UN AMOR

Por ti junto a los jardines recién florecidos me duelen los perfumes de primavera.

He olvidado tu rostro, no recuerdo tus manos, ¿cómo besaban tus labios?

Por ti amo las blancas estatuas dormidas en los parques, las blancas estatuas que no tienen voz ni mirada.

He olvidado tu voz, tu voz alegre, he olvidado tus ojos.

Como una flor a su perfume, estoy atado a tu recuerdo impreciso. Estoy cerca del dolor como una herida, si me tocas me dañarás irremediablemente.

Tus caricias me envuelven como las enredaderas a los muros sombríos.

He olvidado tu amor y sin embargo te adivino detrás de todas las ventanas.

Por ti me duelen los pesados perfumes del estío: por ti vuelvo a acechar los signos que precipitan los deseos, las estrellas en fuga, los objetos que caen.

 

EXÉGESIS Y SOLEDAD

Emprendí la más grande salida de mí mismo: la creación, queriendo iluminas las palabras. Diez años de tarea solitaria, que hacen con exactitud la mitad de mi vida, han hecho sucederse en mi expresión ritmos diversos, corrientes contrarias. Amarrándolos, trenzándolos sin hallar lo perdurable, porque no existe, ahí están Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Dispersos como el pensamiento en su inasible variación, alegres y amargos, yo los he hecho y algo he sufrido haciéndolos. Sólo he cantado mi vida y el amor de algunas mujeres queridas, como quien comienza por saludar a gritos grandes la parte más cercana del mundo. Traté de agregar cada vez más la expresión a mi pensamiento y alguna victoria logré: me puse en cada cosa que salió de mí, con sinceridad y voluntad. Sin vacilar, gente honrada y desconocida —no empleados y pedagogos que me detestan personalmente— me han mostrado sus gestos cordiales, desde lejos. Sin darles importancia, concentrando mi fuerza para atajar la marea, no hice otra cosa que dar intensidad a mi trabajo. No me cansé de ninguna disciplina porque nunca la tuve: la ropa usada que conforma a los demás, me quedó chica o grande, y la reconocí sin mirarla. Buen meditador, mientras he vivido he dado alojamiento a demasiadas inquietudes para que éstas pasaran de golpe por lo que escribo. Sin mirar hacia ninguna dirección, libremente, inconteniblemente, se me soltaron mis poemas.

(Publicado en el diario La Nación, de Santiago de Chile en el año 1924.)

 

PICASSO ES UNA RAZA

En nuestras Américas hay hallazgos: en islas deshabitadas o selvas irascibles bajo la tierra de pronto se encuentran estatuas de oro, pinturas sobre la piedra, collares de turquesa, cabezas inmensas, vestigios de innumerables seres desconocidos a quienes hay que descubrir y nombrar para que respondan desde su silencio secular.

Si en una isla nuestra se encontraran las capas sucesivas de Picasso, su monumental abstracción, su creación rupestre, sus joyas exactas, sus cuadros de felicidad y terror, los arqueólogos asombrados buscarían los habitantes, las culturas que tanto hicieron acumulando fabulosos juegos y milagros.

Picasso es una isla. Un continente poblado por argonautas, caribes, toros y naranjas. Picasso es una raza. En su corazón el sol no se pone.

(Escrito con motivo de la celebración en París del 90 aniversario de Picasso, octubre de 1971.)

 

Arturo Rimbaud

Vladimir Maiakovski

 

DOS RETRATOS DE UN ROSTRO

 

El azar reunió en una pared de mi casa los retratos de dos adolescentes nacidos en épocas y países diversos. Sus destinos y sus idiomas se contraponen. Sin embargo, los dos retratos producen a quienes los miran juntos en mi casa la sensación de un asombroso parecido. Se diría la misma persona. Los dos sostienen mechones hirsutos en las cabezas. Las mismas cejas, la misma nariz, los mismos jóvenes rostros desafiantes.

Se trata de una fotografía de Rimbaud, hecha por Carjat, cuando el poeta francés tenía diecisiete años, y de un retrato de Maiakovski, hecho al joven poeta soviético en 1909, cuando estudiaba en la Escuela de Arte Aplicado Stroganov.

Tienen estas dos imágenes adolescentes el carácter común que les dio la contradicción en la primera etapa de la vida, un ceño de desdén y dureza: son dos rostros de ángeles rebeldes.

Los unirá tal vez algún signo secreto que revela de alguna manera la substancia de los descubridores.

Ambos los son. Rimbaud reorganiza la poética haciéndola alcanzar la más violenta belleza. Maiakovski, soberano constructor de poesía, inventa una alianza indestructible entre la revolución y la ternura. Y estos dos rostros de jóvenes descubridores se unieron por casualidad en un muro de mi casa, mirándome ambos con los mismos ojos con que exploraron el mundo y el corazón del hombre.

Pero, hablando de Maiakovski, sabemos ahora que por estos días cumpliría setenta y cinco años de edad. Habríamos podido encontrarlo y conversar, tal vez hubiéramos sido amigos.

Este sentimiento me produce una sensación extraña. Es casi como si me probaran que hubiera podido conocer a Walt Whitman. Tanto han andado la gloria y la leyenda del poeta soviético, que me cuesta verlo entrar, en la imaginación, al restaurante Aragby de Moscú, o simplemente contemplar su gran estatura en el escenario, recitando esos versos escalonados que parecen regimientos que asaltan posiciones con el ritmo crepitante de sus olas sucesivas, envueltas en pólvora y pasión.

Es verdad que su imagen y su poesía quedaron como un ramo de flores de bronce en las manos de la Revolución y del nuevo Estado. Son flores indestructibles, está claro, bien armadas, metálicas y firmes, pero no menos fecundas por eso. Acarreadas por el viento de la transformación las estrofas de Maiakovski tomaron parte en la transformación y ésa es la grandeza de su destino.

Es una posición privilegiada: la integración de un cantor verdadero con la más importante época histórica de su patria. En esto se separa para siempre su poesía con la de Rimbaud. Rimbaud es un grandioso derrotado, el más glorioso de los insurgentes perdidos. Maiakovski, a pesar de su trágica muerte, es elemento sonoro y sensible de una de las más grandes victorias del hombre. En esto se parece más bien a Whitman. Forman parte de la lucha y del espacio de grandes épocas. Whitman no es un elemento decorativo de la guerra emancipadora de Lincoln: su poesía se desarrolla con la sombra y la luz de la batalla. Maiakovski sigue cantando en el paisaje urbano de las fábricas, laboratorios, escuelas y agriculturas de su país. Su poesía tiene el dinamismo de los grandes proyectiles interespaciales.

Setenta y cinco años hubiera cumplido en estos días Vladimir Maiakovski. ¡Qué dolor que no esté entre nosotros!

 

Pablo Neruda. PARA NACER HE NACIDO. Biblioteca breve, editorial Seix Barral. Segunda edición mexicana 1979.