A propósito de Fabiola Tanus

Por Luis Ignacio Sáinz

“Ahí voy”, a ese punto que visualizo en mi

pared; hacia aquella coordenada que me espera

y que proyecto internamente de qué manera

podré llegar. Ahí voy…

Fabiola Tanus.

Lejos del tiempo lineal, donde se confunden los planos del ser, extraviados en las preguntas fundamentales y atentos a los accidentes, esos tributos del azar, atisba una voluntad tímida para elegir un destino al parecer de naturaleza cósmica, de esos que todo lo cambian, metamorfoseando las tentaciones en realidades, y los deseos en derechos satisfechos. Allá, por detrás del firmamento, rebasando el horizonte como si se tratase de una competencia sideral, la mujer que anuncia el sentido de su próxima itinerancia se afana en conciliar la necesidad de investirse de viajera, confía en que los cambios son parabienes, con el imperativo de dotar de realidad semejante errancia, para que no sea sin fin y que se ajuste a las latitudes, altitudes, longitudes, coordenadas, del camino elegido, la ruta de la emancipación plena del espíritu. Pues, ¿no te lo había dicho?, de eso se trata, de la conquista de la libertad, de su construcción ladrillo por ladrillo, o en este caso de diseñadora-artífice-pintora-escultora-interventora-ceramista y escultora-conceptualista e instaladora, línea por línea, trazo por trazo, volumen por volumen… Tanto tiempo transcurrido, tal como acostumbra, y continúan siendo útiles las estratagemas de la invención de constelaciones inverosímiles para saciar las ansias de que la vida sea de otra forma, más personal, acaso controlable, cero previsible, pero armoniosa, pacífica en su oferta de sorpresas, dichosas ristras de ánimos exaltados y carcajadas a tambor batiente. Se vale, lo mereces sin límites.

 

 

La mano disfrazada de mecanismo de localización, órgano que vacila entre funcionar al modo de un sextante que se guía por la bóveda celeste y sus heridas lisonjeras, las estrellas, o tal cual una brújula que hace del índice su aguja imantada, esa que se orienta siempre hacia el norte, porque allí se acumulan las atracciones de los talismanes antiguos, los imanes… Extremidad que opera más como ojo que como ganzúa, en su palma atesora la mirada tratándose de una compositora de universos que desafían la fantasía, suerte de tlacuilo: en un inicio “el que labra la piedra o la madera”, después “quien escribe pintando”, finalmente “aquél que posee la sabiduría”. Etapas iniciáticas de quien flota en la geografía, adecuándose, acomodándose, con suavidad y tersura, evitando la profundidad, postulando una especie de etiqueta amable, inteligente y sensible, pero que no ponga en riesgo su propia entereza, ese cúmulo de sensaciones e inquietudes que, al parecer, nadie comprende y menos comparte. Entonces, el trato discreto y a cierta distancia amortigua las decepciones, los sinsabores; pues, a creer o no, a ratos está cansada de merecer y esperar.

 

 

La artista o su zarpa impone su autoridad al marcar el rumbo con firmeza, sin titubeos, huyendo de las curvas de nivel, las trampas del territorio, subidas y bajadas de la corteza de este nuestro atribulado planeta; esos meandros y círculos y desplazamientos infatigables, al modo de huellas de patinadores, tatuajes zigzagueantes, manchas de redonda perfección, misteriosas y grisáceas, marcas de una geometría sagrada, son trazos de un sendero de perfección y devoción, liturgia de lo sagrado que en momentos no sabe manifestarse y recurre a rombos y puntos suspensivos, indicaciones gentiles incapaces de domeñar el plano de las afecciones del alma… que eso son esas diatribas gesticulantes, fluidos de la conciencia, resbaladizos pensamientos que se duelen de la ausencia primigenia: el origen totémico, el padre todopoderoso en su amabilidad sonriente, aquiescente del estupor y pasmo que le ha prodigado día tras día, año tras año, década tras década, esa niña-fiera-mujer de luceros alumbrados, premio que bien valió todos los dolores de una historia de ires y venires, raíces y desgajamientos, hasta que tan hermoso trashumante pudo proferir: se acabó la casa rodante y en este girón de tierra-aire-sol-cielo-noche-agua y fuego se levantará mi reino, uno que sí será del aquí y el ahora, destinado como dote incompartible a mi Eneas-Palinuro-Ahab-Nemo que para que se lo aprendan es mucho más fuerte y atrevida y consumada tripulante siendo ama-moza-patrona. Se acabó la condena de patear el camino y surgió un sentimiento diverso: el de saber estar y ser en el otro, quizá los otros.

 

“La guerra es nuestro pasatiempo y la comida que nos alimenta”, susurran con sorprendente dulzura estas combatientes del otrora Dahomey, en la actualidad Benin, ejército de amazonas que fuera creado por el monarca Agadja en 1708 y disuelto hasta 1894 por el rey Agoli Agbo. Evocan en su belleza y resolución la entereza de la viajera-cartógrafa, aunque nuestra combatiente dispone de armas sí letales, aunque intangibles: el talento y la magia de su hacer plástico, capacidad de establecer objetividades insospechadas, modalidades de conjuros, sortilegios y hechizos que, a pesar de sí, sin proponérselo en verdad, van haciendo de sus interlocutores, vasallos y súbditos, en comarcas de la hermosura, fundos del esplendor de su mente febril, siempre en movimiento, ignorante de lo que es el cansancio y su remedio la molicie. Quizá este hato de cualidades y virtudes sólo pueda anidar en el signo de Libra, balanza y equilibrio, mesura y exigencia, perfección gobernada ni más ni menos que por Venus, tributaria del arte como su compañero zodiacal Umberto Boccioni, el de las Formas únicas de continuidad en el espacio (concebida en 1913 y fundida en 1972).

Así como el personaje del futurista, la heredera de Ptolomeo no para, se mueve sin cesar, en busca de su tiempo oportuno, en el ejercicio irrestricto de su pasión: crear ex nihilo, sí, desde la nada, equipada única y exclusivamente con los artilugios de sus sentidos y percepciones, mente-vísceras-emoción. Ser testimonio de una vitalidad encendida, esa que se merece el calificativo de entusiasta; voz proveniente del griego de la que se nos ha olvidado su significado: ἐνθουσιασμός, el furor de las sibilas al emitir sus oráculos, éxtasis por portar a dios, inspiración venerable. Y todo está muy bien, casi a pedir de boca, pero hay un no sé qué de relativo aislamiento, un dejo de negación o postergación del placer del entorno y su inmediatez. No todo debe de ser o es trascendente, se extraña cierto paganismo, la gracia de poder desdeñar la solemnidad paralizante, la que nos asigna responsabilidades metafísicas que esclavizan los antojos y encadenan los cuerpos. Que desfilen los brillos vitales, sonrientes y estimulantes, los que anidan en el corazón y se manifiestan con las tripas, a dentelladas y alaridos festivos.

 

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