Cuando tengo que quedarme a comer en el centro, a veces me meto en un restaurante en donde hacen muy bien las quesadillas sincronizadas.

Pues allí estaba, sentado en un taburete de la barra, esperando mi quesadilla y observando al mozo —tiene unas manitas negras, chiquitas, que le sirven para todo: ¿qué le piden una jiricaya?, voltea la copa y se echa la jiricaya en la mano antes de ponerla en el plato, ¿qué le piden una orden de papaya?, mete la mano en el recipiente de la papaya y saca los cubitos, ¿qué son tres tortas para llevar?, mete la mano en el tazón de los encurtidos y saca un puño de chilitos—. Pues yo estaba observando esto, cuando de la cocina que está al fondo del local salió una mesera con dos sopas caldosas y vino derecho a donde estaba el dueño del restaurante, que estaba en la barra, junto a mí haciendo montoncitos de veintes.

—Don Fernando —dijo la mesera— que ya está tronando el piso de junto a la estufa.

—Por un momento, don Fernando no hizo más que abrir la boca. Después dijo:

—Pero, ¿cómo que está tronando el piso de junto a la estufa?

Yo aproveché la confusión que vino después para irme a comer en otro lado. Pero al salir iba pensando que, francamente, aquí en México hay gente que sabe dar las malas noticias.

Una mañana, hace muchos años, cuando estaba yo en el rancho, llegaron dos medieros envueltos en cobijas y se pararon afuera del portón de la casa. Cuando salí a ver qué querían me dieron una de las peores noticias que me han dado en la vida.

—Dice el Juan Márquez que ya se cayó al pozo la pelotita. La “pelotita” era el cabezal de la flecha… bueno, una parte muy importante de la bomba, sin la cual no podíamos regar.

Conseguir una refacción nos llevaba quince días, lo cual hubiera significado perder la cosecha. Recuperar la “pelotita” —o intentarlo cuando menos— quería decir bucear en agua fangosa de tres metros de profundidad y tentalear el limo del fondo y discernir por tacto entre la “pelotita” y los esqueletos de las ratas. Hicimos las dos cosas: primero buceamos, no encontramos nada y después esperamos los quince días y se perdió la cosecha.

Bueno, pues toda esta catástrofe fue puesta en una nuez por el mediero que me anunció:

—Dice el Juan Márquez que ya se cayó al pozo la pelotita.

 

Otro sistema de dar malas noticias consiste en no darlas. Es también muy usado en el Bajío. Por ejemplo si alguien llega de un largo viaje, no se le dice luego luego que ya murió su mujer. Al recibirlo en la terminal hay que dejarlo que crea que su mujer no está allí, porque se quedó en la casa; una vez en la sala de la casa, hay que dejarlo que crea que está en la cocina. Cuando ya se llegó al corral de atrás y no hay más dónde buscar, el marido —que no ha preguntado por su mujer antes porque no sería correcto— no tiene más remedio que preguntar:

—¿Y dónde está Atanasia?

Entonces, el más viejo y el más allegado de los que fueron a recibirlo, contesta:

—¿Atanasia? Ah, pues ya falleció.

Un tercer procedimiento que he tenido oportunidad de estudiar en carne propia, porque era el empleado por una sirvienta que tuve, consistía en recubrir la mala noticia en forma de una pregunta que tenía por respuesta fatal la mala noticia propiamente dicha. Por ejemplo, en vez de decirme: “señor, se está cayendo el techo”, me preguntaba:

—¿Por qué será que el techo se ve así como abombado, y con muchas como rajaditas así como una telaraña?.

O bien:

—¿Por qué será que el canario no se mueve? Mírelo, tiene ya tres días que está nomás acostado en su jaula y ni canta ni nada (23-iii-73.)

Jorge Ibargüengoitia. INSTRUCCIONES PARA VIVIR EN MÉXICO. Joaquín Mortiz, México 1990.

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