19 de agosto: La receta de la luz

19 de agosto: La receta de la luz

                                                                                   Hace 187 años, Francia decidió no vender la fotografía sino                                                                                                regalarla. Ese gesto fundó el Día Mundial de la Fotografía.

 

Por Juan José Diaz Infante, fotógrafo – Ciudad de México, 19 de agosto de 2026

París olía a mercurio y a tinta la mañana del 19 de agosto de 1839. En el Instituto de Francia, abarrotado hasta las ventanas, el político, astrónomo y diputado François Arago se puso de pie frente a la Academia de Ciencias y la Academia de Bellas Artes. No iba a presentar un invento más. Iba a anunciar que el hombre había aprendido a fijar su propia sombra.

Lo que describió ese día se llamaba daguerrotipo. Su autor, Louis-Jacques-Mandé Daguerre, un escenógrafo y pintor de dioramas obsesionado con atrapar la luz, llevaba años trabajando sobre los intentos fallidos de su socio, Joseph Nicéphore Niépce, muerto en 1833. Niépce había logrado en 1826 la primera imagen permanente de la historia desde su ventana en Le Gras, pero necesitaba ocho horas de exposición y la imagen se desvanecía. Daguerre encontró el eslabón perdido: una placa de cobre plateada sensibilizada con vapores de yodo, expuesta en una cámara oscura y luego revelada con vapor de mercurio caliente. La imagen aparecía como por magia, nítida, espejeada, infinita en detalle. Un boulevard parisino, un rostro, una hoja. Por primera vez, el mundo podía verse a sí mismo sin la mano de un pintor.

Hasta entonces la fotografía era un secreto caro, un rumor de alquimistas. Daguerre había intentado venderlo a empresarios y fracasó. Fue Arago quien entendió la dimensión política del asunto. Convenció al gobierno francés de comprar la patente. El trato fue limpio y sorprendente para la época: el Estado otorgaría una pensión vitalicia de 6,000 francos a Daguerre y de 4,000 francos al hijo de Niépce, Isidore, y a cambio, Francia pondría el procedimiento a disposición de toda la humanidad.

Y así se hizo. Ese 19 de agosto, Arago leyó en voz alta la receta completa. Sin códigos, sin reservas. Explicó las proporciones del yoduro de plata, el tiempo de exposición según la luz, la caja negra, el ángulo del espejo, el peligroso revelado con mercurio. Dijo: “Francia lo ha adoptado y, orgullosa de poder ofrecerlo generosamente al mundo entero, lo regala”. Al día siguiente, el manual de Daguerre, Historique et description des procédés du daguerréotype et du diorama, se agotó en todas las librerías. En tres meses había 30 ediciones y traducciones en seis idiomas. Solo hubo una excepción mezquina: en Inglaterra, Daguerre sí patentó el invento. Pero era tarde. La luz ya se había escapado.

Ese gesto es lo que hoy conmemoramos. El Día Mundial de la Fotografía no celebra una cámara, celebra una decisión ética. En un siglo que empezaba a patentar el vapor y a cercar las ideas, Francia hizo lo contrario: liberar una tecnología fundacional. Gracias a eso, un daguerrotipista pudo abrir su estudio en la Ciudad de México apenas cuatro meses después, en diciembre de 1839, en la calle de Plateros. Gracias a eso, un médico de provincia, un viajero, una madre, pudieron guardar un rostro sin tener que pagar a un retratista de la corte.

La receta, por supuesto, era tóxica, lenta y cara. El retratado tenía que quedarse inmóvil entre 10 y 20 minutos bajo el sol, sostenido por una abrazadera de cabeza que parecía instrumento de tortura. La imagen era única, no había negativo, y si la mirabas de cierto ángulo solo veías tu propio reflejo. Pero funcionaba. Y al funcionar, desató una carrera que nadie pudo detener. Al otro lado del Canal, William Henry Fox Talbot, que había desarrollado en paralelo su propio sistema negativo-positivo, el calotipo, entendió el mensaje y también lo publicó. La fotografía dejó de ser truco de feria para volverse lenguaje.

Lo que Daguerre regaló no fue solo un procedimiento químico. Regaló la posibilidad de la memoria democrática. Antes de 1839, la memoria visual pertenecía a los poderosos. Reyes, papas, generales. Después de 1839, la memoria empezó a pertenecer a cualquiera que pudiera pararse frente a un lente. Es el inicio de la partida de nacimiento moderna, del periodismo gráfico, del álbum familiar, de la prueba judicial, de la despedida. Cuando hoy tomas una foto con el teléfono en el Metro Balderas, estás usando la misma idea que Arago describió con voz temblorosa: encerrar luz en una superficie para que no se vaya.

187 años después, el daguerrotipo nos parece prehistórico. Cargamos en el bolsillo mil millones de veces más poder que aquella placa de cobre. Pero el dilema es el mismo. ¿La imagen es una mercancía cerrada o un bien común? Cada 19 de agosto recordamos que hubo un momento en que un gobierno decidió que una invención que podía hacer rico a un hombre debía hacer libre a todos.

Daguerre murió en 1851, casi ciego por los vapores de mercurio que le dieron la gloria. Nunca se hizo millonario. En su tumba en Bry-sur-Marne, su epitafio no dice inventor. Dice artista. Tal vez tenía razón. Porque lo que hizo ese 19 de agosto no fue solo química. Fue enseñarle a la luz a quedarse un poco más con nosotros.

Ilustración:

Si cabe poner

El discurso de Arago del 19 de agosto:

 “Cette découverte [the daguerreotype process], la France l’a adoptée; dès le premier moment, elle s’est montrée fière de pouvoir en doter libéralement le monde entier”

Esa fue la clave jurídica. El documento que se votó concedía la pensión, y al mismo tiempo el Estado francés renunciaba a todo monopolio, dejando libre la opción de explotarlo a todo aquel que quisiera hacerlo. Al día siguiente, cualquiera podía hacer fotos sin pagar regalías. Excepto en Inglaterra, donde Daguerre sí conservó la patente por consejo de un abogado.

El argumento más citado ;

“para copiar los millones y millones de jeroglíficos que cubren […] los grandes monumentos de Menfis, Karnak, etc., se necesitarían legiones de dibujantes. Con el daguerrotipo, un solo hombre podría llevar a buen término este inmenso trabajo”

La receta – lo que leyó en voz alta

Aquí es donde el discurso se vuelve manual técnico. Arago leyó paso por paso el procedimiento de Daguerre, que al día siguiente se publicaría en su folleto Historique et description des procédés du daguerréotype et du diorama. Esta es la receta original que liberó:

  1. a) La placa: Una lámina de cobre recubierta de plata bien pulida, como un espejo.
  2. b) La sensibilización: Se expone esa placa, en una caja cerrada, a vapores de yodo hasta que toma un color amarillo-dorado. Ahí se vuelve sensible a la luz.
  3. c) La toma: Se coloca la placa en una cámara oscura. Exposición al sol de 15 a 30 minutos según la luz. Lo que en la calle era el Boulevard du Temple, la gente desaparecía porque no se quedaba quieta tanto tiempo. Solo quedaba el limpiabotas que sí se quedó inmóvil: la primera persona fotografiada.
  4. d) El revelado: La placa, aparentemente en blanco, se coloca sobre vapores de mercurio calentados a 75 grados. El mercurio se adhiere a las partes tocadas por la luz y hace aparecer la imagen.
  5. e) La fijación: Se lava con una solución de hiposulfito de sosa – lo que hoy llamamos tiosulfato – y agua destilada caliente, para que la imagen no se borre al verla a la luz. Ese aporte vino de John Herschel en Inglaterra.

Daguerre mismo lo resumió ese día con otra frase que Arago citó: “el daguerrotipo no es tan solo un instrumento que sirve para dibujar la Naturaleza, por el contrario, es un proceso físico y químico que le da el poder de reproducirse ella misma”.

 

La noche de los feos

La noche de los feos

Cuento de  Mario Benedetti

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia. Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que solo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro. Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien. Solo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas. Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura. Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal. Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó. La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo. Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo. «¿Qué está pensando?», pregunté. Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma. «Un lugar común», dijo. «Tal para cual». Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto Ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo. «Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?» «Sí», dijo, todavía mirándome. «Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.» «Sí.» Por primera vez no pudo sostener mi mirada. «Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.»

«¿Algo cómo qué?» «Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.» Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas. «Prométame no tomarme como un chiflado.» «Prometo.» «La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?» «No.» «¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?» Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata. «Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.» Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico. «Vamos», dijo. No solo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse. Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron. En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso. Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia.

En realidad mis dedos (al principio un poco tembloroso, luego progresivamente sereno) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra. Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.