De los sueños

Por Luis Ignacio Sáinz

 

Quedaos con Dios, que en el camino de la virtud es perder

tiempo el pararse uno, y peligroso responder a quien pregunta por

curiosidad, y no por provecho.

 

Francisco de Quevedo: Los Sueños (1627).

 

Cuentan los cronicones y los cantares de gesta que arrancando en el origen del mundo surgió una hacedora de sueños: Fatame. Nombre que podría ser un acrónimo y remitir a una identidad particular, majestad que gobierna sus dominios desde lo alto de una torre, si, justo, la de un ente de luz, aunque también abre un resquicio en favor de su condición semidivina, como emisaria de las potencias que nos rigen, instrumento pues que pone a prueba la claridad espiritual de los sujetos visitados por esas figuras en movimientos, casi siempre en blanco y negro, emparentadas quizá con las alucinaciones, que irrumpen en su letargo. Comoquiera, nos topamos con una leyenda o fábula que sostiene que se trata de un ser capaz de transformar las ilusiones en materia viva y tangible, previa representación en espejismos oníricos: pues, a querer o no, los mortales dudamos de si semejantes imágenes que burlan la vigilia son o no huellas de la realidad, gajos del tiempo, tatuajes de verdad. Empero, algunos somos creyentes y devotos de la existencia de dicha hacedora de esperanzas. Desde la era de los dragones, cronistas y juglares han cantado sus hazañas y correrías al modo de episodios de una gran zaga: la de la piedad y la conmiseración por todos aquellos que se encuentran tocados por los deseos, esos apetitos y antojos que, la verdad de las cosas, nos hacen de carne y huesos, visibles, capaces de superar la incredulidad de los tomases del mundo. Lo han hecho, semejantes bardos, transfigurándose en apóstoles de la palabra, salvando la tradición al circularla de boca en boca.

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Miniatura gótica: Dragones refocilándose, dichosos de la ausencia del arcángel san Miguel…

Y este capital oral, el fruto de los testimonios acaecidos siglos atrás, cercano a los huehuetlatolli, las consejas y los dichos de los viejos a los jóvenes para formarles el carácter y templarles el alma en la cosmogonía nahua, recopilados por los emisarios mediterráneos Andrés de Olmos y Bernardino de Sahagún, nos permite a sus herederos, disponer de un arsenal para sobrevivir primero los sinsabores y las aflicciones de la vida y redescubrir después sus sazones y emboques. Sin confundir jamás la curiosidad con el provecho, como quería el don Francisco de las antiparras, al que retratara Diego de Velázquez en los tiempos aciagos y deslumbrantes de Felipe IV, malo tirándole a malísimo en materia de dirección de tan dilatada Corona, bueno tirándole a buenísimo en materia de protector-detonador de las artes y los bienes culturales.

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Códice Mendoza *: Y todo se resuelve, conversando…

Gramáticos todos, tal vez a su pesar, pero eso si entregados a que la fama y gloria de Fatame copen la bóveda celeste y la corteza terrestre con sus avatares, prohijando el vuelo de las figuras nocturnas, sean pesadillas o somnolencias reparadoras. Total, que a eso se dedica, entreteniéndose un poco con nuestras ansias y manías, que a ratos se disfrazan de genuinas agonías. Ya el codex lo registra: patrones a la izquierda, matronas a la derecha, todos identificados por el símbolo de tlatolli: la vírgula, ese trazo que recuerda a la tilde de la “ñ” y que nos transporta hasta Persia vía la India con la cachemira o paisley (estampado de bacteria, ameba, gota, lágrima, buta o boteh; en persa: بته ), el diseño en forma de almendra, que se encuentra en los paliacates de algodón que creíamos mexicanísimos.

Pero permítaseme subrayar que, si bien no suele ocurrir, en ocasiones los sueños, que son los deseos, ocultos o manifiestos a flor de piel, lo mismo da, hacen acto de aparición, irrumpen en escena, en toda su majestad, lustre y fulgor. La Fatame de ojos verdes, gemas brillantísimas que confinan el calor, como la esmeralda que en persa significa “piedra verde”, siendo el símbolo de Venus, por si hubiera dudas de su hipnotismo amoroso, partió plaza como quien domeña reses bravas vestida de luces: poderosa y misteriosa, un poquitín incrédula y sacando “provecho de su curiosidad”. Lo que le convidaba albricias magníficas al interlocutor, sujeto lingüístico que se autentifica en la luminosidad de las voces del alfabeto y el diccionario, quién vacilaba y titubeaba frente a los guiños cautivadores, imperceptibles o figurados, pues en verdad ignoraba si eran ciertos, emanados por tan regia presencia, o meros partos de su imaginación delirante. La incógnita se despejaría cuando las pieles musitaron sus razones y ganas, encontrándose, acaso asechándose, pertrechadas en el canto del poeta metamorfoseado en adivino del porvenir:

                                               He ido marcando con cruces de fuego
                                               el atlas blanco de tu cuerpo.
                                               Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
                                               En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta **.

* Antonio de Mendoza y Pacheco (1493, Alcalá la Real, España – 1552, Lima, Perú) fue un político y militar español, caballero de Santiago, comendador de Socuéllamos, primer virrey de la nueva España desde 1535 hasta 1550 y segundo del Perú de 1551 a 1552. Personaje curioso que al alimón con Marcos de Niza y Francisco Vázquez de Coronado escribiera un libro fascinante: Descubrimiento de las siete ciudades de Cíbola y Quivira (1540-1542).

** Pablo Neruda (1904-1973) y un fragmento, la primera estrofa, del “Poema 13” de su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), Santiago, Editorial Nascimento, 146 pp. Y esta bestia componía semejantes travesías a los 19 años…

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