Por Arturo Souto*

La historia demuestra que, en casi todas las épocas, han convivido dos clases de arte: uno de carácter popular, anónimo, tradicional, y otro de carácter culto, firmado por sus autores y original. La frontera que los separa no es precisa. Cierto es que hay entre los dos profundas diferencias estilísticas e inclusive temáticas, así como de lenguaje, pero es frecuente encontrar autores y obras, sobre todo en el mundo hispánico, donde lo culto y lo popular están indisolublemente integrados. La convergencia y divergencia de las dos literaturas ha variado según los pueblos y las épocas. En el caso de la española, los escritores han tenido actitudes contrarias conforme a los ideales estéticos de su tiempo enfatizaban lo culto o lo popular. Durante la edad media, los juglares, por ejemplo, representaron la corriente popularista frente a los clérigos. Con todo, nunca son precisos los límites, puesto que el propio Gonzalo de Berceo usa fórmulas juglarescas en sus poesías de cuaderna vía. En el siglo xv, en tiempo de Juan II, Enrique IV y concretamente durante el reinado de los Reyes Católicos, el gótico florido y el plateresco tienden a la valoración de la forma, la imitación de los clásicos grecolatinos y, en general, la literatura sabia y exquisita. Recuérdese el desprecio del marqués de Santillana hacia la poesía vulgar. Los siglos de oro manifestarán una equilibrada conjunción de las dos corrientes, pero el barroco se distingue por su vuelta al formalismo y la erudición. El siglo xviii también, a pesar de múltiples ejemplos de arte popular, es, en su conjunto, una época altamente “sofisticada”. Los románticos, por lo contrario, sobrevalorarán la función que desempeña el pueblo en la creación artística. Esta, en el caso de la literatura española, ha sido, a pesar de las ondulaciones citadas, casi constante. La influencia popular está presente en la mayor parte de los grandes escritores españoles del siglo xx: Valle-Inclán, los Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Alberti… En Hispanoamérica, sin embargo, aunque es intensa, la corriente popularista, nunca lo ha sido tanto como en España. El modernismo, por ejemplo, pone énfasis en el tono culto, en la aristocracia del espíritu. Recuérdese a Rubén Darío y Gutérrez Nájera. El hincapié en el refinamiento y en la exclusividad no es nuevo en la América española. Véase, a este respecto, el contraste entre Lope de Vega y Ruiz de Alarcón, o el caso de Sor Juana y la influencia que tuvo en México el gongorismo.

Aunque los terminos popular, tradicional, y folklórico no son estrictamente sinónimos, ni tampoco muy precisos, pueden barajarse, en la mayor parte de los casos, con el mismo sentido. No es cierto que la literatura española sea esencialmente popularista, como no lo es que la francesa o la italiana sean exclusivamente cultas, pero es innegable que la corriente tradicional es más significativa en la literatura española que en sus vecinas y hermanas. Muchos ejemplos lo atestiguan: las jarchas, las canciones de amigo, la poesía épica, el romancero, la comedia, el auto sacramental, la picaresca…A propósito de los romances, escribe Margit Frenk:

Poesía folklórica, poesía popular (como se la ha llamado y sigue llamando en todas partes) o poesía tradicional (como la designa Menéndez Pidal): poesía cantada, esencialmente anónima e impersonal, que se ajusta a cierta técnica y a cierta temática ya establecidas, conocidas por todos. Poesía, por tanto, colectiva, no porque sea obra de la colectividad, como pensaban ciertos teóricos románticos, sino porque el autor primero de un cantar –poeta docto o iletrado, poco importa– adopta de manera deliberada o inconsciente un molde métrico y estilístico y un caudal de motivos previamente aceptados por la comunidad.

*Arturo Souto, LITERATURA Y SOCIEDAD, ANUIES 1973.

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