Por Hache Erre

Sin lugar a dudas, los mexicanos tenemos un carácter bastante gregario… a veces por convicción y otras por la fuerza. Cuando la selección de futbol obtiene algún triunfo, la gente asiste voluntariamente a celebrar al Ángel de la Independencia, lo mismo sucede en la verbena popular del 15 de septiembre en el Zócalo; nuestras alegrías son tan escasas que cualquier pretexto es bueno para salir a echar desmadre, para gritar, para empujarse y para sorrajarle un cascaron de huevo lleno de harina a algún contertulio. Ese gregario espíritu no es tan espontáneo en el Metro o el Metrobús a las horas pico. Ahí la lucha por el espacio vital es feroz, cada milímetro cuenta. Lo curioso es que muchos de los pasajeros que ahí se aglomeran creen que las enormes mochilas que cargan en las espaldas no cuentan en lo que a espacio se refiere ¿qué llevan ahí? quién sabe. Lo cierto es que son verdaderamente voluminosas.

Pero hay otros ejemplos  de esta cuestión gregaria a la mexicana. Uno de ellos se da en los supermercados. Siempre me he preguntado ¿qué es lo que lleva “a la gran familia mexicana” a considerar que hacer las compras en el súper es una buena razón para reunir al clan? Generalmente es el de menor edad (y por lo tanto el menos hábil para maniobrar) el que se encarga de empujar el carrito; caminan detrás de él, el papá, la mamá, los hermanitos, alguno que otro primo y, por supuesto, los abuelitos. Todos, sin excepción, van bobeando y haciendo sugerencias acerca de sus productos y marcas predilectas. También TODOS opinan respecto a lo que hace falta en la despensa, atendiendo a sus necesidades personales y suspirando por lo que les gustaría llevar en el carrito. Si el jefe de la familia lleva dinero en la cartera es todo un patriarca, camina con aire seguro, con displicencia; su actitud generosa y dispuesto a cumplir los caprichos de la prole. Si por el contrario es fin de quincena, su andar es más bien tímido, acomplejado y si alguien hace una sugerencia fuera del limitado presupuesto, argumenta que “mejor” lo comprarán la próxima vez o simplemente fulmina con la mirada al imprudente.

Las familias en los súpers son una especie de zombies aletargados que  hacen mucho más lento el tránsito y las compras… pero si de estorbos gregarios hablamos, creo que el premio se lo llevan los que deciden ir con toda la parentela a comprar el pan. Las panaderías son de por si espacios estrechos y el uso de las charolas hace las maniobras bastante complicadas, no se diga a la hora en la que salen de los hornos los crujientes bolillos. Así como hay horas pico en los transportes, también las hay en las panaderías; las charolas hay que manejarlas como espachín con la destreza corporal de un Nurejev: para arriba, para abajo, de un lado para otro procurando no golpear a los demás y sin tirar al piso las preciadas piezas de pan. Pero a todos estos esfuerzos hay que agregar el hecho de que muchas familias acostumbran ir en bola a comprar sus bizcochos. Entran en “fila india” y a veces cada uno con pinzas en la mano abriéndolas y cerrándolas como si se tratara de metálicos caimánes dispuestos a devorar conchas y polvorones. Ese abrir y cerrar de pinzas es un gesto que parece reflejar el pensamiento del indeciso cliente y no se dan cuenta que el ruido que producen les estorba para clarificar la mente y decidir si desean cenar una dona o un panqué. Cada miembro de la familia se encarga de señalar con absoluta precisión y rigor cuál es la pieza de pan que se tiene que incluir en la charola; sus criterios incluyen el tamaño, lo apetitoso de su apariencia y en algunos casos la consistencia, pues con todo descaro estrujan varias piezas de pan hasta encontrar la que cumple plenamente con sus deseos.

Y qué se la a hacer si así somos los mexicanos… raros, pero extraños