me hace estremecer.

¡De cuántas escenas desgarradoras fui testigo!

Aún recuerdo haber penetrado en una casa, por el entonces barrio de La Lagunilla, que tendría como treinta cuartos, todos vacíos, con las puertas que cerraba y abría el viento, abandonados muebles y trastos… espantosa soledad y silencio como si se hubiese encomendado su custodia al terror de la muerte.

No olvidaré nunca  el dolorosos espectáculo que ofreció a mis ojos una madre que acababa de expirar en un gemido postrero, con el que despertó de su sueño en la cuna a una niña bella como arcángel, que riendo y traviesa jugaba con la cabellera profusa de la madre muerta!…

De tal manera dominaba el pánico, que se anunció que un sabio, que vivía en el Puente de San Francisco número 5ç4, había descubierto un parche que era preservativo infalible de la epidemia; esta medicina se atribuía a un químico, don Manuel Herrera.

La gente se agolpó de un modo tan ansioso y tumultuoso por aquel fíat de salvación de vida, que fue forzoso poner guardias numerosos en la casa del señor Herrera, para evitar un desastre; pero caten ustedes ahí que el día menos pensado derrama en son de chisme, publica avisos, pega en las esquinas papeles y esparce alarmas alguien afirmando que los parches eran segurísimos pasaportes para la eternidad.

Al día siguiente de este pánico las calles amanecieron blanqueando como una terrible nevada. Eran los parches que se habían arrancado del cuerpo las gentes.

El pánico había invadido los ánimos, de manera que estaban en juego las medicinas y procedimientos más contradictorios.

A una mujer del pueblo ordenó el doctor Alarcón una sangría; la mujer interpretó la medicina tomándose un vaso de sangría y el resultado fue magnífico; el médico pedía la sangre y ella le decía que habría dejado el vaso vacío.

El gobernador, que lo era el señor Martínez (a) Macaco, fulminó un bando con tremendas prohibiciones a las frutas, los figones y comestibles; en ese bando hay un anatema contra los chiles rellenos que escalofría.

Contaba mi maestro Cardoso, con su inagotable chiste que atravesando un día  por la calle del Espíritu Santo, vio un cochero tendido ala larga en el pescante devorando una chirimoya que no le cabía en las dos manos: A su lado y parada en el suelo estaba su mujer.

Mi maestro, ardiendo en santa caridad, dijo al cochero:

—¡Bárbaro! ¿No ves que te suicidas? ¿No conoces que esa fruta te abre el sepulcro y te lleva a la condenación eterna?

Absorto quedó el auriga con el apóstrofe; a medida que mi maestro hablaba, bajaba la mano, se limpiaba los labios y suspiraba contrito.

Cuando mi maestro dejó de hablar, exclamó el cochero:

— Es cierto señor amo, no lo vuelvo a hacer —y volviéndose a su mujer continuó—: Tómate, tú, mi alma —dando a su mujer la fruta homicida.

Los panteones de Santiago Tlatelolco, San Lázaro, el caballete y otros, rebosaban en cadáveres de los accesos de terror, de los alaridos de duelo se pasaba en aquellos lugares a las alegrías locas y a las escenas de escandalosa orgía interrumpida por cantos lúgubres y por ceremonias religiosas.

En el interior de la casa todo eran fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro, calabazas con vinagre detrás de las puertas, la cazuela solitaria del amor y la parrilla en el brasero y frente a los santos velas encendidas.

Era un tarde del mes de agosto: Por medida higiénica todo el equipo de la casa aún estaba en el corredor, cabalgando en sendos mecates o reclinado en inseguras sillas: Mi hermano y yo estábamos ausentes. Mi señora madre, medio paralítica, cuidaba la casa.

Cuando menos se pensaba se descolgó un aguacero estupendo, corrían los canales, se inundaron las calles, en breves instantes tomó la ciudad el aspecto de lago profundo.

Colchones , sábanas, lienzos de todo género y cobertores de todas clases se empaparon sin que se pudiese remediar.

Cuando penetré en la casa escurriendo el agua y convertidas en lagos y canales las arrugas de mi vestido, mi señora madre estaba a oscuras y sin darse cuenta de lo grave de la situación. La primera de las necesidades era tener luz, que era mucho muy ardua tal empresa, que suponía lumbre, pajuela, buen pulmón y pulso firme.

Eso de cambiarse ropa, empresa era que tocaba el imposible… y ante omnia vela o lámpara que encender.

Entre lamentos y discusiones pasó el tiempo y después de la queda, hora en que se cerraban al toque de la campana mayor de las casas de vecindad y el comercio todo, oímos en el zaguán unos toques ya acelerados, ya débiles que nos sobresaltaron.

Era mi hermano, conducido por unas personas caritativas, gravemente atacado de cólera.

¿A quién clamar? ¿A quién acudir en aquella lóbrega noche que añadía horror a los horrores de la muerte que por todas partes nos cercaba? Casi sin luz por lo muy exigua que daba la enana y única bujía, sin lumbre en el brasero, sin ropa con que cubrir al moribundo, ni con que mudarnos nosotros, veíamos aquellos ojos brillantes y hundidos, aquel color anheloso que pintaban las facciones, aquellos gestos espantosos que producían los calambres manifestados en contracciones indescriptibles.

Tendimos el cuerpo de mi hermano, nos acurrucamos contra él medio desnudo, y nuestra respiración congojosa fue su abrigo y las copiosas lágrimas de mi madre su sola medicina. Entre aquel sollozar y aquellas aclamaciones a la Providencia Divina cuando vibrara sobre nosotros al amenaza de muerte, el enfermo repentinamente se rehace, se incorpora, nos separa de su lado, se arrodilla y con acento sonoro y triunfal exclama: «Creo en Dios Padre.»

Mi madre y yo seguimos la oración fervorosa que en mi espíritu se reproducía como un cántico de resurrección…

¿Y que haya animales que me supongan incrédulo?

  • Guillermo Prieto. MEMORIAS DE MIS TIEMPO. Alianza Cien/ CONACULTA
La creación como grito

La creación como grito

Anselm Kiefer y su Die Argonauten (2004)

Por Luis Ignacio Sáinz

¡Qué extraño es vagar en la niebla!
Ningún hombre conoce al otro.
Vida y soledad se confunden.
Cada uno está solo.

Hermann Hesse (1877-1962): En la niebla (1)

Anselm Kiefer (1945): Die Argonauten, 2004. Técnica mixta, papel fotográfico y cartón sobrepuesto, 37¼ x 54⅞ pulgadas, 94.6 x 139.4 centímetros.

 

La obra de tan extraordinario compositor de formas y conceptos, oscila de la conciencia histórica a la responsabilidad política. Enemigo de la amnesia de la sociedad alemana tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, Anselm Kiefer es un testimonio vivo de que nunca habrá sanación sin reconocimiento del saber de la violencia, lo que exige demoler la fortaleza de la ignorancia artificial, falsa, pues las masacres y los despojos eran de sobra conocidos y hasta festejados por un colectivo entregado a creer en la inevitabilidad del Reich de mil años.

La negación de los acontecimientos cubre un territorio enorme, vastísimo, desde el “yo no supe”, “nunca me enteré”, hasta el “cumplía órdenes”, “seguía instrucciones”, coartadas débiles y cínicas que han protegido como muralla a más de una generación criminal de teutones, por obra o por omisión. La banalización del mal ejemplificada en las respuestas de Adolf Eichmann, “hacía mi trabajo y cumplía con la ley”, durante su juicio en Israel (1961), tras haber sido “secuestrado” en Buenos Aires (2).

Reflexiones profundas y denuncias cabales impregnan sus objetos de expresión (pinturas, esculturas o fotografías) tan interesados en ser manifestaciones de un sistema de pensamiento, que desdeñan la belleza de los ingredientes-componentes y los acabados, para concentrarse en el poder de su sentido. Acude entonces al collage y al assemblage para resignificar tales accidentes objetivos (elementos tóxicos como el alquitrán de hulla y el plomo, fragmentos y residuos de armamento bélico, remanentes recolectados de alambre, paja, yeso, barro, ceniza, polvo y orgánicos como flores o plantas), abrevando de las fuentes más disímiles, el ciclo de los Nibelungos, el misticismo judío y la Cábala, la filosofía del lenguaje (Martin Heidegger), la microfísica del poder (Michel Foucault), la poesía (Paul Celan y su Todesfuge: “…y subiréis como / humo en el aire / y tendréis una tumba en las nubes no se yace / estrechamente allí” [3]), la teoría crítica (en especial Walter Benjamin y Theodor W. Adorno), por mencionar algunas de sus coordenadas.

Prestemos atención al título y al motivo icónico principal de la representación: Los argonautas y el submarino como artilugio guerrero, que aparece en otras obras de Kiefer. El núcleo ordenador del episodio mitológico, desde esta composición y en el corpus de su creador, reside en el viaje, en ese movimiento liberador, salvífico, tiempo de la comprensión, y rescate de la historia al inquirirse acerca de los orígenes de esta encomienda: los fundamentos del reclamo al trono de Iolcos en Tesalia, que usurpara Pelias de su legítimo heredero Esón, el padre de Jasón. Por ello el énfasis se pone en la tripulación y el vehículo, ya no en la búsqueda del objeto precioso: el vellocino de oro (Xρυσόμαλλον δέρας). 

Piel, zalea o vellón hecha de oro, poseedora del atributo del vuelo, que cubriera al carnero hijo de Poseidón y Teófane. Ser alado llamado Crisómalo que cumpliera la misión de salvaguardar a Heles y Frixo los vástagos de Atamante, monarca de Orcómeno en Beocia, y Néfele, quien será repudiada por el esposo, permitiendo así los esponsales con Ino, heredera de Cadmo, quien celosa de los menores decide asesinarlos. La madre, deidad de las nubes, los insta entre sueños a transportarse en su lomo sobre el mar para conservar sus vidas. En el trayecto Heles se precipita y muere ahogado en un piélago que en su honor se denomina Helesponto, mientras el hermano arriba a las costas de la Cólquide, en el extremo oriental del mar Negro, donde es protegido por el rey Eetes. Sacrificará al animal y colgará la delicada fárfara áurea de la rama de un roble, que será custodiada por un dragón.

 

La nave será de la clase trirreme. Diseñada por Argos, será nombrada en su honor: Argo, recuérdese el significado de la voz ἀργός: “veloz”, “rápido”. Su construcción será vigilada por Atenea, ensamblada con madera de los bosques del monte Pelión, en Tesalia. Su proa poseía el don de la palabra y de la profecía, hecha con tablones de árboles de la región de Dodona, en las faldas del monte Tomaros, famosa por su oráculo, solo superado en fama por el de Delfos, cuyo surgimiento se remonta al año dos mil antes de Cristo de acuerdo con Herodoto. En el bosque sagrado se interpretaba el crujido del roble o la haya para elegir las acciones a emprender. Más recientemente esta versión se matizó, centrándose en que el sonido emitido por los objetos de bronce que pendían de las ramas al contacto con el viento, semejante a los carrillones, constituía el código y el mensaje a descifrar.

Teatro de Dodona, la moderna villa Dodoni y las cumbres nevadas del monte Tomaros.

 

Todas las versiones de esta cruzada de la ambición son fascinantes, atrapan nuestra atención, y cumplen a rajatabla los términos y las condiciones de lo que pasado muchísimo tiempo denominaremos “novelas de aventuras”. La salida del puerto Iolcos en la costa de Págasas, la controversia en torno al nombramiento del timonel en jefe (¿Jasón o Heracles?), las estancias en la isla de Lemnos y los olores del cuerpo –castigo de Afrodita- ante la exaltación sensual, la balsa flotante de Electra (Samotracia) y los rituales de iniciación, Orfeo mediante, la tempestad que les anula el rumbo haciéndolos encallar en el puerto de Sigeo, en plena tierra firme, a tiro de piedra de Troya, dónde Heracles exterminará al monstruo marino, especie de pulpo o calamar gigante, enviado por Poseidón, a punto de celebrar festín a costa de la encadenada Hesíone, hija ofrendada por el rey troyano Laomedonte a la deidad oceánica; el arrecife-atolón de Cícico, donde fueron agasajados por los doliones, y donde al embarcarse serán presa fácil de un ciclón que generará una tragedia de equivocaciones, pues al triunfo de la oscuridad serán lanzados de nuevo a su lugar de salida, sin que ninguno de los argonautas se percatase, mientras sus antiguos anfitriones desconociendo la identidad de los náufragos, los toman por piratas y se desata la trifulca, donde los isleños salen peor librados, pues hasta su gobernante cae abatido por la espada de Jasón, al amanecer cobran conciencia de los desatinos sangrientos, organizan exequias, levantan una estatua a Rea en el monte Dídimo, la esposa de Cronos; y prosiguen las andanzas sin fin…hasta coronar la expedición sisando el vellocino de oro y regresar en pos del reino, ahora ya casado el héroe con Medea, la hija del noble al que le han birlado el fetiche milagroso que se remonta en desafío de los aires. Empero, el trono se le negará de nuevo, pero no a su hijo Tésalo…

Anselm Kiefer no es un fabulador, tampoco un juglar; de modo que se abstiene de narrar mitos o leyendas. Recurre al imaginario de las diversas culturas y civilizaciones del orbe, sólo para, a manera de símbolo generativo, indicar un origen o detonador del concepto que esgrime en su vocabulario plástico. Lo hará, y esa es una de sus tantas singularidades, con armonía, belleza y austeridad. Compositor ajeno a los trucos y los efectos, ya que apela a nuestra inteligencia sensible, eludiendo las complicidades derivadas de la fantasía. Cercano a la concepción nipona del kikubari (気配り), el estar consciente de que todos formamos parte de una comunidad de diálogo y destino; es el reconocimiento del otro, sus necesidades y deseos, que nos permite adelantarnos al parecer del interlocutor, ahorrándole hasta sus solicitudes o denuncias.

Por fin llegamos al transporte bajo el agua. U-Boot, abreviatura del alemán Unterseeboot, « nave submarina», en plural U-Boote, es la denominación dada a los sumergibles desde la Primera Guerra Mundial. La historia de la U-Bootswaffe («Arma submarina») está íntimamente ligada a Karl Dönitz, el creador de esta fuerza a partir de 1919, quien ocupó una de las 1500 plazas de oficial que el Tratado de Versalles le concedía a la República de Weimar. Colaboró con Erich Raeder y Wilhelm Canaris, e introdujo en 1936 las tácticas de manada (en alemán, Rudeltaktik): consistente en el ataque masivo contra un convoy. (Modalidad empleada por los estadounidenses contra los japoneses en el Océano Pacífico).  Este almirante empleó la palabra alemana Rudel para describir esta táctica, dado que hace referencia a una manada de animales. El término en inglés, más extendido, es wolf pack o manada de lobos. Las dudas que sembraban estos entes acuáticos de las profundidades tendrían su punto de inflexión con un U-47 al mando de Günter Prien, tras el hundimiento del HMS Royal Oak en Scapa Flow, la principal base de control del Atlántico del Reino Unido, el 14 de octubre de 1939.

 

Fuente: Los datos provienen de las hojas de servicio de los oficiales. Remítase a: https://www.uboat.net/men/[apellido oficial].htm

Shipyard Germaniawerft AG of F. Krupp in Kiel, a orillas del mar Báltico, capital del estado federado de Schleswig-Holstein. Allí se construyeron 131 U-Boote para la Kriegsmarine, incluyendo 15 del tipo VII B, uno de ellos es el U 47 de la izquierda (G. Prien: My Way to Scapa Flow).

Sofisticada y a distancia, la guerra oceánica, librada en una miscelánea de frentes dinámicos, en rotación y traslación permanentes, deviene un enfrentamiento de talante impersonal hasta cierto punto, pues en las batallas navales donde participan los U-Boote y otros de su especie se manifiesta en su gloria y podredumbre la lucha entre lo alto y lo bajo, esos planos distintos de la existencia. A ciegas, arbitrada por la precariedad del sonido en esos dispositivos de localización llamados radares y los sonares a partir de los cuales se dan a conocer, los cruceros y destructores de superficie y los submarinos de profundidad, juegan al gato y al ratón sin que pueda discernirse quién es la presa y quién es el predador. Bajo la velada alusión de Argos y de los argonautas, más el ansia de absoluto que define a la nave y sus marineros, Anselm Kiefer nos muestra y demuestra que la crítica puede ser profunda, simbólicamente refinada, preñada de historicidad, decidida al límite, sin ceder siquiera un suspiro a su condición de obra de arte.

Enjambre de pistas, Die Argonauten (2004) es la pintura que va más allá de la pintura, no por alarde del oficio que persigue el aplauso, sino porque puede… Y por si fuera poca cosa todo lo escrito, falta apuntar simplemente, el interés del artista por un poeta súbdito del misterio de los números y del tiempo: el futurista Velimir Khlebnikov (1885-1922), quien formula una ecuación que le permite predecir que cada 317 años, o la lógica de su múltiplo, ocurrirá un conflicto naval de grandes proporciones. Esto como resultado del análisis de episodios clave en la historia de la humanidad. El submarino da cuerpo a una vigorosa metáfora contemporánea de la destrucción, que opera de gozne entre la pieza de Kiefer y el modelo teórico de las dimensiones del tiempo de Khlebnikov (4).

Triunfo de la razón, victoria de la esoteria. En algún lugar y como si tal cosa, Anselm Kiefer ha resumido su visión de mundo:

            Ruins, for me, are the beginning. With the debris, you can construct new ideas. They are symbols of a beginning (5)

Velimir Khlebnikov (1916).

[1] Im Nebel: “Seltsam, im Nebel zu wandern! / Leben ist einsam sein. / Kein Mensch kennt den anderen, /

[2]  Se trata de la cobertura del juicio que hiciera la filósofa judía alemana Hannah Arendt, adscrita a la Universidad de Chicago, para la revista The New Yorker. Después apareció como libro: Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil (1963).

[3] Fuga de la Muerte, escrito tras sobrevivir al campo de concentración en 1945 y publicado por primera vez en 1948. El fragmento original reza: “…dann steigt ihr als Rauch in die Luft dann habt ihr ein Grab in den Wolken da liegt man nicht eng“. Rumano de lengua alemana, nació en la Bucovina (1920), se suicidó en París en 1970 sin superar el Holocausto (la Shoa) y padeció, como si fuese una condena, la contradicción de manifestar la agonía judía en el idioma del verdugo. Estos cuantos versos expresan el dolor límite de no disponer del cuerpo para honrar al fallecido y cumplir con la Halajá, que prescribe enterrar al difunto en la tierra.

[4] Khlebnikov, Velimir: The King of Time. Selected Writings of the Russian Futurian, translated by Paul Schmidt, edited by Charlotte Douglas, Cambridge, Massachusetts, London, England; Harvard University Press, 1985, 255 pp. La misma editorial universitaria rescató toda su producción en tres volúmenes, que incluye I: Cartas y escritos teoréticos, 1987; II: Prosa, obras de teatro y súper-sagas, 1989s; III: Poemas seleccionados, 1997.

[5] “Las ruinas, para mí, son el comienzo. Con los escombros, puedes construir nuevas ideas. Son símbolos de un comienzo”.

De epidemias y cosas peores

De epidemias y cosas peores

Por Röf

A poco no te has puesto a pensar sobre cómo —cuando la Conquista— los españoles trajeron las primeras pestes a nuestras tierras y casi exterminaron a nuestra gente; y cómo ahora, de nuevo, los europeos peninsulares nos están trayendo nuevas enfermedades.

Ah.. ¡y los chinos!

Me falló la teoría, a menos que los chinos siempre hubieran estado ahí, en el trasfondo de las fotografías viejas. Como ese chino que andaba en la Bola con Pancho Villa, creo que hasta hay un corrido.

Lo último que recuerdo es que en algún momento del 2009 los mexicanos fuimos noticia en Japón: Deportados por llevar la Influenza, y me acuerdo que por un  momento pensé: «¿Y qué influencia podríamos tener?»

Nadie dijo nada, de hecho hubo más escándalo cuando Bowie murió en el 2016.

Pero ahora ahí estamos. Científicamente hablando vamos un par de semanas atrasados en la progresión del virus en relación de lo que sucede en Europa (otra vez ¿peninsular?).

La epidemia se propagó exponencialmente y en ciudades de decenas de millones se ha llevado miles de vidas.

Escuché que según dicen, hay dos opciones:

 a) Contener la epidemia y devaluar su desarrollo.

 b) Dejarla dar un coletazo y salir a respirar en verano.

Mi novia dice que el capitalismo está muerto, que lleva muerto algún tiempo y sólo necesitaba iconografía social que lo representara. [Pero claro, ella nació en un país comunista] No entiende lo que significa quedarse un verano sin ir a la playa.

Ahora sólo nos falta subir un video no-comercial de cómo se ve una ciudad post-capitalista en un país sin costas… y sin habitantes.

Tema del traidor y del héroe*

Tema del traidor y del héroe*

So the Platonic Year

Whirls out new right an wrong,

Whirls in the old instead:

All men are dancers and their tread

Goes to the barbarous clangour of a gong

W. B. Yeats: The Tower.

Jorge Luis Borges

Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía preestablecida), he imaginado este argumento, que escribiré tal vez y que ya de algún modo me justifica, en las tardes inútiles. Faltan pormenores, rectificaciones, ajustes; hay zonas de la historia que no me fueron reveladas aún; hoy, 3 de enero de 1944, la vislumbro así.

La acción transcurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, la república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico… Ha transcurrido, mejor dicho, pues aunque el narrador es contemporáneo, la historia referida por él ocurrió al promediar o al empezar el siglo xix. Digamos (para comodidad narrativa) Irlanda; digamos 1824. El narrador se llama Ryan; es bisnieto del joven, del heroico, del bello, del asesinado Fergus Kilpatrick, cuyo sepulcro fue misteriosamente violado, cuyo nombre ilustra los versos de Browning y de Hugo, cuya estatua preside un cerro gris entre ciénagas rojas.

Kilpatrick fue un conspirador, un secreto y glorioso capitán de conspiradores; a semejanza de Moisés que, desde la tierra de Moab, divisó y no pudo pisar la tierra prometida, Kilpatrick pereció en la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado y soñado. Se aproxima la fecha del primer centenario de su muerte; las circunstancias del crimen son enigmáticas; Ryan, dedicado a la redacción de una biografía del héroe, descubre que el enigma rebasa lo puramente policial. Kilpatrick fue asesinado en un teatro; la policía británica no dio jamás con el matador; los historiadores declaran que ese fracaso no empaña su buen crédito, ya que tal vez lo hizo matar la misma policía. Otras facetas del enigma inquietan a Ryan. Son de carácter cíclico: parecen repetir o combinar hechos de remotas regiones, de remotas edades. Así, nadie ignora que los esbirros que examinaron el cadáver del héroe, hallaron una carta que le advertía el riesgo de concurrir al teatro, esa noche; también Julio César, al encaminarse al lugar donde lo aguardaban los puñales de sus amigos, recibió un memorial que no llegó a leer, en que iba declarada la traición, con los nombres de los traidores. La mujer de César, Calpurnia, vio en sueños abatida una torre que le había decretado el Senado; falsos y anónimos rumores, la víspera de la muerte de Kilpatrick publicaron en todo el país el incendio de la torre circular de Kilgarvan, hecho que pudo parecer un presagio, pues aquél había nacido en Kilgarvan. Esos paralelismos (y otros) de la historia de César y de la historia de un conspirador irlandés conducen a Ryan a suponer una secreta forma del tiempo, un dibujo de líneas que se repiten. Piensa en la historia decimal que ideó Condorcet; en las morfologías que propusieron Hegel, Spenglery Vico; en los hombres de Hesiodo, que degeneran desde el oro hasta el hierro. Piensa en la transmigración de las almas, doctrina que da horror a las letras célticas y que el propio César atribuyó a los druidas británicos; piensa que antes de ser Fergus Kilpatrick, Fergus Kilpatrick fue Julio César. De esos laberintos más circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en otros laberintos más inextricables y heterogéneos: ciertas palabras de un mendigo que conversó con Fergus Kilpatrick el día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare, en la tragedia de Macbeth. Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible… Ryan indaga que en 1814, James Alexander Nolan, el más antiguo de los compañeros del héroe, había traducido al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, Julio César. También descubre en los archivos un artículo manuscrito de Nolan sobre los Festspiele de Suiza; vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores y que reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas donde ocurrieron. Otro documento inédito le revela que, pocos días antes del fin, Kilpatrick, presidiendo el último cónclave, había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo nombre ha sido borrado. Esta sentencia no coincide con los piadosos hábitos de Kilpatrick. Ryan investiga el asunto (esa investigación es uno de los hiatos del argumento) y logra descifrar el enigma.

Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas noches 1. He aquí lo acontecido:

El 2 de agosto de 1824 se reunieron los conspiradores. El país estaba maduro para la rebelión; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún traidor había en el cónclave. Fergus Kilpatrick había encomendado a James Nolan el descubrimiento de ese traidor. Nolan ejecutó su tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Kilpatrick. Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a muerte a su presidente. Éste firmó su propia sentencia, pero imploró que su castigo no perjudicara a la patria.

Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda idolatraba a Kilpatrick; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que hizo de la ejecución del traidor el instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en ese proyecto, que le daba ocasión de redimirse y que su muerte rubricaría.

Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la múltiple ejecución; tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William Shakespeare. Repitió escenas de Macbeth, de Julio César. La pública y secreta representación comprendió varios días. El condenado entró en Dublín, discutió, obró, rezó, reprobó, pronunció palabras patéticas y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria, había sido prefijado por Nolan. Centenares de actores colaboraron con el protagonista; el rol de algunos fue complejo; el de otros, momentáneo. Las cosas que dijeron e hicieron perduran en los libros históricos, en la memoria apasionada de Irlanda. Kilpatrick, arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía, más de una vez enriqueció con actos y palabras improvisadas el texto de su juez. Así fue desplegándose en el tiempo el populoso drama, hasta que el 6 de agosto de 1824, en un palco de funerarias cortinas que prefiguraba el de Lincoln, un balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe, que apenas pudo articular, entre dos efusiones de brusca sangre algunas palabras previstas.

En la obra de Nolan, los pasajes imitados de Shakespeare son los menos dramáticos; Ryan sospecha que el autor los intercaló para que una persona, en el porvenir, diera con la verdad. Comprende que él también forma parte de la trama de Nolan… Al cabo de tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la gloria del héroe; también eso, tal vez, estaba previsto.

* Este cuento apareció por primera vez en libro en el volumen Ficciones, y en su segundo apartado titulado Artificios (1944) (publicado por Editorial Sur, 1944). En él se basa el film de Bernardo Bertolucci, Strategia del Ragno, que reemplaza la escenografía irlandesa del cuento , por la Italia fascista, como si aceptase el retoque los primeros vigorosos párrafos de la narración parecen insinuar. “ La historia universal como un relato (o una metáfora) que se escribe por medio de distintos actores, asu vez escritos por ella: esa idea, que Borges derivó de los escolásticos a través de Bacon, se asocia en el film con un eco inesperado (cfr. Edgardo Cozarinsky, Borges y el cine).

1 Según Paul de Mon, en “A modern MasterThe New Review of Books, 19 de diciembre de 1964 (Incluído en Jaime Alazraki, Borges , El escritor y la crítica, en este cuento hay varios estratos: “1) Un hecho realmente histórico —un caudillo revolucionario traiciona a sus confederados y tiene que ser ejecutado— 2) una narración imaginaria acerca de un hecho (aunque de forma inversa), como el Julio César de Shakespeare; 3) un hecho realmente histórico que copia la ficción: la ejecución se lleva a cabo de acuerdo con la trama de Shakespeare, para asegurarse de que será un buen espectáculo; 4) el historiador perplejo reflexionando sobre el curioso intercambio de la identidad de la ficción y los hechos históricos y derivando una teoría falsa sobre arquetipos históricos; 5) Borges el historiador más sagaz ( o más bien su anti-ego) lleno de duplicidad, reflejándose en el historiador crédulo y reconstruyendo el curso real de los sucesos.”

El cuento es además una nueva reincidencia en el determinismo arquetípico al que están sometidos todos los hombres, tan presente en la obra en verso y prosa de Borges. “ Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que antenoche soñaste… (para acabar) un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua, el sabor de las frutas y de la carne. Hablo del único, del uno, del que siempre está solo” (cfr. Tú, El oro de los tigres, 1972).

Jorge Luis Borges, Narraciones, Editorial Cátedra Letras Hispánicas, 1984.

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