Guillermo Prieto*

Era  el año horriblemente memorable del Cólera Morbo.

Había pasado la fugaz presidencia de Pedraza, de quien se dice que él mismo se concedió licencia absoluta para dar ejemplo a generales que de nada servían.

Había visto México llenas sus prisiones y conducidos en cuerda los hombres más notables por la persecución política.

Los pronunciamientos de Escalada, Durán y Artista, todo había pasado sin preocuparme.

Lo que dejó imborrable impresión en mi espíritu fue la terrible invasión del cólera en aquel año.

Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilio; las banderolas amarillas negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad, de médicos, de sacerdotes y casas de caridad; las boticas apretadas de gente, los templos con las puertas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y derramando lágrimas… A gran distancia el chirrido lúgubre de carros que atravesaban llenos de cadáveres… todo ese se produce hoy en mi memoria con colores vivísimos y me hace estremecer.

¡De cuántas escenas desgarradoras fui testigo!

Aún recuerdo haber penetrado en una casa, por el entonces barrio de La Lagunilla, que tendría como treinta cuartos, todos vacíos, con las puertas que cerraba y abría el viento, abandonados muebles y trastos… espantosa soledad y silencio como si se hubiese encomendado su custodia al terror de la muerte.

No olvidaré nunca  el dolorosos espectáculo que ofreció a mis ojos una madre que acababa de expirar en un gemido postrero, con el que despertó de su sueño en la cuna a una niña bella como arcángel, que riendo y traviesa jugaba con la cabellera profusa de la madre muerta!…

De tal manera dominaba el pánico, que se anunció que un sabio, que vivía en el Puente de San Francisco número 5ç4, había descubierto un parche que era preservativo infalible de la epidemia; esta medicina se atribuía a un químico, don Manuel Herrera.

La gente se agolpó de un modo tan ansioso y tumultuoso por aquel fíat de salvación de vida, que fue forzoso poner guardias numerosos en la casa del señor Herrera, para evitar un desastre; pero caten ustedes ahí que el día menos pensado derrama en son de chisme, publica avisos, pega en las esquinas papeles y esparce alarmas alguien afirmando que los parches eran segurísimos pasaportes para la eternidad.

Al día siguiente de este pánico las calles amanecieron blanqueando como una terrible nevada. Eran los parches que se habían arrancado del cuerpo las gentes.

El pánico había invadido los ánimos, de manera que estaban en juego las medicinas y procedimientos más contradictorios.

A una mujer del pueblo ordenó el doctor Alarcón una sangría; la mujer interpretó la medicina tomándose un vaso de sangría y el resultado fue magnífico; el médico pedía la sangre y ella le decía que habría dejado el vaso vacío.

El gobernador, que lo era el señor Martínez (a) Macaco, fulminó un bando con tremendas prohibiciones a las frutas, los figones y comestibles; en ese bando hay un anatema contra los chiles rellenos que escalofría.

Contaba mi maestro Cardoso, con su inagotable chiste que atravesando un día  por la calle del Espíritu Santo, vio un cochero tendido ala larga en el pescante devorando una chirimoya que no le cabía en las dos manos: A su lado y parada en el suelo estaba su mujer.

Mi maestro, ardiendo en santa caridad, dijo al cochero:

—¡Bárbaro! ¿No ves que te suicidas? ¿No conoces que esa fruta te abre el sepulcro y te lleva a la condenación eterna?

Absorto quedó el auriga con el apóstrofe; a medida que mi maestro hablaba, bajaba la mano, se limpiaba los labios y suspiraba contrito.

Cuando mi maestro dejó de hablar, exclamó el cochero:

— Es cierto señor amo, no lo vuelvo a hacer —y volviéndose a su mujer continuó—: Tómate, tú, mi alma —dando a su mujer la fruta homicida.

Los panteones de Santiago Tlatelolco, San Lázaro, el caballete y otros, rebosaban en cadáveres de los accesos de terror, de los alaridos de duelo se pasaba en aquellos lugares a las alegrías locas y a las escenas de escandalosa orgía interrumpida por cantos lúgubres y por ceremonias religiosas.

En el interior de la casa todo eran fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro, calabazas con vinagre detrás de las puertas, la cazuela solitaria del amor y la parrilla en el brasero y frente a los santos velas encendidas.

Era un tarde del mes de agosto: Por medida higiénica todo el equipo de la casa aún estaba en el corredor, cabalgando en sendos mecates o reclinado en inseguras sillas: Mi hermano y yo estábamos ausentes. Mi señora madre, medio paralítica, cuidaba la casa.

Cuando menos se pensaba se descolgó un aguacero estupendo, corrían los canales, se inundaron las calles, en breves instantes tomó la ciudad el aspecto de lago profundo.

Colchones , sábanas, lienzos de todo género y cobertores de todas clases se empaparon sin que se pudiese remediar.

Cuando penetré en la casa escurriendo el agua y convertidas en lagos y canales las arrugas de mi vestido, mi señora madre estaba a oscuras y sin darse cuenta de lo grave de la situación. La primera de las necesidades era tener luz, que era mucho muy ardua tal empresa, que suponía lumbre, pajuela, buen pulmón y pulso firme.

Eso de cambiarse ropa, empresa era que tocaba el imposible… y ante omnia vela o lámpara que encender.

Entre lamentos y discusiones pasó el tiempo y después de la queda, hora en que se cerraban al toque de la campana mayor de las casas de vecindad y el comercio todo, oímos en el zaguán unos toques ya acelerados, ya débiles que nos sobresaltaron.

Era mi hermano, conducido por unas personas caritativas, gravemente atacado de cólera.

¿A quién clamar? ¿A quién acudir en aquella lóbrega noche que añadía horror a los horrores de la muerte que por todas partes nos cercaba? Casi sin luz por lo muy exigua que daba la enana y única bujía, sin lumbre en el brasero, sin ropa con que cubrir al moribundo, ni con que mudarnos nosotros, veíamos aquellos ojos brillantes y hundidos, aquel color anheloso que pintaban las facciones, aquellos gestos espantosos que producían los calambres manifestados en contracciones indescriptibles.

Tendimos el cuerpo de mi hermano, nos acurrucamos contra él medio desnudo, y nuestra respiración congojosa fue su abrigo y las copiosas lágrimas de mi madre su sola medicina. Entre aquel sollozar y aquellas aclamaciones a la Providencia Divina cuando vibrara sobre nosotros al amenaza de muerte, el enfermo repentinamente se rehace, se incorpora, nos separa de su lado, se arrodilla y con acento sonoro y triunfal exclama: «Creo en Dios Padre.»

Mi madre y yo seguimos la oración fervorosa que en mi espíritu se reproducía como un cántico de resurrección…

¿Y que haya animales que me supongan incrédulo?

  • Guillermo Prieto. MEMORIAS DE MIS TIEMPO. Alianza Cien/ CONACULTA

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