Por Luis Ignacio Sáinz

La sofisticación romana se jaspeaba de sangre y alaridos sin que ello la perturbase en lo más mínimo. Jantanciosa y fatua, oscilaba entre lo vil y lo sublime. De allí la sentencia inapelable de Juvenal (60-128) contenida en sus Sátiras (X, 77-81), crítica despiadada al orbe pagano, que venciera la inquina ortodoxa de los scriptoria monásticos:

 

[…] Ya hace tiempo,

Desde que no se venden los sufragios,

Los públicos asuntos no le importan.

Y el pueblo aquel que daba antes imperios,

Haces, legiones, todo, ahora se calla

Y dos cosas tan sólo espera ansioso:

Pan y juegos. (1)

 

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Mimmo Jodice (1934): Mediterráneo, Puteoli, Anfiteatro flavio, Campania, 1995. Vintage, impresión plata sobre gelatina, 30.5 x 24 cm. Titulada, firmada y fechada a lápiz en el reverso.

 

Y para quien lo dude el mismísimo Julio César poseía una famosa escuela (ludus) de gladiadores en la antigua Capeva, «la ciudad de las ciénagas» (después Capua y Santa María Capua Vetere), disuelta por Pompeyo al iniciarse la guerra civil en el 49 a. C.

El Anfiteatro de Pozzuoli, llamado también Circo flavio en honor al emperador del 69 al 79 Vespasiano, fue levantado en los estertores del siglo I. Con seguridad fue obra de los mismos arquitectos que construyeron el Coliseo, foro que le es contemporáneo. Edificado en la ciudad de Puteoli (en latín, “pocitos”), la actual Puzzuoli, en Campania, alojaba hasta 40 mil espectadores, aunque hay quienes aseveran que recibía hasta 60 mil morbosos visitantes; el tercero del Imperio por su tamaño, sólo detrás del de Roma (óvalo de juego de 75 por 44 metros) y el de Capua, urbs maxima opulentissimaque italiae de acuerdo con Tito Livio.

Con el correr de los años, este puerto que concentró a lo largo de más de un siglo el comercio con Alejandría, se sumiría en la desgracia del anonimato por el protagonismo comercial de un astro naciente de nombre Ostia, en el Lazio, de cara al mar Tirreno y a tiro de piedra de la capital proconsular, asistido semejante complejo de muelles y bodegas en la boca del río Tíber con el Emporium, entre la colina del Aventino y el Rione Testaccio, llamado así por los fragmentos de las amphorae rotas y, por supuesto, los fondeaderos clásicos de Ripetta y Ripa Grande, remodelados en 1704 por Alessandro Specchi. El bullicio y la magnificencia de tal arquitectura barroca serán consignados en un grabado de Piranesi, que disipa toda duda de su importancia.

 

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Giovanni Battista Piranesi (1720-1778): Vista del Puerto de Ripetta, grabado; 54.2 x 78.9 cm., 1748-1774.

 

Volviendo a los alrededores de Nápoles, la infraestructura subterránea que permaneció más tiempo enterrada en Pozzuoli, se conservó mejor. Al parecer fue incorporada en la era de Trajano (legatus legionis en la Hispania tarraconensis) o en la de Adriano (divus Hadrianus tras su deidificación o apoteosis, el de la pasión por Antínoo), los emperadores ibéricos.

En los cuatro sectores que se forman por los dos corredores ortogonales y el gran ambulacro  (en latín ambulācrum, “paseo”) elíptico a lo largo del muro del escenario, se ubicaban las estancias para atender a los gladiadores y disponer las cacerías. Un foso de 43 metros a lo largo del eje principal permitía la elevación de enormes tramoyas. Otros pozos o socavones facilitaban el levantamiento de las jaulas cargadas con las bestias para depositarlas sobre la arena.

 

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Mattia Luigi Nappi: Corredores subterráneos, Anfiteatro Pozzuoli-Flavio, 2010

 

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Ferdinando Marfella: Estructura antisísmica, exterior del Anfiteatro Pozzuoli-Flavio, 2004

 

En este teatro estaban destinados a morir en las fauces de las fieras, San Genaro, el patrono de Nápoles, el de la licuefacción de la sangre cada 19 de septiembre, jornada del suplicio, y San Proculo, patrono de Pozzuoli, durante la persecución de Diocleciano en 305, acompañados por otros fieles y devotos. Empero, según la tradición, estos mártires fueron sacrificados junto al volcán napolitano de la Solfatara en el Foro Vulcano, en compañía de los diáconos y laicos Acucio, Eutiquio, Sosio, Festo y Desiderio, por una incomprensible conmutación de la sentencia ad bestiarum por decapitación en el tribunal de Dagonzio. Magnanimidad del juez imperial.

Sin funciones, el Circo vespasiano, que también así lo podríamos bautizar, continúa vigilando los acontecimientos críticos del presente, aguardando su tiempo oportuno, cuando el caos reinante demande nuevos sacrificios y ofrendas para saciar la ira de los dioses y congratularse de nuevo con esos primeros motores de la creación, poblada de accidentes generados por el libre albedrío de sus –justo– creaturas.

 

Fotografías históricas – Roberto Rive (1825-1889)*

 

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Bahía, puerto, puente de Calígula y Cabo Miseno

 

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Templo de Serapis Pozzuoli, Campania, 1860-1880.

 

(1) Poema compuesto en hexámetros dactílicos, los de una sílaba larga seguida de dos breves, salvo el verso de cierre que suprime una sílaba y se denomina cataléctico. En la versión original de este fragmento de la 10 de 16 Sátiras tenemos: “… iam pridem, ex quo suffragia nulli uendimus, effudit curas; nam qui dabat olim imperium, fasces, legiones, omnia, nunc se continet atque duas tantum res anxius optat, panem et circenses”. Véase: Sátiras de Juvenal y Persio, traducción de Francisco Díaz Carmona, colección Biblioteca Clásica, Madrid, tomo CLVIII, Librería de la Viuda de Hernando y Cª, 1892, p. 166. Las cursivas muestran una crítica adicional, pues a pesar de que la costumbre de los candidatos de comprar los votos en las elecciones o comicios había sido proscrita por Sila y que siguiendo a Suetonio  (Vidas de los Doce Césacres; De vita caesarum) Calígula quiso restablecer sin conseguirlo; el pueblo desdeñaba su importancia, entregándose a la banalidad justo de los espectáculos montados en el Circo máximo y aquellos foros de su misma estirpe. Por ello: “pan y circo”.

 

  • Revisar el catálogo de este fotógrafo italiano, nacido en Gran Bretaña. Residió en Nápoles, de allí la atención especial brindada a Pompeya, Herculano, Pozzuoli o Paestum.

 

 

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