El mundo del cambio irreversible (TeamLab)

Por Alicia González Rodríguez

A diferencia de muchas otras propuestas suyas y de otros artistas de lo digital e inmersivo, El mundo del cambio irreversible es una pieza para ver a la antigua usanza. De menores dimensiones que otras obras en las que el espectador se sumerge, esta obra requiere dirigirse a ella como se hacía con el arte hasta hace bien poco, situándose frente a la obra, pero sin que ella nos abrumase con su dominio del espacio. Somos nosotros y no ella quienes seguimos teniendo el control de la observación: nos paramos a verla y nada en nuestro entorno cambia como sucede en el arte digital que ahora es tendencia. Esa condición de mantener el control y la distancia debería alertarnos de algo. En realidad, TeamLab juega a una falsa posición en la escena. Porque una vez delante de la pieza, nos encontramos como delante de un terrario, o un acuario, mirando con curiosidad y avidez lo que ocurre en los márgenes de la obra, hipnotizados por el movimiento constante que se produce en ella. Parte de la atracción obedece a que en el escenario está el mundo en observación. No trabaja para protegerse, crecer o mejorar, funciona para perpetuar la cacería. Es como su estuviéramos convocados a una gigantesca montería en la que no hay caza menor. Lo vi al visitar el Centro de Arte Hortensia Herrero. Allí entre la multitud de obras de la colección de arte contemporáneo nos detuvimos frente a lo que en apariencia no era más que una especie de pieza en laca Coromandel negro intenso y dorados con cerezos en flor y diminutas figuritas que recrean la vida en una aldea japonesa envuelta en vaporosas nubes. Pareciera que quisieran ocultar lo que sucede a los ojos de extraños. Los ochenteros traerán a la cabeza a esos curries, habitantes de Fragel Rock, por la misma diligencia en el trabajo, la lentitud de movimientos, la sensación de hacer sin querer ser vistos.

Un pescador lleva en la mano su trofeo, otro golpea el parche del tayko, más allá un orondo señor feudal pasea parsimonioso mostrando con su actitud la arrogancia del que todo cree que lo puede. Al poco, se encienden los farolillos y nos parece entender el estallido de un castillo de fuegos artificiales iluminando la vida tranquila de los habitantes de la pieza. Una escena deliciosa de las que el europeo amante de lo exótico admiraba y si podía atesoraba en casa. Pero, ¡alto! No solamente el paisaje evoluciona, las personitas también se mueven, no es un efecto óptico. Y lo hacen respondiendo a nuestro movimiento. Acercando algo más que la mirada a esta escena panorámica comprobamos que todo parece cambiar su rumbo al ver que nos aproximamos.

The World of Irreversible Change” nos dice la vigilante de sala es el nombre de la pieza y ante la intriga de Martín de diez años, procede a detallarle lo que intuíamos; que la obra es un lienzo interactivo que reacciona a la molestia que significamos los espectadores con nuestra presencia delante de ella. Los ojos y oídos de Martín dejan de estar mustios por haberlo traído a un museo y pasan a un estado de excitado interés al conocer que, dependiendo de lo incisiva que sea nuestra presencia y por supuesto, de las intromisiones que sufran los pobladores de la aldea, podemos modificar su conducta. El entusiasmo de estar ante un videojuego a tamaño real dijéramos convierte a Martín en un ser salivante por llevar su mano a la obra. ¡No!, dice la cuidadora de la sala, porque aparte del sacrilegio de tocar lo expuesto están las consecuencias de esa inofensiva acción. Nos explica, como si fuera el vendedor del bazar de los Gremlins que, de hacerlo en una o varias ocasiones generaríamos un estrés insoportable entre la ciudadanía de este lugar idílico. Sus habitantes se verían obligados a convocar a los samuráis para defenderlos y estos provocarían matanzas, caos y desorden que ya sería imparable. La progresión del desastre iría en aumento hasta que esta civilización de juguete desapareciera ante nuestros ojos.

Escuchamos las indicaciones de la responsable de la sala, con una apostilla más: no hay ningún problema en hacerlo, pero los efectos son incontrolables. Ya ha ocurrido antes, nos dice y hay testimonios de a dónde van a parar las agresiones continuadas a una sociedad indefensa. Me recuerda a Sentinel del Norte y el interés morboso que aquella pequeña isla del Índico suscitó en su momento en Martín. Mira que le contamos que defendían su derecho a defenderse de las incursiones de forasteros incómodos, porque las autoridades de la India hacían la vista gorda ante quienes se atrevieran a profanar lo que sigue siendo un lugar inexplorado.

Lo entiendo, de lejos, piensas en que al final no será para tanto, pasas la mano con la mente y te escudas en que un mínimo cotilleo no les hará sentirse sobreobservados. La culpa será, si acaso, del que, después de ti llegue con su inocente cercanía y desate el fin del mundo. Saberse responsable es un acto difícil de asumir incluso en la adultez. Hay profesiones donde el ejercicio de la responsabilidad se presupone como la política, y es precisamente donde abundan comportamientos infantiles de imposible defensa.

Seis canales sin fin nos contemplan, porque, aunque no lo sepamos estamos ante una secuencia regresiva. Seis canales…, no entiendo. Deduzco que son las planchas de ese lacado, que en realidad es un trampantojo, un engaño visual para captar nuestra atención y transformarnos en lo que pretendíamos ser, observadores observados. Pero, además somos los actores de un ecosistema que puede transformarse en irreversible en virtud de nuestras acciones. Basta un pequeño toque, o ni siquiera, una aproximación a unos sensores ocultos a la vista del público para que se inicie un proceso de incierto desenlace. Nada que no se parezca a la vida real, sólo que, en este caso, tras la explicación somos plenamente conscientes de nuestra importancia como individuos en la vida de los otros, por diminutos que nos parezcan.

Juegan con nuestra curiosidad malsana, es cierto, presentando ante nuestros ojos un pedazo de la vida de una pequeña localidad japonesa, remota, antigua, sobre la que nadie nos diría que podríamos ejercer un pernicioso efecto, salvo que recurriéramos a una máquina del tiempo. Tal vez lo que quieren los creadores de la obra es que aprendamos a anticiparnos a la catástrofe, porque si al principio de la contemplación las flores, el agua, los seres nos parecen reproducciones inertes, más adelante entendemos que no solamente todo tiene vida y que formamos parte de esa comunidad, lejana y ajena que puede perecer por nuestra causa. El sentimiento de unidad en la supervivencia o de responsabilidad por la decadencia es evidente.

Enlaces

https://www.teamlab.art/w/world_of_irreversiblechange/

https://www.youtube.com/watch?v=fvDVu6_0vHs

Reflexión al pie

Observar o actuar. Quizá no siempre es la duda. Hay ocasiones en que la observación sin el acto subsiguiente convierte la observación en parálisis, carente de nada creativo. Actuar en cambio puede parecer cosa de persona concienciada que no requiere de la observación para apretar el botón de inicio al movimiento que cambia las cosas. La vida no es cuestión de dicotomías. Tal vez en esas situaciones en las que le sujeto está rodeado de un contexto hostil o muy activo, la observación es siempre, o casi siempre la mejor de las opciones. Por ejemplo, ser rehén de una organización terrorista podría pensarse que inicialmente es una tarea para sujetos observadores. Una observación preparatoria para la acción, porque sin el acto final el observador puede terminar víctima de su propia pasividad. Por eso el que triunfa es el aventurero dinámico que procesa con rapidez la información para decidir prontamente qué hacer sin dilación. Los observo y me observan y compruebo que mis reacciones varían cuando estoy con ellos, porque estoy alerta, pero con ellos me activo a veces en exceso, porque no tengo tiempo para observar.

¿Soy una mujer observante o de acción? Dicen que lo racionalizo todo. Tal vez por eso estoy aquí escribiendo en lugar de estar haciendo. Aunque llegado el momento los hechos han demostrado que soy más actuante que pensante. Que otra en mi lugar se lo habría pensado más y no habría hecho y habría seguido demorando la acción, sin que por ello estuviera pensando. Porque prolongar el pensamiento termina por ser improductivo, asfixiante y da dolor de estómago, ese que dicen que sufres cuando actúas impulsivamente, justo en el momento anterior a la acción, al de no pensar.

Pienso que debe haber alguna forma de que quienes se dicen personas de acción reflexionen sobre la importancia de pasar de la palabra a los hechos. Llegado el caso los activos, los del impulso transforman ese arrojo en una observación inoperante.

Preguntas al aire

¿Se puede observar sin actuar cuando es necesario? ¿Podemos matar nuestro afán de observación cuando sabemos que la acción conduce al abismo?

¿Has tenido que sujetarte alguna vez las manos para no hacer? ¿Pensaste siempre que eras buen observador hasta que en el peor de los momentos se te escapó el detalle decisivo? ¿Tus impulsos irrefrenables te han llevado por el mal camino o has sabido pararte para pensar en lo desastroso de ese dejarte llevar?

¿Llevas la observación al extremo, sin saber quitar el foco de tu objeto de estudio? ¿Te sirve para algo o es para ti irremediable?