Por Héctor Ramírez

Conocí a Maritere Martínez gracias a Pablo Rulfo. Fue él quien me habló de su libro ¡Cambiamos por favor! Diario del taller de dibujo de Gilberto Aceves Navarro, una maravillosa publicación en la que Maritere transcribe las grabaciones que realizó en el taller de Aceves Navarro acerca de su método (aunque él rechazaba el término) de dibujo. La autora realiza una muy equilibrada publicación en la que alterna las enseñanzas del pintor/dibujante, con anécdotas de su vida mientras les compartía a sus alumnos sus secretos dibujísticos muy a su desparpajada e irreverente manera. Pero esa es otra historia.

Leí y disfruté mucho el libro, por lo que le pedí que realizáramos una entrevista para mi programa de radio. Al estar preparando la entrevista, tuve la primera noticia de la pasión que tiene Marit (así le gusta que le llamen) por las sombras y esto me causó mucha curiosidad. En esa charla me habló de uno de sus proyectos que está relacionado con la Alegoría de la caverna de Platón y que, en algún momento, realizó en un espacio en Cuernavaca, me parece. Para poner las cosas en contexto, recordemos aquella parábola:

La alegoría de la caverna pone de manifiesto el estado en que —con respecto a la educación o falta de ella— se halla nuestra naturaleza, es decir, el estado en que se encuentra la mayoría de los hombres con relación al conocimiento de la verdad o a la ignorancia. En esta alegoría planteada por el filósofo, un grupo de prisioneros representan a la mayoría de la humanidad, esclava y prisionera de su ignorancia e inconsciente de ella, aferrada a las costumbres, opiniones, prejuicios y falsas creencias de siempre. Estos prisioneros, al igual que la mayoría de los hombres, creen que saben y se sienten felices en su ignorancia, pero viven en el error, y toman por real y verdadero lo que no son sino simples sombras de objetos, ya que se encuentran de espaldas a la hoguera y solo escuchan ecos de voces.

Continúa la narración de la alegoría contando lo que ocurriría si uno de estos hombres fuese liberado y obligado a volverse hacia la luz de la hoguera, contemplando, de este modo, una nueva realidad. Una realidad más profunda y completa ya que esta es causa y fundamento de la primera que está compuesta solo de apariencias sensibles. Una vez que ha asumido el hombre esta nueva situación, es obligado a encaminarse hacia fuera de la caverna a través de una áspera y escarpada subida, lo que le permite apreciar una nueva realidad exterior (hombres, árboles, lagos, astros, etc., identificados con el mundo inteligible) fundamento de las anteriores realidades. La alegoría acaba al hacer entrar el prisionero, de nuevo, al interior de la caverna para «liberar» a sus antiguos compañeros de cadenas, lo que hace que estos se burlen de él. El motivo de la burla es que afirman que sus ojos se han estropeado al verse cegado por el paso de la claridad del sol a la oscuridad de la cueva. Cuando este prisionero intenta desatar y hacer subir a sus compañeros hacia la luz, Platón nos dice que estos son capaces de matarlo y que efectivamente lo harán en cuanto tengan la oportunidad.

Es de esta alegoría de la que parte Marit para crear su exposición / instalación participativa que lleva el nombre de FLORES EN LA CUEVA, aunque, si bien es el origen, la artista invierte el sentido, la vocación y el mensaje. Es decir, abandona el propósito del mundo inteligible de Platón y nos invita a sumergirnos en el mundo de lo sensible, cosa que resulta muy relevante pensando en la época en la que estamos viviendo a miles de años de distancia de la del filósofo griego.

La muestra de Marit inicia con una serie de impecables fotografías en las que nos invita a entrar en el mundo de las sombras. El valor plástico de las imágenes es directo y contundente: si bien es claro que se trata de sombras proyectadas por flores, éstas adquieren una significación diferente al estar ausente el color. Su belleza va más allá al conservar la belleza de sus formas y evocarnos los aromas de la naturaleza en ese estado. Aquí se antoja abandonar las formas reconocibles que nuestra mente nos obliga siempre a buscar, para perdernos en el fantástico mundo de la abstracción. Las imágenes de Marit funcionan lo mismo en un gran formato que en cuadros diminutos que se convierten en un mosaico que lo mismo puede apreciarse en conjunto o individualmente. El trabajo a través de la sombras le permite a la artista realizar una metamorfosis en la que ella misma se transforma en una flor a través de sus autorretratos hechos de sombras. Lo amorfo es sinónimo de libertad en estas imágenes en las que se puede adivinar a alguien que está jugando como en uno de esos espectáculos en los que la luz es la materia prima para proyectar y crear fantasmas, visiones y recuerdos. Inevitablemente pienso en el poema de Pessoa escrito por su eterónimo Álvaro de Campos: Yo, voluntario claustro y sótano de mí mismo,/ yo, el propio abismo que soñé./ Sí, yo, que veía en todo caminos y atajos de sombra/ y la sombra, los caminos, los atajos simplemente eran yo!

Otro gran poeta, García Lorca, llamó a este tipo de experiencias “La sombra de mi alma” Y es quizá eso lo que Marit nos comparte en sus imágenes y lo que les proporciona una estética muy especial, pues abandona su cuerpo y nos muestra lo que precisamente podría ser su alma, esa ilusión inmaterial y monocromática de los objetos (flores) y su silueta levitando en los marcos que tratan de contener/atrapar a las fotografías.

Esta que es la antesala a FLORES EN LA CUEVA, la que ella Marit llama “Instalación participativa”, es un buen preámbulo, pero de ninguna manera descubre lo que nos espera detrás de la cortina que funciona como entrada a la caverna creada por la artista. Antes dije que Marit invierte el sentido, la vocación y el mensaje de la alegoría planteada por Platón, ya que el afán didáctico de éste para establecer que el ser humano vive engañado por las sombras y es incapaz de ampliar los horizontes de su pensamiento y de su percepción, lo que la artista propone es que abandonemos las obsesiones racionales y nos dejemos llevar, justamente, por nuestros sentidos.

FLORES EN LA CUEVA creo que no es un título del todo preciso, pues lo que Marit nos devela en esa caverna concebida por ella son MUNDOS de imágenes creadas por las sombras de objetos que podemos encontrar en nuestra vida cotidiana, pero que a la luz de las linternas de nuestros teléfonos celulares toman dimensiones y formas increíbles. Entrar en este mundo oscuro nos abre la imaginación, nos da la oportunidad de regresar a una época de nuestras vidas en las que éramos capaces de sorprendernos; nos invita al juego y nos permite tocar esos objetos para ponerlos en movimiento y con ello comprender que los reflejos del cristal crean formas caprichosas que son complementos fabulosos de las sombras.

Luces y sombras, sombras y luces… así como las historias de nuestras vidas. Las piezas que ahí nos reciben pueden o no tener forma ¿Es realmente importante que algo tenga una aspecto definido? En este recreo nos resulta divertido reconocer ciertos elementos, pero eso no es realmente importante. La construcción de este espacio en verdad lúdico es básico y rudimentario, pero ese es uno de sus mayores valores en un tiempo en el que vivimos presas de la tecnología y abrumados por la llamada inteligencia artificial. Se trata de objetos de diferentes tamaños que flotan sostenidos por hilos de nylon casi invisibles, que podemos mover a nuestro antojo y que, con la luz de nuestro teléfono podemos crear caprichosas figuras que alternan con las inventadas por nuestro compañero de junto.

Escribiendo esto y recordando las sensaciones que me provocó la instalación, pienso en una pieza que quizá es la que le da el nombre de FLORES EN LA CUEVA pues se trata de algunas flores que están “enmarcadas” en un espacio delimitado y con las cuales se pueden crear lo que bien podría considerarse “pinturas de sombras”.

Todo el viaje de esta alucinante instalación está acompañado por una pieza sonora creada por Cloe Varagnolo, con sonidos tan enigmáticos como bellos: cantos que parecen de sirenas y voces ininteligibles que nos hacen pensar, de nuevo, en la alegoría de Platón.

Sin duda es de agradecer a Marit que nos regrese a una caverna en la que el misterio, la imaginación y la sorpresa nos reconcilian con un mundo del que cada día parecemos más distantes. Las posibilidades que nos brinda su sensibilidad, nos abren los ojos para distinguir en la fantasía, a través de una emocionante propuesta artística, un camino lleno de poesía hecha con luces y sombras.