Por Jorge Ismael Rodríguez *

Esta obra está conformada por un cuerpo labrado de Obsidiana que contiene agua pigmentada o no (el agua ha estado aquí desde siempre y es lo que nos da origen, es la que todo lo transforma y ella misma está en transformación constante), un péndulo labrado de un fragmento de meteorito, que es otro símbolo de transición y de infinito, puede o no, cortar el agua en su desarrollo.
El cuerpo de obsidiana mide alrededor 40 cm altura, 85 cm de largo y 60 cm de profundidad con un peso aproximado de 170 kilos; el péndulo mide aproximadamente 17 cm de altura y pesa menos de 3 kg. Utilizo estos insumos no solo como material, sino como un medio para generar diálogos simbióticos

Heráclito en el siglo sexto antes de Cristo, dijo que nada en este mundo es constante excepto el cambio y el devenir es decir, todo es impermanente, “Ningún hombre puede cruzar el mismo rio dos veces», mientras que Parménides decía «lo que es, es; y lo que no es, no es», y juntos nos dan dos de los conceptos básicos en ontología, de allí para acá se va construyendo la filosofía de procesos que prioriza el devenir y el cambio sobre el ser estático y trata de reconciliar las diversas intuiciones presentes en la experiencia humana (como la religiosa, la científica y la estética) en un esquema holístico coherente.

Esta obra pueden entenderse como un artefacto para la búsqueda de sentido, los viajes y retornos, tanto físicos como metafóricos de ir y venir y las transformaciones que uno produce y que se producen en uno y tiene que ver con éste. Es una prolongación de las preguntas que parten de la reflexión de los encuentros y desencuentros desde lo emocional, lo físico, lo político; en este caso pongo a dialogar elementos que han transitado por miles o millones de años, el Agua que ha estado aquí por siempre, nos dio origen y tiene una vida cíclica, la Obsidiana que surge del centro de la tierra, fue líquida, fluyó y circunstancialmente se convirtió en el sólido que usé como el cuerpo. Su superficie reflectante, actúa como un espejo oscuro que captura al espectador y lo integra en el microcosmos de la obra; y un fragmento de Meteorito zacatecano, del que sabemos viene de un lugar inasible, que tuvo que viajar millones de años para llegar hasta acá.

Una de las cuestiones a considerar, es que estos tres elementos llegaron para dialogar con nosotros, para que construyamos una metáfora tangible al ser partes complementarias de un artefacto narrativo simbólico con la realidad de este momento, en esta época y solo para nosotros. Este artefacto está hecho para que las personas-simbiontes sean un elemento activo de la obra, quienes compartimos de nuestro ser y nuestra energía, para que todo se active y se transforme.

Por ejemplo el agua pigmentada que va a estar en la cavidad de la obsidiana, va a ir evaporándose de manera natural y como la reponemos, siempre va a tener agua nueva renovando las moléculas que continuaron con la naturaleza cíclica de la existencia, incluidos el tiempo, la memoria y la identidad. El meteorito cortará o no su superficie y ella regresará a su punto de estabilidad como metáfora del constante ir y venir entre realidades, donde el tiempo, la identidad y el cosmos se entrelazan en espejos y laberintos, veremos un vaivén que transformará la linealidad.

La obsidiana, el agua y el meteorito crean una experiencia dinámica. La obsidiana, con su superficie reflectante, actúa como un espejo que retrata al espectador, mientras el agua introduce un flujo constante y el meteorito sigue su viaje desde el espacio ahora en la tierra. Quiero generar un diálogo simbiótico, un ir y venir entre el observador, el material y el universo donde el reflejo y la repetición cuestionan la realidad, y el espectador sea libre de convertirse en parte de la obra, formando parte de un ciclo de contemplación y transformación que lo libere.

*  El presente texto fue escrito por el escultor cuando estaba trabajando la pieza que presentó en ZonaMaco en su edición 2026, en el booth de la Galería Ana Tejeda.

Foto Héctor Ramírez