Por Elba Benítez, Galería Elba Benítez

Mi origen canario y el hecho de que mi infancia transcurriera en Venezuela fueron las circunstancias que me acercaron al arte producido en América del Sur. La producción artística latinoamericana tenía escasa visibilidad cuando abrí esta galería en Madrid en 1990. Después de algunos años iniciales, en los que intenté orientarme y encontrar un hueco en la escena galerística madrileña que aportara algo interesante al sector, he prestado una atención especial en el programa de la galería a la producción artística contemporánea de Latinoamérica y Brasil. La galería no sólo ha dado visibilidad en España a los primeros artistas que en los noventas salían a la escena internacional europea —como José Antonio Hernández Diez, Beatriz Milhazes, Ana Mendieta, Vik Muniz y Ernesto Neto—, sino que está siendo desde hace algunos años la vía para introducir en Iberoamérica el trabajo de los artistas europeos que representa.

Mi relación con el artista se establece desde el potencial que tiene el discurso de su trabajo. El verdadero artista da forma a sus ideas desconociendo al espectador que va a disfrutar, rechazar o ignorar su obra. El artista, cuando expone su trabajo, saca a la luz un espacio íntimo que se convertirá en público en el espacio de la galería. Los artistas muestran su trabajo, pudiendo éste estar en proceso, todavía sin encontrar la forma definitiva y, al hacerlo público, lo someten a las reacciones de la crítica, de las instituciones, del mercado.

La galería será testigo de ese proceso. Nuestra labor como galeristas consiste en hacer ese discurso comprensible a la audiencia, situándolo dentro del contexto de la cultura contemporánea. Creo que una galería debe aportar a la carrera de un artista la capacidad de ser vehículo hacia otras culturas, otros mercados, otras experiencias. Y eso sólo es posible si la galería posee las herramientas y es conocedora de la cultura de los lugares donde dirige su actividad. Siendo la galería un centro de producción de cultura contemporánea en la comunidad donde ejerce su actividad, veo a la galería más como un laboratorio que como un centro legitimador del arte que expone.

También encuentro que el rol de un galerista es comparable al de un productor de cine, de teatro, es decir, de cualquier producto cultural. Hacemos posible que esa obra exista. Y lo hacemos invirtiendo nuestro tiempo, nuestros medios económicos, nuestra energía, para ofrecer un producto que el mercado desconoce y del que no se ha creado la necesidad de consumirlo.

En las galerías de arte contemporáneo nos movemos en un mundo económico bipolar. Por un lado promocionamos el trabajo de artistas, muchos de ellos sin demanda en el mercado, y por otro, estamos al frente de un establecimiento comercial. Ejercemos una actividad económica en un sector de venta de artículos de lujo y también queremos influir en la educación visual y estética de la comunidad donde ejercemos nuestra actividad. Tratamos de encontrar un equilibrio precario entre la producción de productos culturales (muchas veces difícilmente absorbidos por el mercado) y la solvencia empresarial.

Entramos en este campo pensando que vamos a aportar algo nuevo, pero pronto nos damos cuenta de que trabajamos en un sector donde nos sometemos a reglas que ya existían cuando aparecimos, a comportamientos ya institucionalizados que nos marcan un modo de operar. Esas leyes, como en la sociedad, son dictadas por los que tienen el poder. Se ha asociado la imagen de la galería de arte a la de centros generadores de glamour, dentro del exclusivo mundo de los negocios del lujo. ¿Qué públicos, qué artistas alimentan este mundo, poblado por un reducido número de habitantes? Son parte del universo del arte, interesados en el potencial de conexión que la galería ofrece.

Está generalizada la idea de que el arte no tiene ideología. Ingenuamente se ignora que la creación artística comporta un posicionamiento político. Las galerías con su programa toman partido frente a unas opciones y dejan de lado otras. El juego de poderes se manifiesta en el mundo del arte de muy diversas maneras. Y es el mercado donde confluimos todos.

Concurren las instituciones públicas que se guían, en sus adquisiciones, por criterios de servicio a la sociedad, de salvaguarda de la memoria de su tiempo y de archivo de los valores legitimados. Concurre la gran masa de clientela privada, formada por coleccionistas, compradores de arte, asesores de arquitectura interior, mecenas, todos unidos por el arte de diferente manera. Coleccionar para pertenecer al selecto grupo de la aristocracia del mundo del arte, marcando el posicionamiento social con cada adquisición; coleccionar siguiendo un impulso irrefrenable, una pulsión genética que se ha manifestado ya desde la infancia, por poseer y acumular, coleccionar porque se sienten depositarios de una misión en la sociedad, siendo adquirida por individuos la colección, tiene, sin embargo, un carácter público, donde la educación y el apoyo a la creación artística es el leitmotiv, coleccionar valores artísticos en alza, el arte se convierte así en un valor refugio del mundo financiero; y todos aquellos que son compradores de arte, anónimos consumidores de objetos de lujo, con los que enriquecen su vida cotidiana con los que decoran intelectualmente un mundo doméstico sofisticado.

Todos, sin excepción, sea cual sea el valor simbólico que decidió la adquisición de una obra de arte, son necesarios para que los artistas sigan creando, produciendo y viviendo. Porque sin ellos ninguna institución, ninguna actividad dentro de este mundo existiría. Y a veces se nos olvida.

Madrid, diciembre de 2013

EL LABERINTO DEL ARTE, Carmen Reviriego, editorial PAIDÓS, 2014.

 

 

 

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