Cualquier definición de un arte, que trate de limitar sus terrenos y trazar sus límites con fórmulas artificiosas sólo puede ser arbitraria; así lo he afirmado repetidas veces, y sostengo que a cada arte le corresponde una función precisa, que, por lo general, no debe ser asumida por artes hermanas, sostengo igualmente, que de nada serviría cualquier intento de dar carácter absoluto a sus prerrogativas y características. Por eso quienes estudian la arquitectura, este proto-arte, este arte que, para muchos es, y no sin razón, “progenitor” de todos los demás, han tratado una y otra vez de definirla como “arte del espacio”, del ritmo, de la habitación, o de plano, como arte del “espacio interno”, del “dominio étnico”; todos, sin embargo, han olvidado otras funciones esenciales de la misma, y dado otras tantas funciones esenciales de la misma, y se han limitado a la definición de uno de los aspectos, no siempre el más importante.

Por eso, cuando afirmo que la arquitectura es el arte de la medida no pretendo excluir ninguna de las otras definiciones, sino que estoy dispuesto a aceptarlas o rechazarlas según los casos y las circunstancias. La arquitectura es, ciertamente, el arte de la delimitación y de la repartición espacial y más que ninguna de las otras, el arte del número y de la medida aplicados a la creación y, con esta acepción, hablamos de “arquitectura de un poema, de una sinfonía, de un film” y por ello entendemos justamente el ritmo, la proporción, la repartición dimensional, del poema, del film, del drama, etc., reconociendo ya con ello a la arquitectura una particular disposición hacia la “métrica”. También en los casos en los que esa “métrica” y esa medida se hacen extensivas a las artes temporales —música, danza— la comparación sigue siendo válida; es decir, resulta obvio que la antigua división entre artes del tiempo y del espacio, fue sólo un medio cómodo para su estudio, pero como en realidad, también en la arquitectura, arte típicamente inmóvil y estática, es posible concebir una especie de “duración musical”, derivada de su peculiar escansión rítmico-temporal: la arquitectura en su valor espacial escande un “tiempo”, y de esa manera crea la ”duración” que toma forma y se consolida en ritmo inmóvil, de orden estático, no por eso privado de la capacidad de un movimiento temporal interior. Podemos, pues, establecer que la arquitectura está constituida por “un espacio”, externo e interno a la vez, espacio que, a diferencia del de la escultura, más que “inscribirse” en el espacio exterior, lo abarca, lo delimita interior y exteriormente y lo convierte al mismo tiempo en espacio habitable en todas las acepciones. Por eso la arquitectura no es como algunos pretenden, el “arte de la habitación”, sino también el de los puentes, de los obeliscos, de los jardines, de los estadios, de las exposiciones, y en su más amplia acepción, como veremos adelante, el de los objetos artesanales, y en la actualidad el de los industriales, puesto que las relaciones entre arquitectura y “formas de los útiles” son, sin duda, de la más estrechas e indisolubles.

Para probar que la arquitectura no es únicamente arte del espacio interno, basta observar las construcciones “macizas”; obeliscos, puentes y las muchas estructura nuevas creadas por las industrias modernas: destilerías, plantas de refrigeración, depósitos de almacenamientos, torres metálicas, que tejen en el paisaje actual extrañas arborescencias metálicas “seccionando” el espacio circundante, y creando nuevos horizontes estructurales.

No es posible discurrir de arquitectura, como tampoco de la música, sin poseer un vasto bagaje de nociones especializadas, que no pueden resumirse ni condensarse aquí por falta de espacio. Muy escasas disciplinas han sido tema de tantas publicaciones ilustrativas y analíticas, hasta el punto que podría afirmarse que, entre las artes, la arquitectura es la privilegiada de nuestro siglo.

La razón es obvia: únicamente la arquitectura reúne, por lo general, los dos polos de la utilidad y belleza y, si no logra alcanzar la belleza, cosa que por desgracia ocurre muy a menudo, consigue irremisiblemente la utilidad y por eso — única entre las artes— puede permitirse el lujo de una extensa publicidad directa e indirecta y asociar sus obras más “puras” e ideales a las grandes empresas industriales y a las vastas especulaciones financieras. El interés de “mercado” que la pintura, el teatro, la literatura alcanzan sólo en segundo lugar, como tardía especulación, constituye, por el contrario, la base misma del arte de construir. No es extraño pues, que este arte encuentre terreno propicio para sus empresas, y para sus caprichos también, traducidos muchas veces en macizos edificios, destinados a dar albergue a vastos sectores de población y a insertarse robustamente en la vida económico-social de la humanidad.

Eso también explica por qué la arquitectura actual está libre de compromisos con el pasado, en sus más importantes manifestaciones; precisamente porque la ósmosis continua entre dato estético y dato técnico-económico, tiene la posibilidad de librarse mejor que las otras artes de los estorbos y convenios de un pasado extinto para siempre.

DORFLES, Gillo. EL DEVENIR DE LAS ARTES, Fondo de Cultura Económica, Colección Breviarios 170, 1963. 367 pp.

 

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