El optimismo

El optimismo

Las causas del optimismo son variables. Leibniz pretendió demostrar que el nuestro, no obstante sus calamidades y sus notorios defectos, era sin embargo el mejor de los mundos posibles. Lejos de habitar un planeta casual, quizá el producto de un Dios cansado y distraído, vivimos en la corona de la creación. Cualquier alternativa hubiese sido peor. Reconocer este hecho debía fomentar la felicidad o, cuando menos, eliminar una especie de resentimiento teológico. Una doctrina que repudia el patetismo cósmico y ensalza la racionalidad del mundo; nos invita al estudio, a la comprensión, a la mirada serena y a la pasividad. Optimismo estático y armonioso, que se deleita en la perfección de la mecánica celeste y basa su alegría en la seguridad de que mañana, al igual que hoy, el sol seguirá alumbrándonos. Optimismo metafísico que satisfacía al religioso, al hombre de razón y al rentista. Sin olvidar a los humoristas, quienes a lo largo del siglo dieciocho se divirtieron enormemente con esa teoría.

El optimismo más usual, sin embargo, es dinámico, ligado a la doble posibilidad de cambio y mejoramiento; es decir, el optimismo del progreso. El cual se desgaja en diversas modalidades. Por una parte, el optimismo científico, la convicción de que no hay, en principio, secretos insondables: el misterio es una forma de nuestra ignorancia y, por consiguiente, es transitorio. Las perplejidades de hoy son las obviedades del mañana. La tecnología, por otra parte, alentó  la esperanza de que serviría para resolver las lacras tradicionales de la humanidad, el hambre y la pobreza. Generó un optimismo apolítico, como si se hubiese descubierto una herramienta mágica que eliminaría los conflictos sociales sin necesidad de mezclarse en ellos. Una visión propia de ingenieros e inventores decimonónicos que soñaban con locomotoras atravesando las selvas africanas y con médicos sonrientes dedicados a vacunar millares y millares de niños asiáticos. Descubrieron, con gozo, que para ser progresistas era suficiente creer en la luz eléctrica y en Pasteur. El colonialismo, aceptado por las buenas ánimas como un mal útil, podía disfrazarse de misión redentora. El dilema no era entre explotados y explotadores, sino entre educación e ignorancia, entre técnica y artesanía primitiva, entre civilización y barbarie.

La burguesía, no hace falta decirlo, fue la autora de esta comedia pedagógica en la que también hallamos el famoso monólogo sobre las excelencias y virtudes curativas del voto, la quintaesencia de la democracia. “Quien vota, reina”, sentenciaba Víctor Hugo. La urna electoral y el motor de explosión garantizaban el bienestar del género humano. En los personajes mejores esta unión suscitó un optimismo enérgico, laico, severo, un poco escolar, asociado a figuras venerables y apostólicas, a escarapelas y discursos. Para los otros, la acumulación lenta de la riqueza, la conquista de nuevos mercados, la satisfacción de la lucha victoriosa, la seguridad de su fuerza eran factores más que suficientes para crear un estado de complacencia intensa con la marcha del universo. Todo coincidía: técnica, democracia, educación y expansión económica, oradores e industriales, profesores y banqueros.

El socialismo del siglo diecinueve, en la medida en que preveía un futuro radicalmente distinto, también era optimista. El enlace con el porvenir se llevaba a cabo mediante un análisis de la sociedad capitalista que incluia a la vez una cierta tradición filosófica y un conjunto de ideas y procedimientos científicos. Los resultados no se presentaban únicamente —y ésta es la gran diferencia— como los sueños del hombre justo, sino como la realidad objetiva descubierta por el investigador. La ciencia sostenía y estimulaba la praxis. La certeza de que el capitalismo creaba y agudizaba las contradicciones de su propio sistema era una formidable fuente de confianza. Si a esto se agrega una concepción de la historia fuertemente influida por el evolucionismo darwinista, se entiende que el precio teórico del optimismo socialista fuera una cierta dosis de determinismo científico. El precio político, en cambio, fue una teoría desarrollista de la lucha social y, en sus extremos, una actitud bonachona y confiada. El reformismo representa el caso límite del optimismo socialista. Para explicar ese estado de ánimo habría que mencionar otros dos elementos. Por un lado, la creciente solidaridad internacional del proletariado, el cual entonces empezaba a experimentar la conciencia de clase como algo superior a las particularidades nacionales; por otro, una idea simplista respecto a las dificultades inherentes a la organización del Estado socialista, el cual se visualizaba como el triunfo de la verdadera ética y de la verdadera democracia. Se creía en el valor ejemplar que tendría el primer estado socialista, heredero —así se suponía— de las buenas costumbres tradicionales.

La pregunta que ahora quiero plantear es la siguiente: ¿en qué funda su optimismo el hombre de izquierda contemporáneo? Es posible que aún acepte las líneas generales de la crítica clásica a la sociedad burguesa, pero dudo que crea en predicciones precisas que anuncian el derrumbe del capitalismo; lo cual significa —quiérase o no— el abandono de muchas ilusiones cientificistas.  La convicción de que el tiempo trabaja inexorablemente a su favor es mucho más endeble que en el siglo pasado. Frente al crecimiento económico y frente a la capacidad manipuladora del capitalismo, pierden realidad las metáforas que sugieren su muerte como una consecuencia necesaria de su expansión. Se van las imágenes, pero con ellas se marchan también las tranquilidades científicas. Si esto es así en aquellos países que constituían el paradigma del antiguo modelo, ¿qué habremos de decir en relación con las nuevas situaciones de lucha, tan alejadas la mayoría de las veces de los ejemplos canónicos?

El internacionalismo, por su parte, entró en crisis en la guerra del catorce y desde la Revolución de Octubre predomina, quizá con un inevitable realismo, el matiz nacionalista. De todos modos, el sueño de una sola clase que actuara al unísono, que se sintiera afectada y reaccionara por lo que sucede, digamos, en otro continente, ese sueño se ha desvanecido o se  ha transformado en manifestaciones, en colectas, en desfiles, en desplegados nobles e ineficaces. Pero no se ha convertido en una estrategia común. En cuanto a las correlaciones automáticas entre socialismo y democracia o entre ética y socialismo, nadie se atrevería hoy a afirmarlas. Eran, sin duda, unas ingenuidades, aunque hubo que pasar por la pesadilla stalinista para darnos cuenta cabal. Las purgas fueron nuestro terremoto de Lisboa.

Pienso, por tanto, que el optimismo del socialista actual se asienta, más que en una pachorra científica, en una moral indignada, en el testimonio diario de la injusticia, en la crítica del presente. Su única conexión con el futuro, con el cambio, es su voluntad de combate. No es casual que las grandes figuras de la izquierda contemporánea, lejos de ser teóricos de gabinete, hayan sido fundamentalmente creadores de tácticas y estrategias concretas, expertos en situaciones específicas. Prevalece el momento político. Quizá esto es lo que quiso decir Gramsci cuando escribió: “La inteligencia es pesimista, el optimismo comienza en la voluntad”.

ALEJANDRO ROSSI. El manual del distraído. Editorial Anagrama, Barcelona, 1980.

E. M. Cioran/ Aforismos

E. M. Cioran/ Aforismos

Hay un conocimiento que le quita peso y alcance a todo lo que hace: para él todo, fuera de él mismo, carece de fundamento. Puro hasta aborrecer incluso la idea del objeto, expresa aquel saber extremo según el cual da igual cometer o no cometer un acto, a la vez que implica una satisfacción también extrema: la de poder repetir, en cada encuentro, que nada de cuanto se haga merece la pena, que nada está realzado por rastro alguno de sustancia, que la ‹‹realidad›› se inscribe en el campo de la insensatez. Tal conocimiento merecería ser llamado póstumo, ya que se presenta como si el que conoce estuviera vivo y no vivo, ser y reminiscencia de ser. ‹‹Es cosa pasada››, dice de todo lo que realiza, en el instante mismo del acto, el cual, de esa manera, queda para siempre desprovisto de presente.

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No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento.

Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: ‹‹Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo…›› Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.

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¿Con qué derecho os ponéis a rezar por mí? No t6engo necesidad de intercesores, me las arreglaré solo. De un miserable, tal vez lo aceptaría: de nadie más, aunque se tratara de un santo. No tolero que se preocupen por mi salvación. Si le temo y le huyo, qué indiscretas resultan entonces vuestras plegarias. Dirigidlas a otra parte, de todas formas no estamos al servicio de los mismos dioses. Si los míos son impotentes, no hay razón para creer que los vuestros lo sean menos. Y aun suponiendo que sean tal y como los imagináis, todavía les faltaría el poder de curarme de un horro más viejo que mi memoria.

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Por lo general, los hombres esperan la decepción: saben que no deben impacientarse, que llegará tarde o temprano, que les concederá los plazos necesarios para que puedan entregarse a sus actividades momentáneas. Con el desengañado sucede de otra manera: para él la decepción sobrevino en el momento mismo de la acción; no necesita acecharla porque está presente. Al liberarse de la sucesión, ha devorado lo posible y convertido el futuro en superfluo. ‹‹Yo no puedo encontraros en vuestro futuro, dice a los otros. No tenemos un solo instante que nos sea común.›› Y es que para él, el porvenir está ya ahí.

Cuando se percibe el fin de los comienzos, se va más aprisa que el tiempo. La iluminación, decepción fulgurante, otorga una certeza que transforma al desengañado en liberado.

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Me desligo de las apariencias y, no obstante, me enredo en ellas; mejor dicho: estoy a medio camino entre esas apariencias y eso que las invalida, eso que no tiene ni nombre ni contenido, eso que no es nada y que es todo. Nunca daré el paso decisivo fuera de ellas. Mi naturaleza me obliga a flotar, a eternizarme en el equívoco, y si tratara de decidirme, sea en un sentido o en otro, perecería por salvarme.

˚ ˚ ˚

Mi capacidad de decepción sobrepasa el entendimiento. Ella es quien me hace comprender a Buda, pero también es ella quien me impide seguirlo.

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Desde la infancia percibía ya el deslizarse de las horas, libres de toda referencia, de todo acto y de todo acontecimiento, la disjunción del tiempo de lo que no era tiempo, su existencia autónoma, su estatuto particular, su imperio, su tiranía. Recuerdo con perfecta claridad aquella tarde en que, por vez primera, frente al universo vacante, yo era sólo una fuga de instantes rebeldes que se negaban a cumplir su función propia. El tiempo se desprendía del ser a mis expensas.

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Mientras actuamos tenemos una finalidad; una vez terminada, la acción no tiene más realidad para nosotros que el fin que hemos perseguido. Nada consistente había, pues, en todo eso, salvo el juego. Pero hay quienes tienen conciencia de ese juego durante la acción misma: viven la conclusión en las premisas, lo realizado en lo virtual, minan lo serio por el hecho mismo de que existen.

La visión de la no-realidad, de la carencia universal, es el resultado combinado de una sensación cotidiana y de un brusco temblor. Todo es juego: sin esta revelación fulminante, la sensación que uno arrastra a lo largo de los días no tendría ese sello de evidencia que necesitan las experiencias metafísicas para distinguirse de sus imitaciones: los malestares. Pues todo malestar no es sino una experiencia metafísica abortada.

˚ ˚ ˚

Sólo acostado se puede pensar en la eternidad. Durante un periodo considerable ésta fue la preocupación principal de los orientales: ¿y acaso no preferían la posición horizontal?

En cuanto uno se recuesta, el tiempo deja de fluir y de tener importancia. La historia es el producto de una raza en pie.

En tanto que animal vertical, el hombre debería de acostumbrarse a mirar de frente, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. ¡A qué lamentable origen se remonta el Porvenir!

˚ ˚ ˚

Cualquier misántropo, por muy sincero que sea, recuerda en ocasiones a ese viejo poeta clavado en su lecho y completamente olvidado que, furioso contra sus contemporáneos, había decretado que no deseaba ya recibir a ninguno. Su mujer, por caridad, iba de vez en cuando a llamar a la puerta…

 

E. M. CIORAN Del inconveniente de haber nacido. Taurus Ediciones, Segunda edición, 1985.

Rosario Castellanos / Poemas

Rosario Castellanos / Poemas

ENTREVISTA DE PRENSA

Pregunta el reportero, con la sagacidad

que le da la destreza de su oficio:

—¿Por qué y para qué escribe?

 

—Pero, señor, es obvio. Porque alguien

(cuando yo era pequeña)

dijo que gente como yo, no existe.

Porque su cuerpo no proyecta sombra,

porque no arroja peso en la balanza,

porque su nombre es de los que se olvidan.

Y entonces… Pero no, no es tan sencillo.

 

Escribo porque yo, un día, adolescente,

me incliné ante un espejo y no había nadie.

¿Se da cuenta? El vacío. Y junto a mí los otros

chorreaban importancia.

 

No, no era envidia. Era algo más grave. Era otra cosa.

¿Comprende usted? Las únicas pasiones

lícitas a esa edad son metafísicas.

No me malinterprete.

 

Y luego, ya madura, descubrí

que la palabra tiene una virtud:

Si es exacta es letal

como lo es un guante envenenado.

 

¿Quiere pasar a mi mausoleo?

¿Le gusta este cadáver? Pero si es nada más

una amistad inocua.

Y ésta una simpatía que no cuajó y aquél

no es más que un feto. Un feto.

 

No me pregunte más. ¿Su clasificación?

En la tarjeta dice amor, felicidad,

lo que sea. No importa.

Nunca fue viable. Un feto en su frasco de alcohol.

Es decir, un poema

del libro del que usted hará un elogio.

 

 

MONÓLOGO DE LA EXTRANJERA

Vine de lejos. Olvidé mi patria.

Ya no entiendo el idioma

que allá usan de moneda o de herramienta.

Alcancé la mudez mineral de la estatua.

Pues la pereza y el desprecio y algo

que no sé discernir me han defendido

de este lenguaje, de este terciopelo

Pesado, reclamado de joyas, con que el pueblo

donde vivo, recubre sus harapos.

 

Esta tierra, lo mismo que la otra de mi infancia,

tiene aún en su rostro,

marcada a fuego y a injusticia y a crimen,

su cicatriz de esclava.

Ay, de niña dormía bajo el arrullo ronco

de una paloma negra: una raza vencida.

Me escondía entre las sábanas

porque un gran animal

acechaba en la sombra, hambriento, y sin embargo

con la paciencia dura de la piedra.

Junto a él ¿qué es el mar o la desgracia

o el rayo del amor

o la alegría que nos aniquila?

 

Quiero decir, entonces,

que me fue necesario crecer pronto

(antes que el terror me devorase)

y partir y poner la mano firme

sobre el timón y gobernar la vida.

 

Demasiado temprano

escupí en los lugares

que la plebe consagra para la reverencia.

Y entre la multitud yo era como el perro

que ofende con su sarna y su fornicación

y su ladrido inoportuno, en medio

del rito y la importante ceremonia.

 

Y bien. La juventud,

aunque grave, no fue mortal del todo.

Convalecí. Sané. Con pulso hábil

aprendí a sopesar el éxito, el prestigio,

el honor, la riqueza.

Tuve lo que el mediocre envidia, lo que los

triunfadores disputan y uno solo arrebata.

Lo tuve y fue como comer espuma,

como pasar la mano sobre el lomo del viento.

 

El orgullo supremo es la suprema

renunciación. No quise

ser el astro difunto

que absorbe luz prestada para vivificarse.

Sin nombre, sin recuerdos,

con una desnudez espectral, giro

en una breve órbita doméstica.

 

Pero aun así fermento

en la imaginación espesa de los otros.

Mi presencia ha traído

hasta esta soñolienta ciudad de tierra adentro

un aliento salino de aventura.

 

Mirándome, los hombres recuerdan que el destino

es el gran huracán que parte ramas

y abate firmes árboles

y establece en su imperio

—sobre la mezquindad de lo humano— la ley

despiadada del cosmos.

 

Me olfatean desde lejos las mujeres y sueñan

lo que las bestias de labor, si huelen

la ráfaga brutal de la tormenta.

Cumplo también, delante del anciano,

un oficio pasivo:

el de suscitadora de leyendas.

 

Y cuando, a medianoche,

abro de par en par las ventanas, es para

que el desvelado, el que medita a muerte,

y el que padece el lecho de sus remordimientos

y hasta el adolescente

(bajo de cuya sien arde la almohada)

interroguen lo oscuro de mi persona.

 

Basta. He callado más de lo que he dicho.

Tostó mi mano el sol de las alturas

y en el dedo que dicen aquí “del corazón”

tengo un anillo de oro con un sello grabado

 

El anillo que sirve

para identificar a los cadáveres.

 

 

MISTERIOS GOZOSOS

1

Ah, nunca, nunca más la conocida

ternura, la palabra pequeña, familiar

que cabía en mi boca.

 

Nunca ya mi cabeza

segada dulcemente por la mano más próxima.

 

Nunca la juventud como una casa

espaciosa, asoleada de niños y de pájaros.

Adiós para la tierra que en mi torno bailaba.

 

Voy a entrar en tu hora, soledad; en tu mano, destino.

 

 

2

Aquí tienes mi mano, la que se levantó

de la tierra, colmada como espiga en agosto.

Aquí están mis sentidos

de red afortunada,

mi corazón, lugar de las hogueras,

y mi cuerpo que siempre me acompaña.

 

He venido, feliz con los ríos,

cantando bajo un cielo de sauces y de álamos

hasta este mar de amor hermoso y grande.

 

Yo ya no espero, vivo.

 

 

3

Día del esplendor

y la abundancia.

La cosecha me pesa

sobre la falda.

 

Abrid puertas, amigos,

y ventanas

convidando las gentes

a mi casa.

 

Dad a todos el pan,

la posada.

No ahuyentéis las palomas

si bajan.

 

 

4

Con un gesto de tierra abro los brazos.

Con un gesto de tierra

cuyo regazo acuna a todas las criaturas.

El amor me levanta,

me sostienes, extasiada como en una gran luz,

cantando mi destino de raíz

y mi obediencia.

 

Yo no le busco el rostro a esa maternidad

que colma las medidas.

Vosotros no busquéis la muchedumbre de hijos.

Pero ved mis acciones

manando como la leche espesa y silenciosa.

 

 

5

Este lugar que soy, como arena con ríos,

hace tiempo conoce la visita del cielo.

Sobre mi rostro cruza la procesión de pájaros

y yo voy extasiada, persiguiéndolo,

sin sentir que las piedras me golpean, me rompen, me rechazan.

 

Camino sin medir fatiga ni distancia.

 

Ay, alcanzaré el mar y el cielo irá volando más allá.

 

 

6

A veces, tan ligera

como un pez en el agua,

me muevo entre las cosas

feliz y alucinada.

 

Feliz de ser quien soy,

sólo una gran mirada:

ojos de par en par

y manos despojadas.

 

Seno de Dios, asombro

lejos de las palabras.

 

Patria mía perdida,

recobrada.

 

 

7

Esta tierra que piso

es la sábana amante de mis muertos.

Aquí, aquí vivieron y como yo, decían:

mi corazón no es mi corazón,

es la casa del fuego.

Y lanzaban su sangre como un potro vehemente

a que mordiera el viento

y alrededor de un árbol danzaban y bebían

canciones como un vino poderoso y eterno.

 

Ahora estoy yo aquí. Que nadie me salude

como a un recién llegado. Si camino así, torpe,

es porque voy palpando y voy reconociendo.

No llevo entre las manos más que una breve brasa

y un día para arder.

 

¡Alegría! ¡Bailemos!

Quiero jurarlo aquí, amigos: otra vez

como la primavera

volveremos.

 

 

8

Yo, pájaro cogido

y garganta prestada,

vengo a dar obediencia,

Señor de mano abierta

y poderosa casa.

 

A cantar en los patios,

con las otras mujeres

destrenzadas,

himnos de gratitud

y coros de alabanza.

 

Desde el anochecer

hasta la madrugada.

Señor de mano abierta

y poderosa

casa.

 

 

9

Como Abel y Caín

para que lo guardase

me dieron don precioso

como de llamas y aire.

 

Las sendas de la tierra

las recorro temblando.

¡Ladrones de caminos,

no me vaciéis las manos!

 

Pues Dios reclamará

el tesoro confiado,

y yo ¿qué daría

más que un oscuro rostro avergonzado?

 

 

10

Alrededor de mí —lo estoy mirando

como en torno de un huérfano

un grupo de mujeres solícitas, piadosas—

mueve su lenta ronda protectora

la casa.

 

Madre que abre las puertas como abriera los brazos,

que ha levantado el techo igual que se levanta

a mano en bendición por sobre mi cabeza,

y que ofrece el arrimo de sus paredes sólidas

como quien da a un polluelo el hueco de sus alas.

 

Yo ya no puedo hablar. No tengo más palabras

que las que el amor urge y santifica

para mostrar aquí mi corazón

contento y sosegado,

en medio de la casa durmiendo, como aljibe colmado.

 

 

11

Me quedo en las palabras

igual que en un remanso, contemplando

cielos altos, profundos y tranquilos.

 

Por nada cambiaría

mi destino de sauce solitario

extasiado en la orilla.

 

Si alguna vez me voy me iré llevando

una mirada limpia

donde los otros beban el resplandor ausente.

 

 

12

El que buscó mi mano

para cortar racimos,

deje mi mano suelta

sin fruto y sin anillo.

 

El que llamó a mi cuerpo

para nacer, se calle.

No ponga en mi cintura

la guirnalda de madre.

 

Adiós, adiós los nombres,

las máscaras, la casa.

Yo no soy, yo no soy

más que un pequeño cauce amoroso del agua.

 

 

13

Señor, agua pequeña,

sorbo para tu sed

espera.

 

Señor, para el invierno,

alegre,

chisporroteante hoguera.

 

Señor, mi corazón,

la uva

que tu pie pisotea.

 

 

14

Sólo como de viaje, como en sueños.

 

Como quien ama un río,

como quien hace casa para el viento.

 

Sólo como quien deja un palomar abierto.

 

 

15

Toda la primavera

ha venido a mi casa

en una flor pequeña

sólo flor y fragancia.

 

Yo rondo ese perfume

como una enamorada,

voy y vengo buscando

loores, alabanzas.

 

Con el amor me crece

la ola de nostalgia.

¡Cómo serán los campos

en donde fue cortada!

 

 

16

Heme aquí en los umbrales de la ley.

El mundo que venía como un pájaro

se ha posado en mi hombro

y yo tiemblo lo mismo que una rama

bajo el peso del canto

y del vuelo un instante detenido.

 

 

17

Más hermosa que el mundo tu mirada

¡y el mundo es tan hermoso!

Preferible tu amor

a los frutos amables de la tierra,

a la embriaguez amante de los aires.

 

Tu presencia más grande que los mares.

 

Yo he buscado a los hombres

que llevan la justicia a sentarse en los pórticos

y vigilan el fiel de su balanza,

para cambiar las joyas y las túnicas

y los dones preciosos

por la menor de todas tus palabras.

 

 

18

El centro de la llama

mi centro.

Aquí arder, aquí hablar

lo verdadero.

 

Yo no me fui,

no he vuelto;

yo siempre estuve aquí

viviendo

 

sin ayer, sin mañana,

ni próximo, ni lejos,

ese minuto único

y eterno.

 

ROSARIO CASTELLANOS. Poesía no eres tú / Obra poética: 1948-1971. Letras Mexicanas, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, Segunda edición, 1975

Jorge Ismael Rodríguez y sus otros Jorges

Jorge Ismael Rodríguez y sus otros Jorges

Por Héctor Ramírez

Lo supe de repente:

hay otro.

Y desde entonces duermo sólo a medias

y ya casi no como.

 

No es posible vivir

con este rostro

que es el mío verdadero

y que aún no conozco.

REVELACIÓN, Rosario Castellanos

 

Si uno pudiera contemplarse con los ojos de los demás,

 desaparecería al instante.

E. M. Cioran

 

La más reciente exposición de Jorge Ismael Rodríguez (México, 1960) en la Galería Ana Tejeda, lleva por título Uno, ninguno y cien mil la cual consta de Siete paisajes escultóricos en obsidiana. La curaduría estuvo a cargo de Tania Ragasol, quien este año de 2024 realizó la curaduría del Pabellón de México en la 60ª Bienal de Venecia.

Jorge Ismael tomó el enigmático título para su exposición del libro del dramaturgo, novelista y Premio Nobel italiano Luigi Pirandello (1867-1936) a quien le gustaba definirse como “Hijo del Caos” ya que nació en la localidad de Càvusu, Sicilia la cual, según cuenta el propio escritor, debido a una deformación del dialecto que se hablaba ahí, a este sitio lo conocían en la región como Caos. Merecida y atinada la consideración porque la literatura de Pirandello, en muchos sentidos, genera un positivo caos de la conciencia, desde mi punto de vista.

Reconozco que no sabía de esta obra de Pirandello, pero el título me atrapó de inmediato obligándome, no sin bastante dificultad, a conseguir la novela para leerla y enterarme así de primeros ojos (lo cual es más apropiado en este caso que decir “de primera mano”) por qué razón el escultor decidió tomar el inescrutable título de la novela para su exhibición.

Se trata de un libro fascinante de principio a fin. El drama (porque no se le podría llamar de otra manera) de Vitangelo Moscarda, el protagonista de la novela, inicia con un acontecimiento banal: su esposa le hace notar que su nariz está torcida hacia la derecha, de lo cual él nunca se había dado cuenta. Ese incidente tan irrelevante desata una verdadera crisis existencial en Vitangelo que lo pone frente a dos importantes preguntas: ¿Quién soy yo para mí? ¿Y quién soy yo para los demás? Llegando a la conclusión de que él no es solo uno, sino tantos como son los que lo conocen, según la imagen que cada uno se crea de él.

Creí necesario hacer este brevísimo apunte de la novela porque en este texto me gustaría hacer un cruce entre tres ejes que considero fundamentales en la exposición Uno, ninguno y cien mil: la investigación del artista Jorge Ismael Rodríguez, Pirandello (en base al argumento de su novela), y la existencia de Otros Jorges.

 

La investigación del artista

La obra en obsidiana de Jorge Ismael Rodríguez es esencialmente espiritual. Su proceso inicia con la selección de la roca ígnea que va a tocar. Establece un diálogo con la materia para ver qué es lo que “le dice”, es por ello que él considera que su trabajo es una interface pues, desde hace ya mucho tiempo, piensa que sus piezas sólo están concluidas o cumplen un propósito cuando éstas establecen un diálogo con lo que el denomina Arte Simbiontes, que son las personas que interactúan, o se involucran con sus obras.

Y es en base a este principio que les propone a los espectadores que se busquen/encuentren en alguno de sus Siete paisajes escultóricos presentados en esta muestra en GAT. A ese uno, ninguno o cien mil que pueden aparecer (o no) en el reflejo del espejo de obsidiana los reta a que se reconozcan, a que no se resignen con lo que ellos creen que son o consideren que es su apariencia real en este mundo.

Resulta muy interesante la evolución en las piezas de nuestro escultor, ya que desde hace un par de años encontró en el movimiento de las mismas una veta que las llevó a una dimensión distinta, y en este punto no hay que perder de vista que la obsidiana es bella… pero frágil. Asumiendo los retos, rompió con la inmovilidad de la roca para llevarla al terreno de la cinética, haciendo girar las piezas sobre su propio eje, lo cual empezó a darle un sentido peculiar a su obra, pues los Arte Simbiontes ahora no solo podían encontrarse inmersos en el mundo de los reflejos, sino que tienen la posibilidad de interactuar físicamente con los objetos de arte.

Esa curiosidad permanente que tiene Rodríguez lo llevó a que en ZONA MACO, la Feria de Arte más importante de Latinoamérica y con gran reconocimiento en otras latitudes, en su edición 2024, presentara —también de la mano de Galería Ana Tejeda— una exitosa pieza de obsidiana de importante y atractivo volumen sobre la cual pendía y oscilaba un maravilloso péndulo. Esta aportación que hizo el artista a su propio trabajo al colocar un dispositivo mecánico de menor volumen de masa, sobre otro de mayor tamaño —los dos de obsidiana— ha sido un gran acierto desde todo ángulo; no solo por la dinámica casi hipnótica en la que sumerge a los espectadores que, otra vez, tienen la posibilidad de interactuar con la obra, sino en lo que ya mencioné de la espiritualidad en su trabajo; en ese sentido, dicen los que saben de estos temas, que el péndulo es una herramienta que facilita el acceso a la intuición y al sexto sentido para obtener respuesta a preguntas; actúa como una especie de transmisor/receptor para la comunicación con entidades espirituales.

Jorge Ismael continuamente está invitando al juego a los Arte Simbiontes. En los Siete paisajes escultóricos de obsidiana de la exposición Uno, ninguno y cien mil lo hace de muy diversas maneras:

Aquí presenta una pieza similar a la de ZONAMACO, pero esta vez con una espectacular obsidiana de color rojo, lo cual le da un carácter muy distinto ya esto no es algo que se vea todos los días; mantiene la presencia magnética y el brillo característicos de la obsidiana, pero las venas negras que visten la piedra hacen de ella algo verdaderamente singular. El péndulo que flota sobre la gran escultura también es de obsidiana roja, en total armonía.

Otro de los paisajes escultóricos, está conformado por varias piezas que hacen un jardín con Objetos Giratorios Trascendentales por el cual es posible transitar. Además del recorrido, el espectador puede hacerlas girar por lo que esto convierte ese paseo en una experiencia única, pues por momentos es como si nos encontráramos formando parte o en medio de un cristalino y negro ballet.

En otro de los salones de la galería descubrimos más Objetos Giratorios, pero de naturaleza muy distinta. Algunos de ellos presentan colores tornasolados que por momentos resultan desconcertantes, pues sabemos que se trata de obsidiana, pero esta vez de un atractivo y brillante color que quizá podría definirse como “gris”. En otras de las piezas, el artista decidió dejarlas sin labrar, lo cual les da un aspecto tosco, rudo, el cual se aligera cuando giran sobre su propio eje. Parece increíble que algo tan pesado tenga esa capacidad de actividad.

El agua es un elemento que no podía faltar en estos paisajes que nos presenta Jorge Ismael. Una de las piezas emerge del líquido como si se tratara de la concha que envuelve a la Venus de Botticelli. En otro espejo de agua podemos encontrar una atractiva espiral golpeada por hendiduras circulares y coronada por una puntiaguda cúspide. La constante son siempre esos espejos en los que el artista nos invita a buscarnos; pueden ser acuosos o sólidos como esos en los que la misma obsidiana se repite interminablemente. También hay esculturas que tienen un regazo en el que se acuna una pequeña esfera donde podemos ver nuestra imagen una o cien mil veces.

Según la filosofía neoplatónica la esfera significa lo infinito y en otras corrientes de pensamiento simboliza el conocimiento. Por supuesto que este elemento no podría faltar en los Siete paisajes escultóricos de Jorge Ismael Rodríguez. Está presente en una enorme esfera de obsidiana cuya perfección es impresionante y solo está interrumpida por otra pequeña esfera que se incrusta en la de gran volumen, como si estuviera naciendo o emergiendo de ella. Sobre esta imponente esfera de obsidiana encontramos un péndulo que es esférico, lo que nos hace pensar en un satélite que levita sobre un planeta negro, muy negro. La invitación nuevamente es a encontrarnos en los reflejos y a hacer girar, mover o activar el mecanismo del artefacto para así participar de la magia.

 

Pirandello

Hace mucho tiempo que no me encontraba con un libro que me invitara a subrayar tantas frases y párrafos como sucedió con la novela Uno, ninguno y cien mil. Su genialidad está en cada página y las obsesiones del protagonista me resultaron de gran ayuda para entender el por qué Jorge Ismael decidió que el título serviría para hacer una invitación/ propuesta a los Arte Simbiontes que visitaran su exposición y sugerirles que encontraran en sus Siete paisajes escultóricos a su propio uno, a su ninguno o a sus cien mil representaciones.

Transcribo aquí un fragmento del Libro Primero, capítulo VIII de la novela, pues creo que podría explicar de muchas maneras la intención del convite que nos propone Rodríguez para adentrarnos (y descubrirnos) en alguno o en los Siete paisajes escultóricos de su muestra:

Reflexiones:

  1. que yo no era para los demás lo que hasta ahora había creído ser para mí;
  2. que no podía verme vivir;
  3. que no pudiendo verme vivir, era un extraño para mí mismo, o sea, uno que los demás podían ver y conocer, cada uno a su manera; y yo no;
  4. que era imposible ponerme delante de ese extraño para verlo y conocerlo; yo podía verme, pero no verlo;
  5. que mi cuerpo, considerado desde afuera, era para mí como una aparición onírica; una cosa que no sabía qué era vivir y que se quedaba ahí, a la espera de que alguien se lo apropiara;
  6. que, tal como me apropiaba yo de mi cuerpo, para ser cada vez tal como yo quería que fuese y me sentía, de la misma manera podía apropiárselo cualquier otro para darle una realidad a su manera;
  7. que al fin y al cabo ese cuerpo, de por sí, era tanto como nada ni nadie, que hoy un hilo de aire podía hacerlo estornudar y mañana, llevárselo consigo.

Conclusiones:

Estas dos por el momento:

  1. que empecé a entender porqué Dida, mi mujer, me llamaba Gengè; (aquí el personaje se refiere a la despersonalización que sufría a través de este sobrenombre con el que le llamaba su esposa, pues él no se reconocía a sí mismo en tal denominación).
  2. que me propuse descubrir quién era yo, al menos, para los que eran más cercanos, los así dichos “conocidos”, y divertirme descomponiendo ese yo que yo era para ellos.

 

Los Otros Jorges

Jorge Ismael Rodríguez, por voluntad propia, mantuvo su carrera de manera muy discreta en el ámbito del arte contemporáneo mexicano. Me parece muy comprensible, pues pertenece a una generación para la cual los ideales y las convicciones son más importantes que el protagonismo y los reflectores del mainstream. Ha tenido una gran cantidad de exitosas actividades en el extranjero y en muchas regiones de nuestro país, con muchos grupos de artistas de su generación y de otras generaciones, pero su actitud siempre ha sido mesurada, como ya he dicho.

Su presencia en eventos de Performance, ha sido muy constante y es reconocida y apreciada por los grupos más disímbolos dedicados a esta actividad. Podría decirse como ajonjolí de todos los moles, porque sus planteamientos escénicos siempre tienen una preocupación por el contexto, por cuestiones sociales o humanas y un trasfondo, otra vez, espiritual. En muchos de sus performances la obsidiana es un elemento fundamental para su desarrollo y le da un sello muy personal. Ese es, por supuesto, Otro Jorge Ismael aunque yo diría que más fácilmente reconocible.

Sin embargo hay algunos Otros Jorges que están en su esencia, pero que al igual que Vitangelo Moscarda, el protagonista de la novela de Pirandello, seguramente le han llevado a preguntarse “¿Quién soy yo para mí? ¿Y quién soy yo para los demás?”

Por ejemplo, pocos saben que su formación académica es como Médico Veterinario Zootecnista (la verdad no sé si esa siga siendo la denominación correcta de esta profesión, pero esa era en mis tiempos) y que —por una breve etapa ejerció— hasta que, según sus propias palabras, se dio cuenta que no aspiraba a ser un veterinario citadino que se ganara la vida “como peluquero de perros”.

En sus inicios como escultor, trabajó en el taller de Gabriel Ponzanelli y, durante algún tiempo, se dedicó a la estatuaria desarrollando una gran habilidad que lo llevó a resolver interesantes proyectos, ya como independiente, y muestra de ello es el busto del poeta chiapaneco Jaime Sabines que se encuentra en la Casa de la cultura del mismo nombre en San Ángel o de algunas esculturas ubicadas en el Estado de Zacatecas, solo por citar algunos de los trabajos de ese Otro Jorge.

Hace un par de años, durante la pandemia, Otro de los Jorges, fue comisionado para realizar un reproducción facsimilar de MARÍA una de las controvertidas Momias Tridáctilas de Nazca. Para la realización de esta escultura se enfrentó a un gran reto técnico, ya que la hizo a partir de fotos, radiografías y tomografías, con resultados sorprendentes.

Creo que Jorge Ismael al preguntarse “¿Quién soy yo para mí?” no duda en responderse “soy un arquitecto”, pues desde hace varios años en otra de sus facetas profesionales —en asociación con su esposa Verónica Blanco— ha realizado la remodelación/recuperación a fondo de varios edificios. Si bien es cierto que se rodea de un equipo que le apoya en cuestiones estructurales y de especialización técnica en lo que a construcción se refiere, su experiencia en el manejo tridimensional de las formas, su capacidad organizativa, su visión como artista y la idea de que concibe esos proyectos de vivienda pensando en la comodidad y el confort de quienes los van a habitar, como si fueran él y su esposa quienes los van a vivir y a disfrutar, han derivado en soluciones increíbles.

Creo que Uno, ninguno y cien mil / Siete paisajes escultóricos de Jorge Ismael Rodríguez es una clara muestra de lo que los artistas tienen que hacer: provocarnos para mirar las cosas de distinta manera, invitarnos a reflexionar, mostrarnos caminos distintos, y retar nuestra lógica cotidiana para descubrir quiénes somos, además de ser nosotros mismos.

Traigo aquí otro poema de la gran Rosario Castellanos, porque encontré que también en ella existe una gran preocupación por entenderse y conocerse, tal y como nos lo propone Rodríguez con sus esculturas de obsidiana.

 

NACIMIENTO

Estuvo aquí. Ninguno (y él menos que ninguno)

supo quién era, cómo, por qué, adónde.

 

Decía las palabras que los otros entienden

—las suyas no llegó a escucharlas nunca—;

se escondía en el lugar en que los otros buscan,

en su casa, en su cuerpo, en sus edades,

y sin embargo ausente siempre y mudo.

 

Como todos fue dueño de su vida

una hora o más y luego abrió las manos.

 

Entonces preguntaron: ¿era hermoso?

Ya nadie recordaba aquella superficie

que la luz disputó por alumbrar

y le fue arrebatada tantas veces.

 

Le inventaron acciones, intenciones. Y tuvo

una historia, un destino, un epitafio.

 

Y fue, por fin, un hombre.