Homo poeticus

Homo poeticus

Por Juan Coronado

Mi abuela me decía que yo llevaba la poesía en la sangre: Desde entonces no me interesan ni el trabajo ni el placer ni el amor. Vivo para la poesía. De ella se nutren todas las partículas de mi cuerpo. Los efluvios todos de mi anatomía gritan: poesía, poesía, poesía. Mi primera composición poética fue una especie de prefiguración del pañal desechable. Antes de conocerte te adivinaba. Y no se crea que fui tan precoz que escribía en la cuna, no. Componía en el pensamiento cuando apenas podía decir “bu,bu,ta,ta”. De ahí deduzco —y resuelvo de paso una vieja polémica— que el pensamiento precede al lenguaje.

Aprendí a escribir a los cuatro o cinco años (más tarde que Sor Juana, lo cual me da una infinita rabia, pues cómo puede ser que me gane una mujer) y desde entonces lleno y lleno papeles blancos sin el menor asomo de angustia. Nunca he dado uno solo de mis poemas a la letra impresa. Ya cuando me muera que se peleen los editores por publicar en 30 tomos mi poesía completa. No le tengo ninguna fe a la fama. Es más, creo que me haría daño. Por lo único que me gustaría publicarla, sería por hacer palidecer de rabia (por más que trato de evitar el ritmo y la rima, me persiguen como una maldición) a los 4 mil 827 finos poetas de nuestro valle.

La vida es triste para mí porque no puedo abrir la boca sin que salte una sinécdoque, una sinestesia o un oxímoron travieso. Los versos se me encabalgan a las piernas y no me dejan vivir una existencia simple y común. En los restoranes, por ejemplo, los meseros no entienden mis elipsis y termino comiendo lo que comería un canario ya ahito y cansado. A mi mujer no le hacen ninguna gracia mis hipérboles cuando discutimos sobre la personalidad de mi nunca bien ponderada madre política.

Es una desgracia el haber nacido con este don de querer hermosear las palabras. No saben cuánto envidio la forma de ser de las criaturas simples. No saben el martirio que representará, el próximo primero de septiembre, el ir acomodando mentalmente el discurso en endecasílabos polirrítmicos. Porque hasta eso tengo mal; no sólo la boca sino el oído. Cuando escucho, cuento sílabas deshago hiatos y voy rimando puntillosamente todo lo escuchado. Maldigo el día que leí el manual de Tomás Navarro Tomás. Mi obsesión es siempre trasladar al eje paradigmático todo lo que está sucediendo en el eje sintagmático. Veo metáforas y metonimias donde todos ven el simple pan y el dulce vino. Hasta en la lengua de ternera guisada con jitomate veo la distancia entre significante y significado y concluyo que, en verdad, el signo es arbitrario.

Todo mi transcurrir por el muno es un desfile de sememas y lexemas que me sobrecalientan el lóbulo del cerebro donde se deposita la facultad del lenguaje. Gracias a Dios, cuando sueño, lo hago siempre en verso libre y sin abuso de recursos retóricos. En las mañanas es cuando estoy más sobregirado y le doy fuerza a la composición gongorina o me lanzo sobre infinitas paráfrasis del Primero sueño de nuestra más alta dama del verso. En las tardecitas ya estoy relajadón y me salen dulces voces a la Campoamor o Nervo. Apenas empieza a anochecer y me pongo rubendariano a más no poder.

Hace mucho que no hago el amor porque no hay quien me aguante una cabalgata épica a la manera de la Araucana o el Mío Cid. No es fácil ser poeta de esta magnitud. Un día, con un plato de sopa de letras, reproduje íntegramente El cementerio marino de Valéry… y en francés, para más detalle.

La gente como que te empieza a hacer el vacío. Nadie te puede preguntar si estudias o trabajas porque te ve en los ojos el peso completo de todos los manuales de poética, retórica, ciencia y arte del estilo y demás auxiliares para la teoría de la composición poética. Tu cara misma refleja toda la carga de los sonetos, silvas, endechas, redondillas y romances que tienes entre pecho y espalda. Sólo cuando tengo que hacer un cheque y poner la cantidad en letras, me deja de salir la rima y me sale una simple prosa poética.

Mi última lista del mercado, bien la podría firmar José Juan Tablada o alguno de los poetas concretos del Brasil. Y ya no escribo más porque, porque en verdad les digo que, de seguir así, les soltaría en este mismo instante la verdadera historia de la corrupción en México en dodecasílabos trocaicos.

NOTA DE LA REDACCIÓN

Encontré este texto por casualidad, como suceden muchas cosas. Amarillento y descuidado el papel porque debe tener unos cuarenta años de edad. A ese descuido entendible se suma el de la falta de fecha, aunque estoy cierto que debe haber sido publicado en el suplemento sábado del periódico unomásuno.

No sé si estuve presente cuando Huberto Bátis le metió mano empuñando el flamigero lápiz con el que tachaba faltas y engrandecía la redacción de lo que le pusieran enfrente, pero casi puedo jurar que identifico las frases que cambió el gran Maestro.

El texto me sigue pareciendo impecable y genial y así como en su momento decidí sumarlo a algún proyecto de dossier, hoy me parece justo y necesario publicarlo en este espacio para poder compartirlo y con ello demostrar que no soy del todo egoísta.

Por supuesto busqué en internet (donde casi todo se encuentra) a Juan Coronado y en un sitio de Literatura INBA encontré esta información y la foto del autor que aquí publicamos.

Nació en la Ciudad de México el 29 de marzo de 1943; falleció el 12 de octubre de 2021. Ensayista y narrador. Obtuvo la Maestría en Literatura Iberoamericana y el Doctorado en Letras en la FFyL de la UNAM. Fue profesor en la FFyL. Colaborador de El BuscónEl FaroLos EmpeñosSábado, y Vaso Comunicante.

 

Cinco poemas

Cinco poemas

De Hatem Abdulwahid Saleh

 

GRACIAS

Gracias por tu distancia y por tu cercanía

Gracias por tu tortura y por ser querida

Gracias por las nubes de compasión que llegan con una lágrima

Gracias por la edad en que sembré una vela en tu umbral para que se secara,

Veinte años las aguas de mi alma se han escurrido de tu abandono, un año más,

Gorriona de mi alma, los árboles de placer son tu bata, capa y herramienta,

Yo, mis manos, un tesoro que para siempre seguirán siendo una línea en tu manual

Gracias por mi resurrección en el más allá que comienza en tu tierra querida mía

 

 

LA PESADILLA

No hay cara para ti

Para preguntarte

Ninguna sombra para mi sombra

Y el mapa de desgracias sobre mis paredes anidándose como arañas

Y el tiempo dos bastones hechos de los peores metales

Y cuando pusieron sus huevos

vi mi día tras las rejas de una ventana infantil

una luna paseándose tullida, paralizada y vestida con los espermas de una plaga

que se gelatiniza en un caballo

llamando

Mi padre cuelga sobre mis hombros los nudos de lamentos funerarios:

—Tu casa ahora es la mía, es lúgubre y sin pasador

Ahora tu tierra es un vaso

Tu agua de regar es salvado ¡ay!

Salte de ti mismo, que he llegado

Y detrás de aquella procesión salvaje dos bastones

que a veces se reducen hasta formar tijeras

a veces una cruz

pero cuando a lo lejos se mueven

forman

un sarcófago

*****

 

Una pesadilla se pasea arrancando

rosas del despojador de nuestros deseos

Y los violines del campo

de donde comenzaré este ruido

para llenar el hueco entre una margarita y su orilla

El llanto de una alondra sobre las espigas de trigo

Los mármoles que se erigieron allí fueron mentira

Mientras yo miraba la pared

vislumbrando dedos sangrientos vestidos con prendas del vacío

pregunté —¿Qué es eso?

Llegó la respuesta, ponte sobre aviso y voltea la espalda

porque no podemos verte si no tienes la espalda girada

 

 

Mis naves perdieron su camino, ahórrame el infierno de preguntarte

Dejé para mañana mi tiempo, mi mañana dejó mi tiempo hasta la nada

Miles de promesas, una para mí, así que déjame las mejores

se acostumbran a cosechar

 

Precisar para siempre una mano que me deje ser espiga de trigo o tocarme

Como una nube dejar que la hierba en mi palma seca crezca

Aún así tu amor en mi corazón latiendo fluyendo nunca cambió

Mirándote una gota pericardia en ella la cual como cortina sauciendo sobre ella

Llámalo como quieras: ansiedad, perversión, complicarse

 

Dios ha abierto en mi corazón un paraíso pero tus puertas siguen aprensivas aún

Innecesario buscarte un significado que mataría si fuera descifrado lo que significa

Soy el hijo de ese momento; no me tomes nunca por un astrolabio que cuenta

Mis ojos siguen sedientos, pero allí siguen nubes pesadas atajadas de llover

 

 

 

SÓLO PARA TI

1

Para mi paloma cestos, huevos y plumas del mármol del cementerio.

Oh, espíritus como burbujas perplejas, cuyas piedras de fuego arden,

Mas crecen las fuerzas del estallido,

 

2

Estiro la mano a los paseantes

“Denme algo blanco” paseantes benevolentes

una caridad con qué cubrir

la mancha de la sensatez

Con la mora madura de la piedad

Mi voz un lobo

Mi carne un adiós

Oh ustedes mercenarios…

 

3

Oh, mi patria rota con política y colmillos de imanes

¿Cómo fue que Dios se volvió

una espinilla

una bomba

una basura con turbante encima?

¿Cómo fue que Dios se volvió

un policía,

un pervertido homosexual

que limpia el esperma podrido

entre sus piernas

con el mapa del Día de Juicio Final?

Cómo Dios se metamorfoseó en una mina dentro de las cabezas y los

corazones

Sin remordimiento

Sin arrepentimiento…

 

Oh, Dios se ha muerto entre tus manos Oh mi patria

alimentándose de la carne de su gente

para poder seguir salvo y sano

Tus dos doctrinas han matado a Dios

Tú, país mío, de huesos y desquicios

 

4

Sé ficción, sé sospechas

Sé locura, sé perdición

Oh estatura hasta su altura

Manantiales de luz se vuelven aguas de placer

Y el polvo de la tierra se convirtió en perlas tan luminosas

bajo tus pasos,

Bosque de hojas de menta

Llovías y jazmines

Oh, me he engañado o he visto la verdad

Así sea que te convertiste en huracán

engendrado por fuego lluvia

no por lodo

Oh, espíritu tan alto como Dios

 

 

SON CUATRO

Las paredes del cuarto también son cuatro

Dos niños se durmieron temprano muriéndose de hambre al lado del

gemido de su madre

Su padre navegando más y más allá

para buscarles pan, para dejarlos desmayándose

Clavándole los ojos mientras él azota la puerta

En tu ausencia, no querían quedarse solos

Pero ya que volvió

les consigue el pan

amasado con luto

 

TRADUCCIÓN DEL INGLÉS DE TANYA HUNTINGTON.

Hatem Abdulwahid Saleh. Nació en Bagdad, Irak en junio de 1958. Periodista, ensayista, crítico y poeta.

Publicado en el número 27 LÍNEAS DE FUGA, revista trimestral editada por Casa Refugio Citlaltépec, A.C. Mayo de 2009.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un servicio de amor

Un servicio de amor

Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece demasiado penoso.

Tal es nuestra premisa. Este cuento sacará de ella una conclusión y mostrará al mismo tiempo que la premisa es incorrecta. Eso será una novedad en el campo de la lógica, y una hazaña más vieja que la Gran Muralla China en el arte de contar historias.

Joe Larrabee salió de las llanuras del Medio Oeste desbordando genio para el arte pictórico. A la edad de seis años hizo un dibujo de la bomba de agua de la ciudad, incluyendo a un prominente ciudadano que pasaba descuidadamente por allí. Esta hazaña artística fue enmarcada y expuesta en la vitrina de la farmacia junto a una mazorca de maíz con un número non de hileras de granos. A los veinte, Joe partió para Nueva York, su corbata agitada por el viento y un humilde capital bien ceñido al cuerpo.

Delia Caruthers hacía cosas en seis octavas tan promisoriamente, en un pueblecito de pinos del Sur, que sus parientes contribuyeron con lo suficiente para que pudiera ir “al Norte” y “terminar”. No pudieron ver cómo… pero ésa es nuestra historia.

Joe y Delia se conocieron en un atelier donde se habían reunido estudiantes de arte y de música para discutir sobre el claroscuro, Wagner, las obras de Rembrandt, pintura, Waldteufel, el empapelado de las paredes, Chopin, Oolong.

Joe y Delia se enamoraron el uno del otro, o cada uno del otro, como el lector lo prefiera, y se casaron al poco tiempo… porque (véase más arriba) cuando uno ama su Arte ningún servicio parece demasiado penoso.

El señor y la señora Larrabee instalaron su hogar en un departamento. Era un departamento solitario… algo así como el la sostenido en el extremo izquierdo del teclado. Y se sentían felices porque tenían su Arte y se tenían el uno al otro. Y mi demanda al joven rico es: vende todo lo que tengas y díselo al pobre… conserje, por el privilegio de vivir en un departamento con tu Arte y tu Delia.

Los que viven en departamentos estarán de acuerdo conmigo en que la suya es la única felicidad auténtica. Si un hogar es feliz, no importa su pequeñez; tanto da que el tocador se derrumbe y se transforme en una mesa de billar, que la repisa de la chimenea se convierta en un aparato de gimnasia, el escritorio en un alcoba para huéspedes y el lavabo en un piano vertical. Tanto da que las cuatro paredes se junten si les place, con tal de que usted y su Delia estén entre ellas. Pero si el hogar es del tipo opuesto, no importa que sea ancho y largo: el lector puede entrar por la Puerta de oro de San Francisco, colgar su sombrero en el Cabo Hatteras, su capa en el Cabo de Hornos y salir por el Labrador.

Joe pintaba en la clase del Gran Maestro… cuya fama habrá llegado ya al conocimiento del lector… Sus honorarios son elevados y sus lecciones fáciles; su fácil elevación* lo ha hecho célebre. Delia estudiaba con Rosentock: el lector ya también conocerá su bien ganada reputación como perturbador del teclado.

Joe y Delia fueron felices mientras les duró el dinero. Lo mismo sucede con todos… pero no deseo ser cínico. Sus objetivos eran claros y definidos: muy pronto Joe sería capaz de pintar cuadros que viejos caballeros de finas patillas y gruesas carteras se disputarían a guantadas en su estudio. Delia debía familiarizarse con la música y luego mostrarse desdeñosa con ella; a tal extremo que, cuando las plateas de la orquesta y los palcos estuvieran sin vender, pudiera negarse a salir al escenario, por tener dolor de garganta y langosta en un reservado de restaurante.

Pero lo mejor, en mi opinión, era la vida hogareña en el pequeño departamento: las vehementes y animadas conversaciones después de la jornada de estudio, las acogedoras cenas y los refrescantes y ligeros desayunos, el intercambio de ambiciones —ambiciones entretejidas con las del otro, ya que de lo contrario serían inconcebibles—, la ayuda e inspiración mutuas y —perdóneseme la procacidad—, las aceitunas rellenas y los emparedados de queso a las once de la noche.

Pero conforme pasó el tiempo el Arte arrió banderas. Eso ocurre a veces, aunque no haya una guardia encargada de hacerlo. Todo salía y nada entraba, como dice el vulgo. Faltaba el dinero para pagarle al Señor Maestro y a Herr Rosentock. Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece ser demasiado duro. Por lo tanto, Delia anunció que daría lecciones de música para surtir la olla.

Durante dos o tres días salió a buscar alumnos. Una noche volvió a casa, exaltada y triunfante.

—Joe, querido …dijo alegremente…, tengo una alumna. ¡Y qué alumna tan encantadora! Es la hija del general… del general A. B. Pinkney… de la calle 71. ¡Qué casa más espléndida, Joe! ¡Si vieras la puerta de entrada!— Yo diría que es de estilo bizantino. ¡Y el interior! ¡Oh, Joe, nunca he visto algo semejante. Mi alumna es hija del general, Clementina. Ya siento aprecio por ella. Es un ser delicado. Y viste siempre de blanco. ¡Y qué modales tan encantadores y sencillos! Apenas tiene dieciocho años. Le voy a dar tres lecciones semanales. ¡Imagínate, Joe! ¡Cinco dólares la lección! Pero eso no me importa; porque cuando haya conseguido dos o tres alumnos más, podré reanudar mis lecciones con Herr Rosentock. Vamos, no quiero ver más esa arruga entre tus cejas, querido; cenemos algo sabroso.

—Eso está muy bien en lo que a ti se refiere, Delia…dijo Joe, abriendo una lata de arvejas con un cuchillo de trinchar y una pequeña hacha—. Pero… ¿y yo? ¿Crees que permitiré que te esfuerces ganando dinero mientras yo coqueteo con las regiones del arte superior? ¡No, te lo juro por los huesos de Benvenuto Cellini! Quizá podría vender periódicos o empedrar las calles y traer un par de dólares.

Delia se acercó y se le colgó del cuello.

—Querido Joe, eres un bobo. Debes continuar con tus estudios. Lo que te dije no significa que haya abandonado mi música o que me dedique a otra cosa. Mientras enseño, aprendo. Siempre estoy con mi música. Y podemos vivir tan felices como millonarios con quince dólares semanales. No debes pensar siquiera en abandonar al Señor Maestro.

—Está bien —dijo Joe, tendiendo la mano hacia el platillo azul de las verduras—. Es que me duele que des lecciones. Eso no es Arte. Pero eres adorable al aceptar hacerlo.

—Cuando uno ama su Arte, ningún servicio le parece demasiado penoso —dijo Delia.

—El Maestro elogió el cielo de ese boceto que hice en el parque—contó Joe—. Y Tinkle me autorizó a colgar dos cuadros en su escaparate. Quizá venda uno si lo ve el tipo adecuado de imbécil con dinero.

—Estoy segura que lo venderás —dijo Delia, dulcemente—. Y ahora, demos gracias. A Dios por el general Pinkney y por este asado de ternera.

Durante toda la semana siguiente los Larrabee se desayunaron temprano. Joe estaba entusiasmado por unos bocetos con efectos matinales que pintaba en Central Park, y Delia lo mandaba para allá desayunado, mimado, elogiado y besado a las siete de la mañana. El Arte es un absorbente seductor. Por lo regular, Joe volvía a casa a las siete de la tarde.

Al terminar la semana, Delia, con reservado y lánguido orgullo, arrojó victoriosamente tres billetes de cinco dólares sobre la mesa de dos por tres decímetros que ocupaba el centro de la sala de dos por tres metros del departamento.

—En ocasiones, Clementina me desespera —dijo, mostrando cierta flojera—. Temo que no practica lo suficiente y tengo que repetirle las mismas cosas con frecuencia… Además, siempre viste totalmente de blanco y eso resulta monótono. ¡Pero el general Pinkney es un viejo encantador! Ojalá pudieras conocerlo, Joe. A veces entra cuando estoy con Clementina en el piano. Es viudo, ¿sabes? Y se queda parado allí, acariciándose la piocha blanca. ¿Y cómo van las corcheas y las semicorcheas?, pregunta siempre. ¡Si vieras el revestimiento de madera de la sala, Joe! ¡Y los cortineros! ¡Y Clementina tiene una tosecilla tan cómica! Espero que sea más sana de lo que parece. ¡Oh, me estoy encariñando con ella! ¡Es tan gentil y tan educada! El hermano del general Pinkney fue embajador en Bolivia.

Entonces Joe, con los aires de un Montecristo, sacó un billete de diez dólares, otro de cinco, otros de dos y otro de uno —todos de valor legal y corriente— y los depositó junto a las ganancias de Delia.

—He vendido la acuarela del obelisco a un individuo de Peoria ** —dijo, con tono avasallador.

—Déjate de bromas —dijo Delia—. ¿De Peoria, nada menos?

—Como lo oyes. Ojalá lo hubieras visto, Delia. Un hombre gordo de bufanda de lana y que usaba una pluma de pájaro como palillo de dientes. Vio el boceto expuesto en el escaparate de Tinkle y por un momento creyó que era un molino de viento. Pero se portó bien y lo compró de todos modos. Y me encargó otro: un óleo de la estación de carga de Lackawanna. Quiere llevárselo. ¡Lecciones de música! Oh, creo que aun en eso está el Arte.

—¡Cuánto me alegro de que hayas seguido trabajando en tus cuadros! —dijo Delia, de todo corazón—. Estás destinado a vencer, querido. ¡Treinta y tres dólares! Nunca tuvimos tanto dinero para gastar. Esta noche cenaremos ostras.

—Y filete miñón con champiñones —dijo Joe—. ¿Dónde está el tenedor para las aceitunas?

El sábado siguiente por la noche, Joe fue el primero en llegar al departamento. Extendió sus dieciocho dólares sobre la mesa de la sala y lavó lo que parecía ser una notoria cantidad de pintura oscura de sus manos. Media hora después llegó Delia, con la mano derecha envuelta en una masa informe de tiras y vendajes.

—¿Qué te ha sucedido? —preguntó Joe, después de los saludos usuales.

Delia se echó a reír, pero sin mucha alegría.

—Clementina insistió en comer una tostada con queso y cerveza después de la lección —explicó—. Es una niña tan extraña… ¡Tostadas con queso y cerveza a las cinco de la tarde! ¡Imagínate! El general estaba allí. ¡Lo hubieras visto correr en busca del tostador, Joe, como si no hubiera una sola criada en toda la casa! Sé que la salud de Clementina es delicada. ¡Es tan nerviosa! Al tomar la tostada dejó caer buena parte de ella, hirviendo aún, sobre mi mano y mi muñeca. Me dolió horriblemente, Joe. ¡La pobrecita se apenó tanto! Pero el general Pinkney… ¡Joe, el viejo enloqueció! Se precipitó al piso de abajo y mandó a alguien —al hombre que atendía la caldera o no sé a quién del sótano— a una farmacia, para que trajera un poco de ungüento y vendajes. Ahora ya no me duele tanto.

—¿Qué es esto? —preguntó Joe, tomándole con ternura la mano a Delia y tirando de una hebras blancas que estaban debajo de los vendajes.

—Es algo blando que tenía ungüento encima —dijo Delia—. Oh, Joe… ¿Vendiste otro boceto?

Había visto el dinero encima de la mesa.

—¿Qué si lo vendí? —replicó Joe. Pregúntaselo al hombre de Peoria… Hoy tuvo su estación de carga y aunque no está seguro aún, es probable que me pida otro paisaje y una vista del Hudson. ¿A qué hora de la tarde te quemaste la mano, Delia?

—Creo que eran las cinco —respondió quejumbrosamente—. La plancha… quiero decir, la tostada, fue retirada del fuego a esa hora. Valía la pena ver al general Pinkney, Joe, cuando…

—¿Qué has estado haciendo durante estas dos últimas dos semanas, Delia? —quiso saber él.

Delia afrontó valerosamente la situación durante unos instantes, con ojos llenos de amor y obstinación y murmuró un par de frases vagas sobre el general Pinkney; pero, al fin, bajó la cabeza y brotaron las lágrimas y la verdad.

—No conseguía alumnos —confesó—.Y no podía soportar la idea de que abandonaras tus lecciones. Por eso conseguí trabajo como planchadora de camisas en esa lavandería de la Calle 24. Y creo que inventé muy bien al general Pinkney y a Clementina, ¿verdad, Joe? Y cuando una muchacha de la lavandería, esta tarde, apoyó una plancha caliente sobre mi mano, dediqué todo el trayecto hasta aquí en inventar esa historia de la tostada. No estás enojado, ¿verdad, Joe? Si yo no hubiera conseguido ese trabajo, tú no habrías podido venderle tus bocetos al hombre de Peoria.

—No era de Peoria —dijo Joe, lentamente.

—Bueno, igual da. ¡Qué inteligente eres, Joe! Pero… bésame, Joe … Y… ¿qué te hizo sospechar que yo no daba lecciones de música a ninguna Clementina?

—No sospeché nada hasta esta noche —respondió él—. Y no habría sospechado nunca. Pero esta tarde mandé desde el cuarto de máquinas esa estopa y ese ungüento para una muchacha que se había quemado la mano con una plancha en el piso de arriba. He estado alimentando la caldera de esa lavandería durante las últimas dos semanas.

—De manera que tú no…

—Tanto mi comprador de Peoria como el general Pinkney son creaciones del mismo arte —dijo Joe—. Pero es un arte que no llamaría música ni pintura.

Y entonces ambos se echaron a reír y Joe comenzó:

…Cuando uno ama su Arte, ningún servicio parece…

Pero Delia lo interrumpió, poniéndole la mano sobre los labios.

—No —dijo—. Di solamente: “Cuando uno ama”.

*Juego de palabras intraducible: High: elevado; Light: fácil, ligero; Highlights: Hechos notables, acontecimientos sobresalientes (Nota del traductor)

**Ciudad de Illinois, considerada en el folklore popular americano como la quintaesencia de los Estados Unidos, y por ende, sus habitantes, el americano típico (N. del T.)

 

O. Henry. Trece cuentos. La nave de los locos. Premiá Editora, 1988

22/11/91 12.26 hr.

22/11/91 12.26 hr.

Bueno, mi 71.˚ año hay sido un año terriblemente productivo. Es probable que haya escrito más palabras este año que en cualquier otro año de mi vida. Y aunque el escritor es un mal juez de su propia obra, sigo pensando que mi escritura es tan buena como siempre; quiero decir, tan buena como la que he producido en mis buenos momentos. Este ordenador que empecé a utilizar el 18 de enero ha tenido mucho que ver con ello. Es sencillamente más fácil registrar las palabras, se transfieren más rápidamente desde el cerebro (o de donde quiera que salga esto) a los dedos, y de los dedos a la pantalla, donde se hacen visibles inmediatamente; nítidas y claras. No es la velocidad en sí misma, sino cómo todo va fluyendo: un río de palabras, y si las palabras son buenas, las dejas correr con soltura. Se acabó el papel carbón, se acabó el tener que volver a teclear los textos. Yo solía necesitar una noche para hacer el trabajo, y luego la siguiente para corregir los errores y los descuidos de la noche anterior. Las faltas de ortografía, los errores de tiempos verbales, etc., se pueden corregir ahora en el texto original, sin tener que volver a teclearlo todo, ni insertar fragmentos mi tachar cosas. A nadie le gusta leer un texto emborronado, ni siquiera al autor. Ya sé que todo esto debe sonar a tiquismiquis o a exceso de cuidado, pero no lo es; lo que hace es permitir que la fuerza o la suerte que puedas haber engendrado salga claramente a la superficie. Es un gran adelanto, la verdad, y si es así como se pierde el alma, me apunto ahora mismo.

Ha habido momentos malos. Recuerdo que una noche, después de teclear durante 4 horas largas o algo así, sentí que había tenido una asombrosa racha de suerte, y de repente —le di a alguna tecla— hubo un fogonazo de luz azul y las muchas páginas que llevaba escritas se esfumaron. Lo intenté todo para recuperarlas. Pero sencillamente habían desaparecido. Sí, lo tenía puesto en ‹‹Guardar todo››, pero no sirvió de nada. Aquello me había pasado otras veces, pero no con tantas páginas. Y podéis creerme: es una sensación infernal y horrible, cuando las páginas se desvanecen. Ahora que lo pienso, he perdido 3 o 4 páginas de mi novela en otras ocasiones. Un capítulo entero. Lo que hice esa vez fue simplemente volver a escribir todo el maldito capítulo. Cuando haces eso, pierdes algo, pequeñas brillanteces que no recuperas, pero también ganas algo, porque mientras reescribes te saltas algunas partes que no te convencían del todo, y añades otras partes que son mejores. ¿Y entonces? Bueno, en esos casos la noche se alarga mucho. Los pájaros empiezan a cantar. Tu mujer y los gatos creen que te has vuelto loco.

Consulté a algunos expertos informáticos sobre el ‹‹fogonazo azul››, pero ninguno de ellos supo decirme nada. He descubierto que la mayoría de los expertos informáticos no son muy expertos. Ocurren cosas inexplicables que sencillamente no vienen en el manual. Ahora que sé más de ordenadores creo que ya sé de algo que me hubiera permitido recuperar el trabajo que perdí en el ‹‹fogonazo azul››…

La peor noche fue cuando me senté al ordenador y se volvió completamente loco, y empezó a soltar bombazos, extraños ruidos a todo volumen, seguidos de momentos de oscuridad, una oscuridad de muerte, y luché y luché pero no pude hacer nada. Luego me fijé en algo que parecía un líquido, endurecido sobre la pantalla y alrededor de la ranura que hay junto al ‹‹cerebro››, la ranura por donde se insertan los disquetes. Uno de mis gatos había regado de semen mi máquina. Tuve que llevarla al taller. El técnico no estaba, y un vendedor retiró una porción del ‹‹cerebro››; un líquido amarillo le salpicó la camisa blanca, y gritó: ‹‹¡Semen de gato!›› Pobre tipo. Pobre tipo. Pero bueno, dejé allí el ordenador. No había nada en la garantía que cubriera el semen de gato. Prácticamente tuvieron que destripar el ‹‹cerebro››. Tardaron 8 días en arreglarlo. Durante ese tiempo volví a usar mi máquina de escribir. Era como intentar romper rocas con las manos. Tuve que aprender a mecanografiar desde cero otra vez. Tenía que emborracharme bien para hacer que aquello fluyera. Y, nuevamente, necesitaba una noche para escribir la primera versión y otra noche para corregirla. Pero me alegré de tener una máquina. Llevábamos 5 décadas juntos, y habíamos pasado muy buenos momentos. Cuando me devolvieron el ordenador me entristeció un poco volver a guardar la máquina de escribir en su rincón. Pero volví al ordenador y las palabras empezaron a volar como pájaros locos. Y ya no había fogonazos azules ni páginas que se esfumaban. La cosa iba mejor todavía. Esa ducha que le dio el gato a la máquina lo arregló todo. Sólo que ahora, cuando dejo el ordenador, lo cubro con una toalla grande de playa y cierro la puerta.

Si, ha sido mi año más productivo. El vino mejora si envejece en condiciones.

No estoy metido en ninguna competición con nadie, ni pienso en la inmortalidad; me importa un carajo todo eso. Es la ACCIÓN mientras estás vivo. La verja que se abre bajo el sol, los caballos que se abalanzan entre la luz, los jockeys, esos valientes diablillos con sus brillantes blusas de seda, yendo a por todas, corriendo a toda pastilla. La gloria está en el movimiento y en la osadía. Al carajo con la muerte. Es hoy y es hoy y es hoy. Sí.

 

CHARLES BUKOWSKI. El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Editorial Anagrama, Barcelona. 1998

Algunos aforismos

Algunos aforismos

Por Rafael Gumucio

 

El siglo XX fue el siglo del insomnio. La forma más concreta de la desesperación: no dormir, estar siempre vivo, estar doblemente vivo y quizás triplemente muerto también.

 

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El insomnio, dicen los médicos, acorta la memoria. Este siglo que como ninguno maneja archivos, recopila documentos, y que no duerme intentando recordar el más mínimo acontecimiento es el que más rápido olvida.

 

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El siglo XX ha sido el de las complejidades que lo simplifican todo.

 

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Típica confusión periodística: el tiempo y el espacio. Llaman exótico lo que es arcaico.

 

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El rey fue decapitado; pero Versalles y todos los castillos (menos las Tullerías algunos años después de la Revolución) quedaron intactos. Hogares ya no de hombres sino de una idea, de una jerarquía que funciona a la perfección sin que un jerarca la dirija por derecho divino.

 

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Triste destino francés, pasar de ser universal a ser sólo universitario.

 

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Chile país vertical suelta al pasar Jodorowsky. País estrecho y jerárquico; nadie puede sentirse en Chile a sus anchas, nadie puede postular a la amplitud.

 

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Lamento sudamericano: “No tenemos futuro, pero eso no es lo más grave; lo peor es que no tenemos pasado al cual echarle la culpa.”

 

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La palabra “corrupción” de alguna forma exculpa al ladrón. El que recibe sobornos, el que recorta presupuestos, no es un simple delincuente, sino parte de una gran mecánica teologal, de una inevitable caída del estado de gracia al infierno de la tentación.

 

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La obsesión por la corrupción casi siempre denota una nostalgia por un orden anterior a la democracia. En ésta, un vecino cualquiera, un tipo como tú, puede llegar a ser presidente. Un señor cualquiera puede tener poder. En las mentes latinoamericanas (pero también en las mentes españolas o italianas) no sabemos confiar en un igual, vigilar a un igual, juzgar aun igual sin soñar; sin esperar que sus alas de cera se quemen al sol.

 

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El izquierdista suele hablar de sentimientos cuando tiene que dar razones, y enumerar razones cuando se supone que confiesa sentimientos.

 

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Todos los que piensan distinto a mí están equivocados, empezando por mí mismo: el más equivocado de todos.

 

 

Publicado en el número 27 de la revista LÍNEAS DE FUGA, editada por Casa Refugio Citlaltépetl, A.C.

 

 

 

 

 

 

Los rostros / Francisco Hernández

Los rostros / Francisco Hernández

Lectura de Cortázar

En el jardín de Coyoacán sopla el viento de marzo,

cambia de lugar las hojas de los árboles,

el olor de las mujeres, el plumaje de las palomas.

Julio Cortázar, atado a un viejo tronco de palmera,

hace su aparición, entre fotógrafos.

Lo suben al estrado, comienza su lectura.

El viento no se lleva sus palabras.

 

 

Francisco Toledo: cerámica

En algún lugar del mundo

Francisco Toledo

abre la puerta del horno:

salen garzas-cangrejos

iguanas-peces

alacranes-grillos

sapos-tortugas

y pájaros-conejos

que se meten

en las vitrinas de los marchantes

en las colecciones

de los millonarios

en los agujeritos

de las muchachas.

 

 

Ricardo Martínez: obra reciente

Son los primeros moradores del tiempo.

Gigantes que toman posesión de un ámbito

con suaves movimientos de animales oscuros.

A ellos corresponde inaugurar la noche,

el fuego, el vaso, el hijo,

el agua entre los dedos.

Ellos fundaron las caricias del musgo,

la brasa del abrazo.

Su desnudez los cubre. Su silencio habla.

En sus manos el trigo fragua piedras espectrales.

Todo acaba de nacer y ellos lo saben.

Se tienden contra el color de fondo,

expulsan a la luz de sus dominios,

se reúnen en el centro de la tierra

y deciden que otro, su semejante,

incorpore la eternidad a su belleza.

 

 

Rodolfo Nieto: despedida

Hay una hoguera en París

sentada sobre tu pecho.

Hay un niño en Oaxaca

sentado sobre tu nombre.

 

 

Autógrafo

El hombre está sentado frente a mí, en una

habitación donde no hay nadie más. Le acerco

un libro pequeño, de pastas negras y le

pido que lo firme. Entonces el hombre se

incorpora, saca su pluma y el libro, ya inmenso,

abierto e integrado a la pared, comienza

a ser recorrido por la nerviosa mano.

Surgen árboles con nubes en vez de copas,

bestias que se alimentan de terrones,

zopilotes inmóviles en la quietud del aire y

vías de tren que pasan herrumbradas hacia

la línea del horizonte.

Rulfo cierra el libro, guarda la pluma y me

dice en silencio:

—No sueñe más. Este es mi nombre.

 

 

Rubén Bonifaz Nuño, dos moscas y un cristal

Dos moscas, una de cada lado del cristal, se miran.

¿Qué será para ellas eso que sienten, que no ven

y que sin embargo les impide tocarse?

¿Habrá tocarse para ellas?

¿Cómo se explicarán esa transparencia,

que no es la misma que observan a través de sus alas?

De pronto vuela una y ambas desaparecen.

El estira la mano, trata de alcanzar el

cristal: no existe.

Sólida y muda, entre su mano y la tarde,

cae una transparencia nueva, inexplicable.

 

 

Poema en el que se usa mucho la palabra Owen

Gambusino de perfil y de frente

Ibas a la otra orilla en busca del azufre y el mercurio

Lo sabías todo porque nunca dijiste todo lo que sabías

Bajo tu lengua la furia descubrió sueños tranquilos

En la mano de un ciego te vieron caminar a tientas

Rojo y amarillo pronto serían dos manchas del paisaje

Te aterraba la impuntualidad de la muerte

Olvidaste la puntualidad de la vida

Orfeo vencido, huiste de las estatuas y de aquello que

William Blake llamaba “porciones de eternidad”

Empieza tu ley a ser oída por sordos

No hay descanso: en tu féretro se multiplican los espejos.

 

 

César Vallejo agoniza en la Clinique Generale de Chirurgie

95 Boulevard Arago

 

Mientras se aleja de la vida, César Vallejo

piensa en una llama.

La habitación que ocupa tiene color de pus.

Una silla, un pequeño lavabo, el biombo y la

claridad que logra traspasar la ventana reducen

dimensiones entre suelo y techo.

Cubierto apenas por una sábana, Vallejo

suda y soporta la fiebre.

De pie, tres hombres lo contemplan.

En la silla, una mujer se entretiene con el

vacío de su escarcela.

Los hombres traen consigo el olor de la lluvia.

Vallejo tiene cinco días sin comer y sólo piensa

en una llama que atraviesa un río.

Los hombres se acercan y levantan el cuerpo

del poeta.

La mujer se aleja: llora de cara a la pared.

Los hombres, ya transformados en brujos,

danzan alrededor del que se muere, vociferan

extrañas letanías, queman esencias de

brillantez granate, lo someten a repentinas

succiones y pases magnéticos, hacen que camine

por el mosaico frío, lo sientan en la

silla, lo suben a la cama, leen su mano, cuentan

sus dientes, trazan jeroglíficos en su espalda,

le separan los párpados, encienden un

cirio y lo pasan una y otra vez frente a las

pupilas del hombre que, mientras se aleja de

la vida, piensa en una llama que se ahoga.

 

 

Del capítulo Los rostros

FRANCISCO HERNÁNDEZ. Oscura coincidencia. Universidad Autónoma Metropolitana. Colección Molinos de viento Serie/Poesía. Dirección de Difusión Cultural Departamento Editorial, 1986

 

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