Por Ricardo Macías Cardoso

«Un enemigo es una fuerza que nos llena de significado», escribió con agudeza el filósofo escocés David Hume – una frase que es siempre contemporánea. Un enemigo puede recoger la maleable arcilla que da forma a una vida humana, e imbuirla de un odio capaz de devorar el globo. Un enemigo es siempre un peligro latente, y obnubila y corroe el pensamiento con el sueño de su sometimiento o su destrucción. Un enemigo es un infausto generador de discurso, capaz de volver a la guerra y el horror la ley y el resorte de todas nuestras acciones.

Este dictum se revela desoladoramente pertinente para comprender la turbulenta situación política y cultural de la Ucrania contemporánea. Abrumada por la Rusia de Vladimir Putin, quien aún sueña con ese coloso que establece sus fronteras donde le viene bien y cuando le da la gana, por los distintos grupos étnicos que reivindican con la fuerza de las armas su identidad nacional, por las ruines ambiciones individuales que se aprovechan de la ignorancia y el fervor de las masas, y por la incesante manipulación mediática que encuentra en esta guerra intestina un territorio fecundísimo para servir a sus intereses, es innegable que el conflicto armado en Ucrania se nutre de esta obsesión por el enemigo, enemigo que es creado artificialmente y que otrora era vecino, amigo, o incluso hermano.

«La línea del frente. El arte ucraniano 2013 – 2019», una pequeña pero elegante e inteligente exhibición en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, retrata con sagacidad los aristas de esta tensión. Valiéndose de documentales, instalaciones, fotografías, y otros medios plásticos y escritos, los artistas aquí reunidos consignan en sus obras el complejo andamiaje que fragua la memoria histórica ucraniana, los vectores que configuran la topografía de la guerra, la estela de aflicción que trae consigo el combate, y las múltiples formas de resistencia que se gestan desde el frente de batalla.

La instalación “Los así llamados” de Lada Nakonechna sintetiza con ejemplar crudeza los alcances de la manipulación mediática. En el suelo encontramos apiladas piedras grabadas con los epítetos que comúnmente se emplean para ‘etiquetar’ al bando contrario: «separatistas», «rebeldes», «patriotas», etcétera. Tales vocablos, aparentemente frívolos e inermes, en realidad apelan a un sentimiento colectivo cargado de ideología. Valerse de estos términos para definir al enemigo es una forma de enclaustrarlo conceptualmente, estatificar acremente lo que él representa, perseverar los prejuicios e incendiar los resentimientos. La violencia discursiva, lo sabemos, ha sido la columna vertebral de innumerables guerras civiles y conflictos étnicos. Pocas cosas, si las hay, son capaces de calar tan hondo como el lenguaje en el alma y en las acciones de los seres humanos.

Los „cuentos de hadas que se cuentan durante la guerra, para utilizar la sugerente terminología empleada por Piotr Armianovski en el breve documental Yo y Mariupol, son incorregiblemente utópicos y encrespados. Anuncian con bombo y platillo cómo la victoria acarreará la concreción de los sueños, y extasían con el heraldo de volverse „héroes o „mártires. Empero, la cinematografía de Armianovski va más allá de la condena de esta falsa glorificación, y se esfuerza por retratar el día a día de las personas en medio del conflicto. Su praxis no apuesta por la ficción narrativa, en la que el absoluto e ininterrumpido control del director dicta todas las acciones, sino que aboga con sinceridad por transmitir sin cortapisas los pensamientos de las personas de carne y hueso que sufren en medio del combate. En particular, Armianovski tiene su punto de fuga en la interiorización dolorosa, donde se cuentan las sombras y se descubren las heridas que no son perceptibles en la piel. Este mantra de zozobra rezuma también de manera aún más fulgurante en otras obras en exhibición, como “El arco de hierro” de Kristina Norman, o en los materiales que integran la sección “Historias”, que desde múltiples voces narran en primera persona la insondable angustia de repentinamente tener que abandonarlo todo e huir sin rumbo a causa de la guerra.

Svitlana Biedarieva (quien funge también como una de las curadoras de la exhibición) es otra de las artistas cuyo plano espiritual aborda la creación de monstruos ideológicos. En “Morfología de la guerra” (gráfica digital en gran formato) rifles automáticos, garrotes, cabezas de animales y siluetas antropomórficas reminiscentes de bestiarios ilustrados se imbrican en una extraña comunión. Encrespados, inmersos en la tensión provocada por el incesante acecho del otro, un pathos perturbador y violento pulsa entre estos seres. Su mirada es amenazante, sus cuerpos están siempre en guardia, su actitud es desafiante y esconde cualquier rasgo de vulnerabilidad. De la misma forma que acontece entre bandos enemigos en medio de la guerra, pareciera que entre ellos el ansia de combate es una sensación febril, seduciéndoles con su elixir, royendo ad nauseam su ser hasta concretar su exterminio. Eliminando las galas de lo espectacular, sin necesidad de la sangre o lo grotesco, “Morfología de la guerra” es entonces una inducción a reflexionar en torno a esta manía bélica, dieta de horrores que no cambia con los siglos. Contiene mucho más de lo que muestra.

“Victorias de los derrotados” de Yevgenia Belorusets es, para mí, la más mordiente de todas las obras que integran la exhibición. Ocho retratos fotográficos se extienden sobre un muro blanco, acompañados en un segundo plano por un ominoso texto que con gran finura artística aborda el desgarramiento y las consecuencias del exilio desde una mirada profundamente etérea y nostálgica. Con gravedad, sin medias tintas ni simulacros de sueños, Belorusets arranca los envoltorios fosilizados de la visión habitual, estableciendo una negociación más cruda y una apuesta más decidida en la configuración de la identidad.

Digámoslo claro: “Victorias de los derrotados” ocurre en un mundo de carne y hueso en el que las poses falsas y el turismo intelectual no existen. Su espiritualidad está en un plano de complicidad con la realidad representada, sus cuerpos son un abrevadero de tinieblas y promesas, sus miradas son de largo alcance y van hasta el fin en la emoción que las inspira. Su belleza desafiante reside, en parte, en la ausencia de retórica, en el modo en que se impone a la atención por medio de una presencia sin filtros, en su evasión estricta de cualquier edulcoración. Este contacto con la mecánica más natural y rústica de las cosas es la potencia más sensible en su estética, ofreciéndonos algo afín a la intensidad de maestros del retrato como Alberto García-Alix o Diane Arbus.

Un gesto agradable y agradecible de la curaduría -a cargo de Svitlana Bieradarieva y Hanna Deikun- es el no haber creado barreras o divisiones artificiales e innecesarias entre las diversas piezas que integran la exhibición. Creo que ello hace justicia a las profundas asonancias conceptuales que hermanan a los artistas aquí reunidos. Mucho más relevante es el hecho que “La línea del frente” no se limita a la exhibición en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, sino que tiene múltiples frentes de combate. Tal es el caso de una serie de mesas redondas organizadas en el Museo Memoria y Tolerancia durante el mes de octubre, en donde participaron académicos y activistas como Jean Meyer, Olesya Khromeychuk, y Diana Berg. En el mismo tenor, del 8 al 17 de noviembre se exhibirán diversos filmes en la Cineteca Nacional, en los que obras como Maidan de Sergei Loznitza capturan la violencia del régimen al inicio de las protestas civiles. Esta interdisciplinariedad constituye, a mi juicio, un acierto notabilísimo de las curadoras, toda vez que buscan crear en el público mexicano una comprensión más honda de la realidad ucraniana, y no circunscribirse a la mirada superficial tan proclive en este tipo de exhibiciones.

En el cénit de la guerra cada trueno pareciera encender la mecha del siguiente. Al fragor de las armas es difícil escuchar las voces de las víctimas, pues se pierden entre el estruendo y la furia. “La línea del frente” nos enseña que, incluso frente al desfile de lo aterrador, incluso frente al abandono, los gritos y la sangre de los dolientes, es posible asir los fuegos de esta realidad infernal, es posible transformarlos en una luz consciente que sirva para alcanzar una paz que se cree antigua y perdida.

La línea del frente. El arte ucraniano 2013 – 2019

Exhibiéndose en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo hasta el 5 de enero

Moneda 13– Centro Histórico (metro Zócalo) – Ciudad de México

5555420484 – www.museodelasculturas.mx – www.facebook.com/lalineadelfrente2019

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