Los centros de producción y difusión

No es nada fácil destruir una cultura, y sin embargo se ha pretendido lo imposible desde que el hombre aparece en el planeta. La imposibilidad de destruir la palabra dicha o escrita —o sea buena parte del espíritu de un pueblo— , es evidente, pero que esto sea evidente no ha impedido que de hecho se haya intentado de muy diversas maneras y en múltiples ocasiones. Teodosio mandó cerrar los templos, dispersó o exterminó a los sacerdotes y con ello quiso destruir para siempre la antigua cultura de Egipto. Pasó el tiempo, pero en 1822 un joven francés, Champollion, descifró la escritura jeroglífica y vino a renacer una civilización soterrada durante milenios. El renacimiento italiano fue, en cierto aspecto, la resurrección y revaloración de la literatura pagana, oscurecida durante la larga “noche gótica” de la que hablara el pintor Rafael. En México, los conquistadores del siglo xvi hicieron lo posible por “decapitar” a las antiguas culturas indígenas. Condenaron al fuego los códices por considerarlos idolátricos, y a pesar de ello, los que más podían saber acerca de cosas idolátricas y diabólicas, los frailes —Sahagún, Durán, Motolinia y muchos otros—, fueron precisamente quienes rescataron y reconstruyeron aquellas antiguas literaturas. Almohades, inquisidores, calvinistas, puritanos, nazifascistas e incontrolables sectarios de todas las épocas y países han intentado siempre decapitar la expresión literaria (léase también religiosa, nacional, política) cuyo espíritu no compartían. De ahí el empeño en desterrar y sustituir idiomas, en desquiciar sistemas educativos y en clausurar los centros de producción y difusión literarias. La sociología de la literatura señala muchos. En la antigüedad fueron, por lo general, los colegios de escribas y sacerdotes —tales como el calmecac en el México prehispánico—; los gimnasios, las bibliotecas, los escritorios donde los amanuenses reproducían, a veces en gran número, las ediciones. En la edad media, los monasterios y las universidades. En la edad moderna, las casas reales y las de los mecenas, las imprentas, las academias. Los salones en el siglo xviii. Las tertulias de café en el xix. Hoy se han multiplicado los centros de producción y divulgación literarias. A los anteriores habría que añadir otros muchos: diarios revistas, editoriales y centros especializados en la creación e investigación literarias. De todas maneras, aunque una dictadura tecnológica se empeñara en quemar todos los libros, siempre quedaría, como señala Bradbury, el recurso más antiguo: la memoria.

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Jean-François Champollion

Arturo Souto. LITERATURA Y SOCIEDAD. ANUIES Programa Nacional de Formación de Profesores. México, 1973.

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