Diálogo de sordos

Diálogo de sordos

Cada vez era más tensa la situación entre los dos partidos: los sordos del Norte y los sordos del Sur. Los sordos del Sur (cuyo distintivo era una bandera colorada) tiraban diariamente cinco cañonazos, pero como los sordos del Norte (cuyo distintivo era una bandera blanca) no los oían, el efecto intimidatorio no era demasiado exitoso. Los sordos del Norte, por su parte, ametrallaban noche a noche los baluartes sordisudeños, pero los sordos del Sur seguían imperturbables jugando a la escoba de quince. Apenas si una noche un cabo dijo: “¡Salud!” al sargento, creyendo que éste había estornudado.

El gasto de municiones aumentaba semana a semana, pero el hecho de que no hubiera bajas en ninguno de los bandos (o por lo menos que no se oyera cuando bajaban) comenzó a preocupar seriamente a los comandos respectivos. De común acuerdo resolvieron efectuar una reunión secreta (o sea que sólo fue comunicada al Pentágono) a fin de regularizar la situación bélica.

Dos sordos del Sur se encontraron, en un lugar equis de la frontera, con dos sordinorteños, en tanto se hacía llegar a ambos ejércitos (por escrito, ya que vía oral no es demasiado segura entre los sordos) la orden de un provisorio alto al fuego.

La reunión supersecreta, a la que aparte de los delegados sólo asistieron periodistas de la UP, la AP y la P, tuvo lugar en una tienda de campaña. El primero en hacer uso de la palabra fue uno de los delegados de los sordos norteños, quien dijo: “Hemos llegado a la conclusión de que ustedes, los sordos del Sur, son una reverenda porquería”. No bien observaron, por el movimiento de los labios, que el delegado norteño había concluido su intervención, los delegados de los sordos sureños sonrieron complacidos, y uno de ellos expresó con voz serena: “En el Sur hemos comprendido por fin que ustedes los sordos del Norte son una bazofia”.

A continuación, y mientras los fotógrafos de la UP, la AP y otras P, tomaban sendas fotos, los cuatro delegados se abrazaron, y aprovecharon para brindar por el luminoso futuro de los partidos sordos tradicionales.

Mario Benedetti. LETRAS DE EMERGENCIA. Editorial Nueva Imagen. México, 1977.

 

MALAS NOTICIAS No se alarme, pero…

MALAS NOTICIAS No se alarme, pero…

Cuando tengo que quedarme a comer en el centro, a veces me meto en un restaurante en donde hacen muy bien las quesadillas sincronizadas.

Pues allí estaba, sentado en un taburete de la barra, esperando mi quesadilla y observando al mozo —tiene unas manitas negras, chiquitas, que le sirven para todo: ¿qué le piden una jiricaya?, voltea la copa y se echa la jiricaya en la mano antes de ponerla en el plato, ¿qué le piden una orden de papaya?, mete la mano en el recipiente de la papaya y saca los cubitos, ¿qué son tres tortas para llevar?, mete la mano en el tazón de los encurtidos y saca un puño de chilitos—. Pues yo estaba observando esto, cuando de la cocina que está al fondo del local salió una mesera con dos sopas caldosas y vino derecho a donde estaba el dueño del restaurante, que estaba en la barra, junto a mí haciendo montoncitos de veintes.

—Don Fernando —dijo la mesera— que ya está tronando el piso de junto a la estufa.

—Por un momento, don Fernando no hizo más que abrir la boca. Después dijo:

—Pero, ¿cómo que está tronando el piso de junto a la estufa?

Yo aproveché la confusión que vino después para irme a comer en otro lado. Pero al salir iba pensando que, francamente, aquí en México hay gente que sabe dar las malas noticias.

Una mañana, hace muchos años, cuando estaba yo en el rancho, llegaron dos medieros envueltos en cobijas y se pararon afuera del portón de la casa. Cuando salí a ver qué querían me dieron una de las peores noticias que me han dado en la vida.

—Dice el Juan Márquez que ya se cayó al pozo la pelotita. La “pelotita” era el cabezal de la flecha… bueno, una parte muy importante de la bomba, sin la cual no podíamos regar.

Conseguir una refacción nos llevaba quince días, lo cual hubiera significado perder la cosecha. Recuperar la “pelotita” —o intentarlo cuando menos— quería decir bucear en agua fangosa de tres metros de profundidad y tentalear el limo del fondo y discernir por tacto entre la “pelotita” y los esqueletos de las ratas. Hicimos las dos cosas: primero buceamos, no encontramos nada y después esperamos los quince días y se perdió la cosecha.

Bueno, pues toda esta catástrofe fue puesta en una nuez por el mediero que me anunció:

—Dice el Juan Márquez que ya se cayó al pozo la pelotita.

 

Otro sistema de dar malas noticias consiste en no darlas. Es también muy usado en el Bajío. Por ejemplo si alguien llega de un largo viaje, no se le dice luego luego que ya murió su mujer. Al recibirlo en la terminal hay que dejarlo que crea que su mujer no está allí, porque se quedó en la casa; una vez en la sala de la casa, hay que dejarlo que crea que está en la cocina. Cuando ya se llegó al corral de atrás y no hay más dónde buscar, el marido —que no ha preguntado por su mujer antes porque no sería correcto— no tiene más remedio que preguntar:

—¿Y dónde está Atanasia?

Entonces, el más viejo y el más allegado de los que fueron a recibirlo, contesta:

—¿Atanasia? Ah, pues ya falleció.

Un tercer procedimiento que he tenido oportunidad de estudiar en carne propia, porque era el empleado por una sirvienta que tuve, consistía en recubrir la mala noticia en forma de una pregunta que tenía por respuesta fatal la mala noticia propiamente dicha. Por ejemplo, en vez de decirme: “señor, se está cayendo el techo”, me preguntaba:

—¿Por qué será que el techo se ve así como abombado, y con muchas como rajaditas así como una telaraña?.

O bien:

—¿Por qué será que el canario no se mueve? Mírelo, tiene ya tres días que está nomás acostado en su jaula y ni canta ni nada (23-iii-73.)

Jorge Ibargüengoitia. INSTRUCCIONES PARA VIVIR EN MÉXICO. Joaquín Mortiz, México 1990.

El Cólera Morbo

El Cólera Morbo

Guillermo Prieto*

Era  el año horriblemente memorable del Cólera Morbo.

Había pasado la fugaz presidencia de Pedraza, de quien se dice que él mismo se concedió licencia absoluta para dar ejemplo a generales que de nada servían.

Había visto México llenas sus prisiones y conducidos en cuerda los hombres más notables por la persecución política.

Los pronunciamientos de Escalada, Durán y Artista, todo había pasado sin preocuparme.

Lo que dejó imborrable impresión en mi espíritu fue la terrible invasión del cólera en aquel año.

Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio; las banderolas amarillas negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad, de médicos, de sacerdotes y casas de caridad; las boticas apretadas de gente, los templos con las puertas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y derramando lágrimas… A gran distancia el chirrido lúgubre de carros que atravesaban llenos de cadáveres… todo ese se produce hoy en mi memoria con colores vivísimos y me hace estremecer.

¡De cuántas escenas desgarradoras fui testigo!

Aún recuerdo haber penetrado en una casa, por el entonces barrio de La Lagunilla, que tendría como treinta cuartos, todos vacíos, con las puertas que cerraba y abría el viento, abandonados muebles y trastos… espantosa soledad y silencio como si se hubiese encomendado su custodia al terror de la muerte.

No olvidaré nunca  el dolorosos espectáculo que ofreció a mis ojos una madre que acababa de expirar en un gemido postrero, con el que despertó de su sueño en la cuna a una niña bella como arcángel, que riendo y traviesa jugaba con la cabellera profusa de la madre muerta!…

De tal manera dominaba el pánico, que se anunció que un sabio, que vivía en el Puente de San Francisco número 5ç4, había descubierto un parche que era preservativo infalible de la epidemia; esta medicina se atribuía a un químico, don Manuel Herrera.

La gente se agolpó de un modo tan ansioso y tumultuoso por aquel fíat de salvación de vida, que fue forzoso poner guardias numerosos en la casa del señor Herrera, para evitar un desastre; pero caten ustedes ahí que el día menos pensado derrama en son de chisme, publica avisos, pega en las esquinas papeles y esparce alarmas alguien afirmando que los parches eran segurísimos pasaportes para la eternidad.

Al día siguiente de este pánico las calles amanecieron blanqueando como una terrible nevada. Eran los parches que se habían arrancado del cuerpo las gentes.

El pánico había invadido los ánimos, de manera que estaban en juego las medicinas y procedimientos más contradictorios.

A una mujer del pueblo ordenó el doctor Alarcón una sangría; la mujer interpretó la medicina tomándose un vaso de sangría y el resultado fue magnífico; el médico pedía la sangre y ella le decía que habría dejado el vaso vacío.

El gobernador, que lo era el señor Martínez (a) Macaco, fulminó un bando con tremendas prohibiciones a las frutas, los figones y comestibles; en ese bando hay un anatema contra los chiles rellenos que escalofría.

Contaba mi maestro Cardoso, con su inagotable chiste que atravesando un día  por la calle del Espíritu Santo, vio un cochero tendido ala larga en el pescante devorando una chirimoya que no le cabía en las dos manos: A su lado y parada en el suelo estaba su mujer.

Mi maestro, ardiendo en santa caridad, dijo al cochero:

—¡Bárbaro! ¿No ves que te suicidas? ¿No conoces que esa fruta te abre el sepulcro y te lleva a la condenación eterna?

Absorto quedó el auriga con el apóstrofe; a medida que mi maestro hablaba, bajaba la mano, se limpiaba los labios y suspiraba contrito.

Cuando mi maestro dejó de hablar, exclamó el cochero:

— Es cierto señor amo, no lo vuelvo a hacer —y volviéndose a su mujer continuó—: Tómate, tú, mi alma —dando a su mujer la fruta homicida.

Los panteones de Santiago Tlatelolco, San Lázaro, el caballete y otros, rebosaban en cadáveres de los accesos de terror, de los alaridos de duelo se pasaba en aquellos lugares a las alegrías locas y a las escenas de escandalosa orgía interrumpida por cantos lúgubres y por ceremonias religiosas.

En el interior de la casa todo eran fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro, calabazas con vinagre detrás de las puertas, la cazuela solitaria del amor y la parrilla en el brasero y frente a los santos velas encendidas.

Era un tarde del mes de agosto: Por medida higiénica todo el equipo de la casa aún estaba en el corredor, cabalgando en sendos mecates o reclinado en inseguras sillas: Mi hermano y yo estábamos ausentes. Mi señora madre, medio paralítica, cuidaba la casa.

Cuando menos se pensaba se descolgó un aguacero estupendo, corrían los canales, se inundaron las calles, en breves instantes tomó la ciudad el aspecto de lago profundo.

Colchones , sábanas, lienzos de todo género y cobertores de todas clases se empaparon sin que se pudiese remediar.

Cuando penetré en la casa escurriendo el agua y convertidas en lagos y canales las arrugas de mi vestido, mi señora madre estaba a oscuras y sin darse cuenta de lo grave de la situación. La primera de las necesidades era tener luz, que era mucho muy ardua tal empresa, que suponía lumbre, pajuela, buen pulmón y pulso firme.

Eso de cambiarse ropa, empresa era que tocaba el imposible… y ante omnia vela o lámpara que encender.

Entre lamentos y discusiones pasó el tiempo y después de la queda, hora en que se cerraban al toque de la campana mayor de las casas de vecindad y el comercio todo, oímos en el zaguán unos toques ya acelerados, ya débiles que nos sobresaltaron.

Era mi hermano, conducido por unas personas caritativas, gravemente atacado de cólera.

¿A quién clamar? ¿A quién acudir en aquella lóbrega noche que añadía horror a los horrores de la muerte que por todas partes nos cercaba? Casi sin luz por lo muy exigua que daba la enana y única bujía, sin lumbre en el brasero, sin ropa con que cubrir al moribundo, ni con que mudarnos nosotros, veíamos aquellos ojos brillantes y hundidos, aquel color anheloso que pintaban las facciones, aquellos gestos espantosos que producían los calambres manifestados en contracciones indescriptibles.

Tendimos el cuerpo de mi hermano, nos acurrucamos contra él medio desnudo, y nuestra respiración congojosa fue su abrigo y las copiosas lágrimas de mi madre su sola medicina. Entre aquel sollozar y aquellas aclamaciones a la Providencia Divina cuando vibrara sobre nosotros al amenaza de muerte, el enfermo repentinamente se rehace, se incorpora, nos separa de su lado, se arrodilla y con acento sonoro y triunfal exclama: «Creo en Dios Padre.»

Mi madre y yo seguimos la oración fervorosa que en mi espíritu se reproducía como un cántico de resurrección…

¿Y que haya animales que me supongan incrédulo?

  • Guillermo Prieto. MEMORIAS DE MIS TIEMPO. Alianza Cien/ CONACULTA
Tema del traidor y del héroe*

Tema del traidor y del héroe*

So the Platonic Year

Whirls out new right an wrong,

Whirls in the old instead:

All men are dancers and their tread

Goes to the barbarous clangour of a gong

W. B. Yeats: The Tower.

Jorge Luis Borges

Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía preestablecida), he imaginado este argumento, que escribiré tal vez y que ya de algún modo me justifica, en las tardes inútiles. Faltan pormenores, rectificaciones, ajustes; hay zonas de la historia que no me fueron reveladas aún; hoy, 3 de enero de 1944, la vislumbro así.

La acción transcurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, la república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico… Ha transcurrido, mejor dicho, pues aunque el narrador es contemporáneo, la historia referida por él ocurrió al promediar o al empezar el siglo xix. Digamos (para comodidad narrativa) Irlanda; digamos 1824. El narrador se llama Ryan; es bisnieto del joven, del heroico, del bello, del asesinado Fergus Kilpatrick, cuyo sepulcro fue misteriosamente violado, cuyo nombre ilustra los versos de Browning y de Hugo, cuya estatua preside un cerro gris entre ciénagas rojas.

Kilpatrick fue un conspirador, un secreto y glorioso capitán de conspiradores; a semejanza de Moisés que, desde la tierra de Moab, divisó y no pudo pisar la tierra prometida, Kilpatrick pereció en la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado y soñado. Se aproxima la fecha del primer centenario de su muerte; las circunstancias del crimen son enigmáticas; Ryan, dedicado a la redacción de una biografía del héroe, descubre que el enigma rebasa lo puramente policial. Kilpatrick fue asesinado en un teatro; la policía británica no dio jamás con el matador; los historiadores declaran que ese fracaso no empaña su buen crédito, ya que tal vez lo hizo matar la misma policía. Otras facetas del enigma inquietan a Ryan. Son de carácter cíclico: parecen repetir o combinar hechos de remotas regiones, de remotas edades. Así, nadie ignora que los esbirros que examinaron el cadáver del héroe, hallaron una carta que le advertía el riesgo de concurrir al teatro, esa noche; también Julio César, al encaminarse al lugar donde lo aguardaban los puñales de sus amigos, recibió un memorial que no llegó a leer, en que iba declarada la traición, con los nombres de los traidores. La mujer de César, Calpurnia, vio en sueños abatida una torre que le había decretado el Senado; falsos y anónimos rumores, la víspera de la muerte de Kilpatrick publicaron en todo el país el incendio de la torre circular de Kilgarvan, hecho que pudo parecer un presagio, pues aquél había nacido en Kilgarvan. Esos paralelismos (y otros) de la historia de César y de la historia de un conspirador irlandés conducen a Ryan a suponer una secreta forma del tiempo, un dibujo de líneas que se repiten. Piensa en la historia decimal que ideó Condorcet; en las morfologías que propusieron Hegel, Spenglery Vico; en los hombres de Hesiodo, que degeneran desde el oro hasta el hierro. Piensa en la transmigración de las almas, doctrina que da horror a las letras célticas y que el propio César atribuyó a los druidas británicos; piensa que antes de ser Fergus Kilpatrick, Fergus Kilpatrick fue Julio César. De esos laberintos más circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en otros laberintos más inextricables y heterogéneos: ciertas palabras de un mendigo que conversó con Fergus Kilpatrick el día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare, en la tragedia de Macbeth. Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible… Ryan indaga que en 1814, James Alexander Nolan, el más antiguo de los compañeros del héroe, había traducido al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, Julio César. También descubre en los archivos un artículo manuscrito de Nolan sobre los Festspiele de Suiza; vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores y que reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas donde ocurrieron. Otro documento inédito le revela que, pocos días antes del fin, Kilpatrick, presidiendo el último cónclave, había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo nombre ha sido borrado. Esta sentencia no coincide con los piadosos hábitos de Kilpatrick. Ryan investiga el asunto (esa investigación es uno de los hiatos del argumento) y logra descifrar el enigma.

Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas noches 1. He aquí lo acontecido:

El 2 de agosto de 1824 se reunieron los conspiradores. El país estaba maduro para la rebelión; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún traidor había en el cónclave. Fergus Kilpatrick había encomendado a James Nolan el descubrimiento de ese traidor. Nolan ejecutó su tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Kilpatrick. Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a muerte a su presidente. Éste firmó su propia sentencia, pero imploró que su castigo no perjudicara a la patria.

Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda idolatraba a Kilpatrick; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que hizo de la ejecución del traidor el instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en ese proyecto, que le daba ocasión de redimirse y que su muerte rubricaría.

Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la múltiple ejecución; tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William Shakespeare. Repitió escenas de Macbeth, de Julio César. La pública y secreta representación comprendió varios días. El condenado entró en Dublín, discutió, obró, rezó, reprobó, pronunció palabras patéticas y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria, había sido prefijado por Nolan. Centenares de actores colaboraron con el protagonista; el rol de algunos fue complejo; el de otros, momentáneo. Las cosas que dijeron e hicieron perduran en los libros históricos, en la memoria apasionada de Irlanda. Kilpatrick, arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía, más de una vez enriqueció con actos y palabras improvisadas el texto de su juez. Así fue desplegándose en el tiempo el populoso drama, hasta que el 6 de agosto de 1824, en un palco de funerarias cortinas que prefiguraba el de Lincoln, un balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe, que apenas pudo articular, entre dos efusiones de brusca sangre algunas palabras previstas.

En la obra de Nolan, los pasajes imitados de Shakespeare son los menos dramáticos; Ryan sospecha que el autor los intercaló para que una persona, en el porvenir, diera con la verdad. Comprende que él también forma parte de la trama de Nolan… Al cabo de tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la gloria del héroe; también eso, tal vez, estaba previsto.

* Este cuento apareció por primera vez en libro en el volumen Ficciones, y en su segundo apartado titulado Artificios (1944) (publicado por Editorial Sur, 1944). En él se basa el film de Bernardo Bertolucci, Strategia del Ragno, que reemplaza la escenografía irlandesa del cuento , por la Italia fascista, como si aceptase el retoque los primeros vigorosos párrafos de la narración parecen insinuar. “ La historia universal como un relato (o una metáfora) que se escribe por medio de distintos actores, asu vez escritos por ella: esa idea, que Borges derivó de los escolásticos a través de Bacon, se asocia en el film con un eco inesperado (cfr. Edgardo Cozarinsky, Borges y el cine).

1 Según Paul de Mon, en “A modern MasterThe New Review of Books, 19 de diciembre de 1964 (Incluído en Jaime Alazraki, Borges , El escritor y la crítica, en este cuento hay varios estratos: “1) Un hecho realmente histórico —un caudillo revolucionario traiciona a sus confederados y tiene que ser ejecutado— 2) una narración imaginaria acerca de un hecho (aunque de forma inversa), como el Julio César de Shakespeare; 3) un hecho realmente histórico que copia la ficción: la ejecución se lleva a cabo de acuerdo con la trama de Shakespeare, para asegurarse de que será un buen espectáculo; 4) el historiador perplejo reflexionando sobre el curioso intercambio de la identidad de la ficción y los hechos históricos y derivando una teoría falsa sobre arquetipos históricos; 5) Borges el historiador más sagaz ( o más bien su anti-ego) lleno de duplicidad, reflejándose en el historiador crédulo y reconstruyendo el curso real de los sucesos.”

El cuento es además una nueva reincidencia en el determinismo arquetípico al que están sometidos todos los hombres, tan presente en la obra en verso y prosa de Borges. “ Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que antenoche soñaste… (para acabar) un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua, el sabor de las frutas y de la carne. Hablo del único, del uno, del que siempre está solo” (cfr. Tú, El oro de los tigres, 1972).

Jorge Luis Borges, Narraciones, Editorial Cátedra Letras Hispánicas, 1984.

Vicente Huidobro / Cuatro poemas

Vicente Huidobro / Cuatro poemas

TE AMO MUJER DE MI GRAN VIAJE

Te amo mujer de mi gran viaje

Como el mar ama al agua

Que lo hace existir

Y le da derecho a llamarse mar

Y a reflejar el cielo y la luna y las estrellas

 

LA POESÍA ES UN ATENTADO CELESTE

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia

Hay la espera de mí mismo

Y esta espera es otro modo de presencia

La espera de mi retorno

Yo estoy en otros objetos

Ando en viaje dando un poco de mi vida

A ciertos árboles y a ciertas piedras

Que me han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy

Estoy ausente y estoy presente en estado de espera

Ellos querrían mi lenguaje para expresarse

Y yo querría el de ellos para expresarlos

He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable

Me voy adentrando en estas plantas

Voy dejando mis ropas

Se me van cayendo las carnes

Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas

Me estoy haciendo árbol

Cuántas veces me he ido

Convirtiendo en otras cosas…

Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación

Hay que guardar silencio

Esperar en silencio

 

AHORA QUE MIS OJOS VUELAN

Ahora que mis ojos vuelan entre planetas ajenos

Como una botella en alta mar

O en un cielo de todos colores

Sin una sola casa donde entrar en la tarde

Ahora que mis manos escaparon del fuego

En una barca tan rápida como el ocaso

Y casi más que la muerte huyendo del caballo que quiere morderle

Ahora hace frío por el odio que nos tiene la montaña

Hace frío porque se han dicho palabras tristes

Se ha dicho barca ocaso y ojos

Que son una misma cosa

Yo amo el viento que viene de los astros

Envolviendo los rayos cósmicos tan buscados por los hombres

Mientras ellos sólo se interesan por ciertas hierbas

De sabor delicado y olor penetrante

Tan penetrante como ellos mismos

Yo amo los ojos de grandes alas

Y amo el ocaso tan rápido como una barca

Y las manos y la montaña que se deja acariciar

Y una roca llena de amor que desafía al mar

Y un mar que desafía todas las estrellas

Amo el árbol viejo que tiene muchos niños

Un paisaje inmortal mirando nacer sus flores

Un río de cabellos blancos que aún salta entre las piedras

Unos ojos y unas manos lavadas del incendio

Un corazón que late

Como un sapo casi aplastado por una carreta

Y una selva de todos colores

Sin ningún sentido del bien y del mal

Una selva encima de la selva

Para la ternura de los pájaros perdidos

Allá tan lejos de su país natal

 

LA MUERTE QUE ALGUIEN ESPERA

La muerte que alguien espera

La muerte que alguien aleja

La muerte que va por el camino

La muerte que viene taciturna

La muerte que enciende las bujías

La muerte que se sienta en la montaña

La muerte que abre la ventana

La muerte que apaga los faroles

La muerte que aprieta la garganta

La muerte que cierra los riñones

La muerte que rompe la cabeza

La muerte que muerde las entrañas

La muerte que no sabe si debe cantar

La muerte que alguien entreabre

La muerte que alguien hace sonreír

La muerte que alguien hace llorar

La muerte que no puede vivir sin nosotros

La muerte que viene al galope del caballo

La muerte que llueve en grandes estampidos

 

Vicente Huidobro. ÚLTIMOS POEMAS. Material de lectura, serie poesía moderna 43. Departamento de Humanidades. DIRECCIÓN GENERAL DE DIFUSIÓN CULTURAL / UNAM. Selección y nota introductoria de Hernán Lavín Cerda

Rimbaud y su prisa de absoluto

Rimbaud y su prisa de absoluto

Por Manuel Mantero

El caso de Rimbaud es excepcional: hasta septiembre de 1871, en que marcha a París invitado por Verlaine (después de varias fugas de su casa de Charleville, con intervención policiaca), había escrito casi toda su obra, cuarenta y tantos poemas, casi todos fechados en 1870 y 1871. En 1872 escribiría los últimos, algo más de una docena.

En 1873, después del escándalo de Bruselas, escribe Une saison en Enfer, donde la prosa francesa volvió a encontrar toda la antigua frescura exiliada por los racionales de la literatura, y en 1874  termina de escribir las Illuminations. Después Rimbaud se pierde. Se pierde por los países, se pierde para la poesía. Parece como si Rimbaud hubiera sido dos. La renuncia fue radical, hasta llegar a la quema de manuscritos.

¡Y qué vida nómada la de Arturo!… Es expulsado de Austria, deserta del ejército colonial holandés, sirve de intérprete en el circo Loisset por Alemania, Suecia y Dinamarca,  trabaja en Chipre para una casa francesa. En 1879 tiene que curarse de la tifoidea… (Y aquí, un inciso. ¿Qué destino hizo que dos personas tan amadas por Verlaine, Arturo Rimbaud y Luciano Létinois, padecieran la misma enfermedad? ¿Es el simple azar? ¡Ah, pero Luciano no pudo prevalecer, para él fue, no

une mort

Militaire, sûre et splendide,

Mais Dieuvint qui te fit la mort

Confuse de la typhoide…!)

Rimbaud, en 1880, está en Chipre y en Aden y es nombrado delegado de un comercio de pieles y café en la sucursal de Harrar. Más tarde, parte para la Ogadina y explora aquellos lugares vírgenes. Entra en tratos con Menelik, que recibe los fusiles que Rimbaud le había hecho llegar de Europa, pero no quiere pagarlos. Rimbaud vive en El Cairo.

Entre 1888 y 1891, dirige una factoría en Harrar, y es posible que traficara con esclavos; en ese último año, se ve atacado por un tumor canceroso en la rodilla; parte a Francia, a Marsella, en cuyo hospital se le amputa la pierna derecha. A los cinco meses (y tras volver al mismo hospital de la Concepción), muere. La muerte del gran poeta fue la de un místico —‹‹un místico en estado salvaje››, lo llamó Claudel—. Isabel Rimbaud ha contado las visiones, las dulzuras de su hermano durante los días anteriores a su muerte: ‹‹Termina su vida —escribió— en una suerte de ensueño continuo››, y hace notar que no tenía fiebre. Y dice: ‹‹Pregunta a los médicos si ellos ven las cosas extraordinarias que él percibe, les habla y les narra con dulzura, en términos que yo no sabría repetir, sus impresiones: los médicos le miran a los ojos, esos bellos ojos que nunca fueron tan bellos ni tan inteligentes, y se dicen entre ellos: es singular. Hay, en el caso de Arturo, algo que ellos no entienden››*.

En el caso de Arturo, digamos que no sólo los médicos, sino todos están conformes en que hay  muchas cosas que no se entienden. La principal, esa mutilación de su obra literaria (hasta aquí escribo —dijo Rimbaud—) gemela de la mutilación de su pierna, que le llevaría a la muerte.

Y sin embargo, yo deseo atreverme a dar una explicación al fenómeno, al por qué Rimbaud, casi un adolescente todavía, renunció a escribir, se desinteresó de toda ambientación libresca y huyó lo más lejos posible de los poetas, de los amigos, de Francia. Pues pretender que Rimbaud abandonó la carrera literaria (dicho en términos administrativos) por lo ocurrido entre Verlaine y él, es desconocer el espíritu de los poetas.

Normalmente, el escritor (en este caso, el poeta) tiene una trayectoria de menos a más: de busca, de evolución. A veces, cae en la ironía. A mí me causa desasosiego ver cómo Antonio Machado, en sus últimos poemas, se muestra irónico, cáustico, agrio. Cuando un poeta escribe versos con ironía, ya ha perdido la inocencia, la virginidad ante las cosas.

Rimbaud empezó por donde otros terminan. Hay tal sabiduría, tal acidez, tal terremoto íntimo en la obra de Rimbaud, escrita en cuatro años, que no puede catalogarse a la ligera como un caso raro, sin ahondar y sin trepar hasta las ramas que definen el mejor color, sin plantearse seriamente el problema con intención de respuesta.

Rimbaud es genial porque el tiempo, en él, cambió su sentido. Estaba Rimbaud instalado en el futuro, era todo futuro. Sí, él puede realizar los recuerdos de otro (‹‹Que j’aie réalisé Tous vos souvenirs…››) porque se halla en posición de dominar el tiempo, de superarlo. En los recuerdos siempre existe una añoranza que los cambia, un deseo que los ilumina nuevamente, como si fueran otros. En Rimbaud es clave esta otredad, esta conversión constante de seres en otros, de recuerdos en otros, de paisajes en otros: de esta vida en otra.

Efectivamente, Rimbaud empezó por donde se suele acabar: con un dominio feroz del idioma, que en sus manos adquirió tal originalidad, que la poesía moderna se alimenta todavía de sus descubrimientos expresivos. El simbolismo fue en sus manos la consecuencia penúltima (la última sería el sobrerrealismo) de la época romántica, mucho más duradera de lo que se cree por lo común.

La lengua está en Rimbaud al servicio del ensueño, pero un ensueño dislocado, con prisa por alcanzar lo trascendente. Rimbaud hizo posible identificar idioma como estética, expresión con intención: es el secular deseo de una literatura natural. Topó con lo absoluto sin trámites, de modo desordenado, como aconsejaba Baudelaire, y se fabricó su propia torre de paraísos artificiales. Aquellos experimentos psíquicos casi le llevaron a la locura. Y cuando se dio cuenta de ello, cuando vio ‹‹lo que el hombre ha creído ver›› (y eso, a los veinte años), se aterró. Tomó el atajo, encontró la recta, ya no le hizo falta la literatura : ‹‹O pureté! Pureté! C’est cette minute d’eveil qui m’a donné la vision de la pureté! —Par l’esprit on va à Dieu!››

Entre sus diecisiete y veinte años, Rimbaud caló su propia tormenta, investigó los oscuros resortes de su espíritu… Quedó asustado. Asustado de su soberbia, de su conocimiento de lo sobrehumano. Y calló. Sus últimos versos (digo últimos para entendernos, ya que en Rimbaud los versos siempre son primeros), acusan, denuncian este balbuceo ante el misterio. Ya no se trata de dar color a las vocales. Se ha despojado de toda retórica, como quieren los poetas, pero que lo logran al final, y emplea el verso corto, huidizo. Un verso que ya es otro verso. Rimbaud evoca cómo en esos tres años tan intensos, él ha hecho el estudio de lo malo y de lo bueno, de la verdad y del pecado:

O saison, ô châteaux

Quelle âme est sans défauts?

 O saison, ô châteaux

J’a fait la magique étude

Du Bonheur, que nul n’elude

Y dirá en otro poema que la eternidad ha sido encontrada:

Elle est retrovée

Quoi? —L’Éternité

Después de encontrar la eternidad, Rimbaud sólo pudo hacer lo que hizo: callar. Quemar los manuscritos en la chimenea de su casa. Huir de su país, de sus amigos. Olvidar la literatura.

Cuando, días antes de morir, recibió los sacramentos, su preocupación era ordenar la habitación, traer velas y encajes, preparar ropa blanca. Todo blanco. Y el blanco es el color de los místicos, el color de relámpago de los místicos.

* Sé la polémica existente aún en torno a la conversión de Rimbaud. Las palabras de su hermana han sido puestas en entredicho. Recuerdo ahora a dos autores, José Cabanis y Etiemble, que en Rimbaud (por varios colaboradores, París, 1968) hablan sarcásticamente de Isabel y sus noticias sobre los últimos días del poeta. Pero yo pienso que, si hay que dudar de los testimonios de personas presentes y afectas, la historia universal debe de escribirse de otra forma ¿Cómo?

La pintura que aparece en el texto se titula Un coln de table ( Un rincón de la mesa) del pintor Henri Fantin-Latour y con ella homenajeó a los poetas de su época. Verlaine y Rimbaud aparecen abajo a la izquierda.

Manuel Mantero. La poesía del “yo” al “nosotros”. EDICIONES GUADARRAMA. Madrid, 1971

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