Por Hugo Álvarez Ravelo

¿Cuál es el peor enemigo de la creatividad?

La respuesta que dan muchos estudiosos del tema es, en primera instancia, nosotros mismos y después todos los que usan la frase“Eso no se puede”.No pretendo (ni aspiro) a sonar como libro de autoayuda, pero también podríamos afirmar que es esa vocecita interior que nos dice cosas como: estás loco, quién va a querer eso, no lo vas a lograr y otras cosas por el estilo. Somos nosotros mismos quienes nos saboteamos y muchas veces nos ponemos límites sumamente estrechos, todo con tal de no abandonar la llamada zona de confort. La mayoría de las veces es más sencillo resolver los problemas por los caminos ya recorridos, que intentar encontrar nuevos senderos.

Se entiende —desde luego— que para resolver ciertos problemas contamos con algunas soluciones ya probadas. Es más práctico echar mano de ellas y tratar de salir lo antes posible adelante, que el intentar algo nuevo cada vez que enfrentamos un problema, pues para esto precisamente nos sirve la experiencia.

Pero qué pasa cuando el problema que se nos presenta requiere de algo más que esas soluciones ya conocidas. Es entonces que se hace necesario buscar y encontrar otros caminos; pero es ahí precisamente cuando nos atoramos, cuando muchas veces nosotros mismos nos negamos de antemano la posibilidad de explorar las nuevas soluciones que la imaginación nos brinda.

La primera aduana que debemos salvar es la propia, luego la de todos aquellos a quienes se tenga que plantear o presentar la probable solución. Entre más innovadora sea nuestra propuesta, mayor oposición encontraremos y deberemos vencer; por otro lado, al salir de la zona de confort, el riesgo a equivocarnos se hará más grande y casi siempre eso provocará miedo a hacer el ridículo, sobre todo en los ambientes laborales, que son el tipo de lugares donde nadie quiere verse expuesto al ridículo por sus propuestas y por lo mismo es ahí donde encontraremos a quienes les resulta más fácil y cómodo criticar que sugerir. Es en este punto precisamente donde podemos hacer del enemigo un aliado y hacer de la limitante una virtud, ya que podemos aprovechar todos los cuestionamientos para fortalecer la idea básica. Si asumimos con flexibilidad la crítica, podremos hacer los ajustes necesarios para salvar casi cualquier oposición a una solución innovadora.

 

No estoy proponiendo que la primera ocurrencia chispeante que tengamos salgamos a hacerla pública. No. La propuesta consiste en que antes que nada, nos demos la oportunidad de explorar múltiples posibilidades antes de darles muerte con la autocensura. Dejarlas fluir de manera libre y en privado, hacer un análisis objetivo y sin prejuicios y una vez que nosotros mismos tengamos resueltas las respuestas a las cuestiones más elementales y evidentes, entonces podremos exponer la idea de manera pública. Lo más recomendable es que esto lo hagamos primero uno a uno y luego a un grupo.

En todo esto es importante considerar que, generalmente, las personas más negativas se muestran más agresivas en grupo, rara vez su enfrentamiento lo realizan de manera frontal y, por supuesto, no hacen una crítica objetiva a las propuestas. Este tipo de personas tienden a descalificar y ridiculizar las propuestas creativas, porque creen que esa es la manera más fácil de invalidarlas. Otra circunstancia a la que probablemente nos tendremos que enfrentar con esta especie de trolls de la creatividad es cuando les escuchemos sentenciar “eso ya lo he visto en otro lado, no sé en donde, pero yo ya lo había visto y no es nada innovador”. Viniendo de ellos, es casi seguro que estamos muy cerca de atinar o ya hemos dado en el blanco.