Por Juan Gelman

 

Hablar de mi poesía

Sería un autolvido apropiador, como decía Kierkegaard. Opinaba que es ridículo que un autor fije los patrones para que su propia obra sea juzgada. Sin embargo, escribió no pocas páginas para explicar su obra (Punto de vista sobre mi trabajo como autor). Son páginas que terminó afirmando: “Callar o hablar: ambas cosas son equivocadas”.

 

Sé que voy a escribir cuando

Algo me preocupa demasiado, no sé que es, escucho un ruido en la oreja y me pongo de mal humor. La comida sabe a distraída y el trago no me interesa. El cuerpo espera otra cosa de mí. Es noche, miro la máquina de escribir, la rondo pero no me atrevo todavía. La noche es propicia para los poetas y los ladrones. Muchas de las cenizas que agrisan el alba se deben al poeta: quiso robar el fuego de las palabras. La poesía es palabra calcinada. ¿Qué espera el cuerpo tendido como una cuerda para dividir el día en dos? ¿El día de todos los días y el otro, el día de la noche?

 

Cuando escribo

Algo escucho en el acto de escribir. Silencios de la imaginación, tal vez, por donde pasan las relaciones disparatadas. El silencio de la imaginación no es el silencio de la palabra. Entre los dos se abre una terra ignota que es un vacío muy particular. Ese vacío no es la nada, está vivo y lleno de rostros que persigo y que nunca veré del todo. Ocurre un vértigo circular. ¿Busco alguna respuesta? ¿Hay respuestas? ¿No es vana la insistencia? ¿Y por qué corredor transita la obsesión hasta dar en la palabra?

¿Qué impuesto pagan obsesión y palabra a la imaginación? ¿Su silencio marca nuestro cuerpo? ¿Es la huella de nuestro límite? ¿Cómo esa impronta en el alma de que habla Plotino y que nada ha producido? ¿Cómo una sombra sin cuerpo? ¿La poesía nace de la huella del límite para borrarlo de la faz de la tierra? El poeta desorganiza el caos con loca exactitud.

 

La poesía y la muerte

La poesía mira a la muerte a los ojos.

 

Poesía y política

Los portavoces de la poesía llamada pura, ésa que planearía sobre las miserias de nuestra humanidad, en realidad pretenden amputar la expresión poética y, por ende, la expresión del ser humano. Exactamente como aquellos que no hace mucho pretendían o aún pretenden lo contrario, una poesía exclusivamente política o social, vinculada, dicen, a las luchas de los pueblos. Ésos pretenden además amputar la expresión de los pueblos, mucho más rica de misterio y aventura que los imaginados por cualquier funcionario.

 

La poesía y la muerte

La narrativa es una forma de retrasar la muerte. La poesía es más libre: parte de la conciencia de la muerte y va hacia atrás, y hacia delante a pesar de ella. Convive con la muerte sin rechazo, le dice que está bien, que sea, que exista —la muerte existe y es un oxímoron—, pero permite la vida llena de su silencio final, ése que da palabra. La conciencia de la muerte nos hace humanos y deshumanos. La poesía canta la belleza que ella permite.

 

LINEAS DE FUGA, UN LIBRO POSIBLE, 10 años Líneas de fuga, revista de la Casa Refugio Citlaltépetl, Ciudad de México 1999-2009.

 

 

 

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