Juan García Ponce

No es difícil percibir que, cuando el pintor tiene como único punto de apoyo la realidad que la obra misma es capaz de crear sobre el espacio en blanco donde se realiza la creación, busca o gira siempre alrededor de un cierto número de formas determinadas que le dictan su propio temperamento de artista, su personal concepción del espacio en el que realiza la obra. Entonces, al cabo del tiempo, ese elemento que también configura la obra y determina su capacidad de reconocimiento en tanto expresión de un determinado temperamento, esas formas se convierten en una especie de distintivo, de llamado de atención, que de inmediato nos llevan hacia el creador. Esto ha ocurrido de manera muy clara, en tanto diseminadas en la continua variedad de su voluntad de experimentación, el artista, cuyo carácter obsesivo es mucho más fuerte e intenso de lo que podría pensarse a primera vista, en los cuadros y esculturas de Manuel Felguérez. Y por eso su actual exposición, en el Centro Cultural Adriano Olivetti, de obras de pequeño formato resulta particularmente reveladora en el sentido de que nos conduce de una manera encerrada en espacios buscadamente limitados hacia las fuentes de la creación.

En efecto, ha pasado mucho tiempo, al cabo de él las formas se repiten, buscan su incorporación a la obra, se le imponen al artista, pero, también, se ven enriquecidas con nuevos elementos que exigen tratamientos de acuerdo con su particular calidad. Manuel Felguérez ha sido, en todo momento, desde el principio del principio, cuando su obra se buscaba a sí misma, hasta el tiempo sin tiempo para la obra en el que está obra esta marcada or el paso del tiempo, un artista con un personal sentido del espacio que en gran medida determinaba y determina su caminoa hacia la expresión. La obra, cada obra, cada cuadro, cada escultura, es una totalidad. Su espacio es unitario, le pertenece por entero a ella. Pero dentro de ese espacio, sin dejar de alcanzar esa indispensable unidad. Manuel Felguérez ha inscrito siempre una variedad de espacios que, a veces, parecen flotar dentro de él estableciendo espacios dentro dele spacio y a su vez regresa inevitablemente a ese cierto número de formas continuamente enriquecidas por los aspectos de las diferentes realidades que hieren la sensibilidad del artista y que unas veces se unen a esos espacios dentro del espacio y otras parecen flotar a una cierta distancia de él como si quisieran subrayar una independencia, que no necesitan subrayar puesto que salta a la vista, pero que si subraya la legítima manera en que han adquirido esa suerte de movilidad dentro del conjunto que constituye cada obra.

Sin duda todas la obras, cualquier obra, de todos los artistas , cualquier artista, que con el paso del tiempo ha establecido e impuesto un estilo que lo determina, pueden examinarse de esta manera, tratando de separar sus distintos elementos. Sin duda esa manera no es más que una de las muchas maneras de acercarnos a una obra. Del mismo modo, en la obra de Manuel Felguérez, como en la de todo artista que ha impuesto ya su propio estilo, podríamos hablar de su uso del color, del valor de sus diferentes texturas, del modo en el que el pincel o la espátula determinan el impacto con que el creador desea que los colores lleguen hasta nosotros, ya sea como diversidad de pequeñas gamas o como grandes espacios en los que la forma se diluye para crear el espacio en el que se inscriben otras formas. También es posible detenerse en el impacto que cada una de esas pequeñas formas, desde los círculos más o menos deformados o más o menos directos que aparecen desde siempre en todas o en casi todas la obras de Manuel Felguérez, figuras esencialmente geométricas, cuyo valor busca ser esencialmente geométrico, hasta la suerte de ubres que aparecen en varias de la obras recientes. Todas esas formas conservan su valor inmediato de referencia y al mismo tiempo están despojadas de él dentro de la gran suma que es cada cuadro, cada relieve, cada escultura; pero mediante ese recurso Manuel Felguérez consigue darle a su obra un raro y muy particular4 efecto: el de una extrema espiritualidad a la que la obra, en su conjunto, no renuncia en ningún momento, y la de una extrema materialidad que no sólo poseen con un carácter casi hiriente cada una de las formas haciendo más arriesgada la tarea del artista y más sincera la fidelidad a los aspectos exteriores a cada obra de la realidad que las incita, sino que se incorporan a la totalidad de un modo sorpresivo: su misma materialidad subraya la espiritualidad que es cada obra, pero esa espiritualidad está lograda como si el artista se empeñara en hacernos sentir que ella también es parte de la sensualidad inherente al carácter material de la obra y que se hace manifiesta en cada uno de los colores, en cada una de las formas, en esa contradictoria totalidad que es el conjunto dentro del que se expresa la naturaleza creadora de la mirada que determina como artista a Manuel Felguérez y que esta exposición de cuadros de pequeño formato, con su maravillosa variedad dentro de la uniformidad, nos obliga, nos lleva como tomados de la mano por la seguridad que brinda toda obra realizada e inmóvil ya en el tiempo, a aceptar que colocándose fuera del tiempo es como el gran arte está en el tiempo, todo lo hiere, todo lo alimenta, todo se incorpora a él, pero esta es una tarea que sólo consiguen realizar los verdaderos artistas y esto es lo que era, aun antes de que tuviera tiempo de demostrar con sus obras que los era, Manuel Felguérez.

Juan García Ponce. IMÁGENES Y VISIONES, editorial Vuelta 1991.

 

 

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