Por Héctor Ramírez
En primera instancia el término “irreverente” suena muy fuerte, y más aún si nos remitimos a los sinónimos que ofrece un diccionario: irrespetuoso, blasfemo, impío … y antes de que mi querido Julio siga haciendo muecas y piense que vine aquí a insultarlo o a proponerlo como candidato a la hoguera, hago las aclaraciones necesarias del título de mi intervención.
Nuestro idioma es muy rico y nos brinda la posibilidad de entender las cosas de otra manera, de que algo negativo se convierta en una virtud o en un elogio, ya que, en otro sentido más amable y actual, la irreverencia también denota una actitud desenfadada y una postura en contra de quienes muestran una devoción a ciegas o un irracional fanatismo ante materias ya establecidas. Digamos que, en algunos casos, ser irreverente puede ser una forma de amor. Puede tratarse de defender lo que uno considera correcto; negarse e ir en contra de cosas que no te convencen, independientemente de que los demás lo aprueben; se trata de oponerse a caminar a ciegas con una mentalidad de oveja. Es pararse en nuestro terreno y permitir, aceptar e incluir todo lo que uno siente y alentar la expresión de eso mismo. En otras palabras, se trata de hacer el trabajo en el cual uno cree, sea o no sea popular o aceptado en el medio al que perteneces.
En lo que se refiere a su sentido del humor, nuestro querido amigo también es irreverente, y es por ello que trabajar a su lado resulta en un aprendizaje sumamente ameno. Este fue el caso de la oportunidad que tuve en el año de 2019 al curar su exposición Julio Galindo, Alquimista de la imagen, que se presentó en el Museo de la Ciudad de México. En dicha muestra se exhibieron platinos /paladio poco conocidos del maestro, para sorpresa de propios y extraños. Las sesiones de trabajo en la preparación de la exposición siempre fueron entre ocurrentes comentarios, tazas de café y risas. Esas reuniones fueron menos de las que yo hubiera deseado porque con Julio se pueden tener acuerdos de manera amable y diligente, si se tienen los argumentos que lo convenzan. Es alguien a quien no le gustan las complicaciones innecesarias, y eso se agradece.
Esto que he comentado contrasta, sin lugar a dudas, con el rigor y la seriedad con la que Julio realiza su trabajo. Ya sea en el momento de decidir una imagen o en el laboratorio, nuestro fotógrafo siempre se muestra preciso y acertado. En el caso de la toma fotográfica, he tenido la oportunidad de ver cómo —de manera muy afable— Galindo es capaz de obtener lo que le interesa de un “alguien”, de “cualquier alguien” en la calle; o de establecer relaciones a larguísima distancia con artistas que se encuentran del otro lado del mundo, según me ha comentado. Siempre dispuesto a actualizarse, Julio ha cambiado las computadoras de la generación de Apple que tenían una carcaza de atractivos colores, los scanners y el equipo que almacenaba en el departamento de insurgentes, muy cerquita del metro Chilpancingo, por el teléfono celular con el que captura los rincones de su adorado Tlalpan, aunque de las cámaras nadie lo separará nunca. Se las ha ingeniado para, en un mínimo espacio, montar un taller en el que sigue haciendo magia con químicos, papeles y reveladores.
Sin duda es muy activo en Facebook, publicando alternadamente sus ya icónicas imágenes con fotos que recién ha obtenido en uno de sus paseos mañaneros. Debo decirlo, recibir un comentario suyo en el feis, con su ya clásico “me gusta mucho tu foto” es una halagadora y estimulante motivación, porque se trata del elogio de un maestro que, por supuesto, forma parte ya de los fotógrafos mexicanos cuyas imágenes pasarán a la posteridad de esta disciplina en México y en muchas partes del mundo.
Esta última afirmación es la que hace muy relevante lo que hoy nos reúne aquí, en el recinto ideal para hablar de los libros de un gran fotógrafo y quisiera, si me lo permiten, referirme en primera instancia al titulado Lo íntimo de lo otro.
Esta obra, pequeña en sus dimensiones, pero enorme en su contenido, es un auténtico vademécum, término que durante mucho tiempo se utilizó para referirse a manuales o guías lo suficientemente compactos como para llevarlos en un bolsillo profundo. El significado de la frase en latín es “ve conmigo” y resulta que Lo íntimo de lo otro es una invitación para ver una parte, una mínima pero inteligente selección de fotografías en blanco y negro de la incalculable cantidad de imágenes que Julio, como buen prestidigitador con una cámara, se guarda bajo la manga.
El volumen está dividido en cuatro secciones: naturalezas, personajes, desnudos y calle. Antes de referirme a estos apartados, me gustaría detenerme en el deslumbrante texto que José Antonio Rodríguez escribió para la publicación con el título Julio Galindo, regreso a las vanguardias. Rodríguez hace un breve pero suculento recuento histórico de los orígenes de la técnica del platino/paladio, hasta llegar a lo que el denomina “la platinomanía”, excusándose por el neologismo. Con ello se refiere a la pasión que esta técnica desató en los ya lejanos albores del siglo XX. La admiración y respeto mutuo entre José Antonio Rodríguez y Julio Galindo se ve reflejado en este texto, pues José Antonio alterna citas directas de palabras pronunciadas por Julio con referencias de entrevistas realizadas por terceros y por el propio Rodríguez.
En su texto nos habla de los inicios del romance del maestro Galindo con la técnica y del éxito que tuvieron sus talleres cuando decidió compartir su conocimiento a mediados de los noventa en el Centro de la imagen; también menciona y hace encomio del Manual que Julio publicó acerca de la técnica del platino / paladio. José Antonio comenta y cito textualmente “Así, Galindo así se volvió en el principal impulsor −y con ello educador− de la técnica. Cuidadoso y severo en sus enseñanzas”. Con la erudición que le caracterizaba, José Antonio hace un recuento de lo que él considera las más importantes influencias en el trabajo de Julio Galindo: el francés Eugene Atget, referencia esencial para las vanguardias, por sus vidrieras, sus aparadores y sus calles parisinas y nos dice “Galindo ha asumido aquellas enseñanzas y vuelve a descubrir la calle atgeana, si se nos permitiera este otro neologismo“.
Después enumera otros grandes como Cunningham, Weston, Strand, Blossfeldt… pero no les voy a revelar las comparaciones que hace para no estokear el libro y para que se animen a comprarlo. Solo les diré que a Irving Penn lo considera figura tutelar y afirma “Julio Galindo se volvió así en un heredero de su propia historia. Del caudal inagotable de las vanguardias en las que él persiste en su búsqueda”.
En su texto José Antonio Rodríguez habla de Julio como “un flâneur por naturaleza”, haciendo alusión al personaje creado en el siglo XIX y deliciosamente descrito por el gran poeta Baudelaire, al escribir:
Vemos venir a un ropavejero que asiente con la cabeza,
tropezando y chocando contra las paredes como un poeta,
y, sin preocuparse por los soplones, sus súbditos,
derrama todo su corazón en proyectos gloriosos.
Entiendo y aplaudo esta aproximación de José Antonio a los intereses de Julio Galindo por recorrer y capturar imágenes en las calles, sin embargo, y porque creo que Julio es un irreverente, en el sentido más positivo como ya expliqué, me parece que Galindo es un flâneur en todo lo que hace: en las calles, en los desnudos, en sus naturalezas y al retratar a sus personajes. Lo íntimo de lo otro nos entrega imágenes poderosas, sin importar el tema del que se trate. El blanco y negro (con todos sus grises) es un viaje onírico de este nuestro paseante que se regodea en los brillos de las pieles, en las máscaras que ocultan o desenmascaran a los personajes retratados; en los individuos que azorados o quizá tímidos o sin duda arrogantes, le permiten ser capturados por su lente; en las naturalezas que no tienen una “lógica” en su composición, pues nada de natural puede haber en rocas sujetadas por alambres; o en quiméricas mesas en las que se sirven frutos o alimentos que no nos atreveríamos a consumir para no romper el hechizo de la imagen.
Antes hablaba yo del vademécum y esta obra es un pequeño manual de los intereses visuales de Galindo, las mujeres desnudas pero sin rostro que llamaron la atención de Guillermo Kahlo, las calles que José Antonio Rodríguez describe como atgeanas, los teporochos icónicos del fotógrafo, casi vencidos, pero no del todo porque tienen la voluntad de mantenerse sentados sin derrumbarse, con la esperanza del próximo trago; un vertiginoso tiovivo o las sensuales curvas de la parrilla de un coche clásico. Todas forman parte de la entelequia del Maestro y nos las entrega como él las imagino, en blanco, grises y negro. El otro libro, motivo de esta reunión titulado El color de lo cotidiano, está en el extremo opuesto, no solo porque contiene imágenes en color, sino por su esencia propia: se trata de ese objeto que se ama, que se atesora por quienes aprecian un ejemplar cuidadosamente pensado y ejecutado. Como si fuera una joya, está custodiado en una caja cuya manufactura es impecable y que contiene, además, un giclée firmado por Julio Galindo.
El título me parece una paradoja ya que las fotografías que contiene, pueden pertenecer a la categoría de “lo cotidiano” pero resultan inhabituales y es que la mayoría de las personas difícilmente se detienen a ver lo que sucede a su alrededor. Siguiendo con mi aseveración acerca de la irreverencia de Julio, sus fotografías en color son explosivas, inefables, con una fuerza inusitada sin importar de qué se trate: una fachada, un cementerio, una serie de puestos ambulantes, monstruos inflables o graffitis. A diferencia del libro en blanco y negro que tiene un carácter etéreo, El color de lo cotidiano nos enfrenta a la realidad, nos la restriega en la cara ya sea con una colorida, escandalosa y estridente muerte, o bien en los rostros adustos de mujeres trabajadoras, en enloquecidos disfraces carnavalescos, en la soledad de casas probablemente habitadas por fantasmas, en mesas de restaurante en donde quizá hace apenas un momento rompieron los amantes. Lo cotidiano para Julio Galindo está en solitarias calles y espacios o en la muchedumbre compuesta por anacoretas en penitencia del alma, disfrazados… o no. El texto para esta edición estuvo a cargo de Emma Cecilia García Krinsky quien rememora las reuniones de Galindo con Alejandro Parodi y Jesús Sánchez Uribe en el mítico café La Habana y nos refiere cómo en ese lugar se gestó el viaje de Julio a San Francisco, California, para entregarse de lleno a la fotografía, casi emulando a quienes ahí, en ese restaurante, se organizaron para “revolucionar” una isla caribeña. García Krinsky hace un recorrido por las imágenes que conforman el libro y cede ante una tentación que a todos nos seduce frente a las fotografías de Galindo: narrar, interpretar, explicar para, inevitablemente, terminar en el elogio.
No puedo concluir esta intervención sin agradecer a Quetzal León (que por cierto también se le da a irreverencia) y a La Herrata Feliz, la afortunada y ¿por qué no decirlo? la dichosa decisión de entregarnos estos dos impecables volúmenes con fotografías del maestro Galindo. Estos dos libros hacen evidente el amor y respeto que Quetzal tiene por la imagen al ser él también fotógrafo y sus habilidades en el diseño y gusto editorial son patentes. Por supuesto el cariño y la admiración por Julio se pueden ver en estas páginas que, sin duda son un importante legado de este par de queridísimos irreverentes.
Este texto fue leído por el autor en el Museo Archivo de la Fotografía, durante la presentación de los libros LO ÍNTIMO DE LO OTRO y EL COLOR DE LO COTIDIANO del fotógrafo Julio Galindo y editados por la editorial La Herrata Feliz. Enero 2025





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