Conversaciones en la Casa de la Cascada

Conversaciones en la Casa de la Cascada

por Juan José Díaz Infante

Junio 2026

«Una idea es la salvación a través de la imaginación»

Frank Lloyd Wright

Tuve la oportunidad de viajar a Pittsburg hace unos días, la idea era un scouting al museo de Warhol. Sin embargo para mí, era una excusa, lo más esencial era ir a visitar la casa Fallingwater de Frank Lloyd Wright, este viaje paralelo, no fue una excursión arquitectónica. Fue una conversación de recuerdos, de ideas, de tiempos y de espacios.

Hay personas que visitan edificios o, como casi todos, que pasan indiferentemente enfrente de ellos. Yo, en cambio, hablo con ellos. Siempre lo he hecho. La razón, porque crecí entre arquitectos. Y mis amigos arquitectos son gente que ama la estética, lo bello, el diseño; aman encontrar nuevas soluciones, aman encontrar nuevos espacios. Más allá de memorizar algo o la experiencia de ser erudito, es estar en contacto con gente que tiene pasión por algo que no sea acumulación de dinero. Tal vez porque desde niño entendí que un trazo de lápiz sobre un papel puede ser un universo, una línea recta bien dibujada nunca es solamente una línea recta. Detrás de ella hay una decisión, una batalla, una obsesión, una renuncia. Los edificios hablan. Hablan de sus autores, de sus habitantes y de las épocas que los hicieron posibles. Por eso, cuando llegué a la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright, no escuchaba únicamente a la guía que nos acompañaba por los espacios. Tampoco escuchaba demasiado a los turistas que se acumulaban en las habitaciones. Escuchaba otras voces.

La primera era la de mi padre, el arquitecto Díaz Infante. Su voz aparecía cada vez que observaba un encuentro entre materiales, una proporción particularmente afortunada o una solución estructural tan simple que parece imposible. Los hijos de arquitectos aprendemos a mirar antes de saber qué estamos mirando. Aprendemos que los edificios no terminan en las fachadas, que la verdadera arquitectura ocurre en las decisiones invisibles.

Esa voz venía de mucho más atrás, incluía a mis abuelos. Era la de las casas de mis abuelos hechas por mi padre. Mientras recorría Fallingwater, las superficies de piedra, el piso lo había visto antes, deja vu, mi padre había aplicado las mismas texturas a la casa de Cuernavaca, Helelná. Los muros los había yo visto en la casa de los abuelos en Montes Auvernia hechos en mármol blanco. Demasiadas voces en mi cabeza, pero buenas voces. La lectura de códigos es una experiencia fascinante, encontrar los mensajes de las poéticas de los artistas, enterrados en una esquina, poder relacionar el conocimiento acumulado es un placer inexplicable. Las cosas pensadas tienen memoria. Las cosas sin pensar, lo que proyectan es la ambición desmedida, y eso es de parásitos y destruye la memoria. De pronto, Pennsylvania desaparecía y yo volvía a recorrer habitaciones de la infancia. La arquitectura se trata puertas, no solamente físicas, sino dimensionales, las soluciones universales, tienen esa capacidad extraordinaria de conectar lugares que nunca se han conocido.

Y luego apareció otra voz. No era la de Frank Lloyd Wright. Era la de Howard Roark. En mi memoria sigue existiendo una televisión colocada arriba del refrigerador. Una televisión en blanco y negro cuya recepción dependía de una antena improvisada, mitad antena de conejo y mitad gancho de ropa. Ahí vi a Gary Cooper interpretando al Arq. Roark en El Manantial. Para muchos es una película. Para mi padre era una declaración de principios.

El discurso final en defensa de la creatividad individual. La idea de que toda creación importante comienza cuando alguien decide confiar en su propia visión antes que en la aprobación de los demás. Esa voz me susurraba de manera incansable durante toda la visita. Por eso me resultaba difícil prestar atención a las explicaciones convencionales de la señorita. Mientras la guía describía, como la familia Kauffman, había confiado en Wright, el presupuesto original de 30 mil dólares, el costo final con ampliaciones de 130 mil dólares, también 11 mil dólares de honorarios del arquitecto y que el precio promedio de una casa de la época era de 5 mil dólares, otras fechas y dimensiones, yo escuchaba otra conversación. Una conversación sobre la obstinación necesaria para imaginar una casa encima de una cascada en lugar de frente a ella.

En 1934, de veinte años, Edgar Jr. ingresó como aprendiz en Taliesin. Taliesin funcionaba como una mezcla de taller, escuela, granja y comunidad artística. Los aprendices vivían con Wright, trabajaban en proyectos, construían, cultivaban la tierra y participaban en la vida cotidiana del estudio. Allí desarrolló una relación personal con Wright y quedó cautivado por sus ideas sobre la arquitectura orgánica. La experiencia fue tan influyente que, cuando sus padres buscaban a quién encargar una casa de campo en Bear Run, Edgar Jr. promovió activamente la idea de contratar a Wright. Hay una ironía interesante: cuando los Kaufmann contrataron a Wright, éste atravesaba un periodo en el que muchos críticos lo consideraban una figura del pasado. Tenía casi setenta años y llevaba años sin producir una obra de gran repercusión. Fue precisamente el encargo de Fallingwater el que contribuyó a relanzar su prestigio internacional.

Edgar Kaufmann Jr. fue el intermediario entre dos mundos: llevó a su familia hacia Wright, y llevó a Wright hacia la oportunidad de crear una de las obras más importantes del siglo XX. Sin aquel joven que llegó a Taliesin buscando aprender, es posible que Fallingwater nunca hubiera existido. De alguna manera es una gran comedia que la familia Kauffman, solamente quería una casa de fin de semana. Sin embargo Frank Lloyd Wright a sus 67 años, tejía otra cosa, un laboratorio de ideas.

A unos metros de mí, un visitante ocupaba exactamente el centro de una habitación. Parecía incapaz de comprender que estaba anulando el espacio. La guía tampoco lograba explicarlo. La arquitectura no se mira desde el centro. Se mira desde las esquinas. Hay que acercarse a los límites para comprender los claros, las tensiones, las direcciones invisibles que organizan una habitación. Un espacio se entiende cuando uno descubre cómo respira.

Cito el discurso un fragmento del discurso de defensa de Roark:

«El hombre que piensa debe pensar y actuar por sí mismo. La mente racional no puede funcionar bajo ningún tipo de coacción. No puede subordinarse a las necesidades, opiniones o deseos de los demás. No es objeto de sacrificio. El creador se rige por su propio criterio; el parásito sigue las opiniones de los demás. El creador piensa; el parásito copia. El creador produce; el parásito saquea. La preocupación del creador es la conquista de la naturaleza; la del parásito es la conquista de los hombres. El creador requiere independencia. Ni sirve, ni gobierna. Se relaciona con los hombres mediante el libre intercambio y la elección voluntaria. El parásito busca el poder. Desea someter a todos los hombres a una acción común y a una esclavitud compartida. Afirma que el hombre no es más que una herramienta al servicio de los demás; que debe de pensar como ellos piensan, actuar como ellos actúan y vivir en una servidumbre abnegada y sin alegría, al servicio de cualquier necesidad que no sea la suya propia…»

El Manantial de Ayn Rand.

Quizá por eso las visitas guiadas suelen quedarse cortas. Explican los datos pero no las ideas. Hablan de fechas, presupuestos y propietarios, pero rara vez de aquello que realmente importa: la emoción intelectual que produjo una decisión de diseño.

En Fallingwater cada muro parece preguntarse cómo reconciliar la roca con el aire. Cada voladizo plantea nuevamente una pregunta que acompaña a la arquitectura desde los tiempos del dolmen: ¿cómo sostener más con menos? ¿Cómo vencer la gravedad sin negarla? Los domos, los arcos, los dinteles y los cantiléveres forman parte de una misma conversación humana que lleva miles de años desarrollándose.

Por eso caminar por la casa no se parecía a recorrer un museo. Se parecía más a participar en una discusión iniciada mucho antes de que yo naciera. Los grandes cantiléveres inspirados en los estratos rocosos de la montaña, la integración de la piedra extraída del propio terreno y la fusión entre construcción y paisaje son el resultado de una visión singular llevada hasta sus últimas consecuencias.

«Una casa puede tener integridad, igual que un hombre.»

Frank Lloyd Wright

 

De este modo, Fallingwater representa la materialización arquitectónica de las ideas defendidas por Roark. La casa demuestra que la innovación auténtica rara vez nace de seguir modelos establecidos; surge cuando alguien tiene la confianza suficiente para imaginar una realidad diferente. Por ello, la Casa de la Cascada no sólo es una residencia extraordinaria, sino también un símbolo de la capacidad humana para transformar una intuición personal en una obra universal.

Finalmente, casi un siglo después de su construcción, Fallingwater sigue recordándonos que las grandes creaciones culturales nacen de individuos que se atreven a pensar más allá de lo conocido. Esa es la razón por la que la casa continúa pareciendo contemporánea: porque, al igual que las ideas de Roark, fue concebida desde la convicción de que el futuro pertenece a quienes tienen la imaginación y la voluntad de construirlo.

Wright estaba ahí, por supuesto.También Roark.También mi padre.También mis abuelos.Y, entre el sonido constante de la cascada y las terrazas suspendidas sobre el bosque, comprendí que las grandes obras de arquitectura sobreviven porque nunca terminan de decir lo que tienen que decir. Siguen hablando. Siguen formulando preguntas.

Lo único que debe hacer el visitante es aprender a escuchar

«No hablaron del juicio, pero

ninguno de ellos hacía ningún esfuerzo para evitar el

tema. Roark se sentó en la mesa de dibujar y les habló

del futuro de la industria de materiales plásticos.»

(Ayn Rand. pag 510, de El Manantial)

Fotografías © Juan José Díaz Infante

Las pieles del espacio

Las pieles del espacio

Por Juan José Díaz Infante

El modernismo mexicano regresa con fuerza: el Museo Internacional del Barroco prepara magna exposición del arquitecto Juan José Díaz Infante Núñez, que mostrará una pequeña parte del Archivo Díaz Infante. Un magno archivo de Arquitectura y Arte de México que empieza en los 50’s hasta nuestros días que incluye arquitectura, historia del dibujo, fotografía, video, perfomance, instalación, arte electrónico y todo tipo de documentos históricos

En una esperada celebración del legado visionario del arquitecto Juan José Díaz Infante Núñez, el Museo Internacional del Barroco alista una exposición sin precedentes que reunirá más de 100 piezas de archivo antológicas de una de las figuras más audaces e influyentes de la arquitectura mexicana del siglo XX y XXI. Aún en fase de negociación, se prevé su inauguración en septiembre de este año y se perfila ya como uno de los eventos culturales más relevantes de 2025.

La muestra incluirá obras emblemáticas como el edificio de la Bolsa Mexicana de Valores, considerada por expertos como el edificio que inaugura formalmente el Modernismo en México, y la monumental Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (TAPO), cuyo domo circular —del tamaño del domo de la Basílica de San Pedro en Roma— la consagró como la estación de camiones más grande del mundo en su tipo. Ambos proyectos no solo definieron un estilo, sino que también simbolizan una etapa de profundo optimismo y transformación potencial de México.

 Pero la exposición no se limitará a repasar los hitos construidos por el arquitecto. Incluirá una sección dedicada a Kalikosmia, su revolucionaria teoría arquitectónica que plantea una lectura espacial entre la utopía, el lenguaje cósmico, el tema de los sismos y la responsabilidad social. Un discurso que no se escucha de manera usual en los círculos académicos o profesionales de los bienes raíces.

La muestra abordará también su trabajo en arquitectura espacial, sus incursiones en el diseño de hábitats extraplanetarios y, sobre todo, sus soluciones de arquitectura social pensadas para un México del futuro: viviendas populares prefabricadas, usando el plástico por sus propiedades indestructibles, cambiando el paradigma del plástico como un producto desechable, inclusive proyectos urbanos integrales adelantados a su tiempo, prever una arquitectura ligera para una ciudad construida sobre un lago, saber calcular edificios para los eventos sísmicos, la honestidad como una atribución fundamental para que no se caigan los edificios, la piel del espacio es un problema de pensamiento que trasciende el estilo y él lo denomina «diseño de espacios y sistemas» en vez de arquitectura.

El precedente inmediato de esta iniciativa —la exposición en Bellas Artes y el Museo Nacional de Arquitectura hace algunos años— atrajo a más de 30,000 visitantes, y las expectativas para esta nueva entrega son aún mayores. La curaduría se centrará no sólo en mostrar planos, maquetas y fotografías, sino también en generar una experiencia inmersiva que permita al visitante entender el pensamiento transdisciplinario de Díaz Infante, que unía arte, ciencia, tecnología, arquitectura y compromiso social.

Para los organizadores, esta exposición representa una oportunidad histórica para volver a colocar a Díaz Infante en el centro del debate cultural y arquitectónico del país, y para que nuevas generaciones redescubran una obra que se adelantó décadas a su tiempo. Puebla, con su creciente perfil cultural y el carácter vanguardista del Museo Internacional del Barroco, parece ser el escenario ideal para esta retrospectiva. Arquitectura enmarcada por arquitectura.

Se espera que en las próximas semanas se confirme la fecha oficial de apertura. Mientras tanto, el mundo de la arquitectura, las artes y la cultura ya aguarda con expectación el regreso de una mente que nunca dejó de mirar hacia el futuro.

Semblanza del arquitecto Juan José Díaz Infante Núñez

Es parte de la generación 54 de la UNAM donde se gradúa de Arquitecto. Es fundador del equipo de fútbol Pumas. Ingresa a trabajar como Diseñador Industrial en 1961 a DM Nacional y es responsable del diseño de la Linea H de escritorios. En 1966 diseña su primera casa de plástico Aztecalita como una solución a la vivienda social.  Pemex, una empresa de petroquímicos debe de ser la responsable de la vivienda digna de la que habla la Constitución, sobre todo diseñando un molde que incluye los muebles. En 1969 diseña la Casa Popular Durango bajo el mismo concepto usando la fibra de vidrio. Se construyen más de 4000 casas de este tipo, algunas todavía sobreviven en distintas partes del país. En 1979 construye la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente (TAPO), en ese momento el domo de concreto presforzado y acrílico más grande del mundo. En 1980 hace el edificio de Citibank, la primera fachada de vidrio espejo y un edificio de 4 fachadas, generando gran polémica de la Escuela Mexicana de Arquitectura. En 1985 diseña su casa de Amsterdam 270, un proyecto exitoso de la asísmica. En 1990 termina el edificio de la Bolsa Mexicana de Valores. En 1995 diseña una nueva casa de plástico de rotomoldeo que gana el premio mundial de rotomoldeo. . En sus 50 años de arquitecto proyectó más de 200 edificios y construyó más de 100. Trabajando para firmas como American Express, Procter & Gamble, Probursa, la Secretaría de Economía y la Contraloría. Hacia el final de su vida empieza a proyectar arquitectura esférica, se puede ver la escultura en la UNAM donada por la generación 54, también en la UNAM se puede ver el edifico de la Cantera de los Pumas. Se le han hechos muchos reconocimientos entre los que destacan homenajes del Colegio de Arquitectos y  el reconocimiento del premio Tolsá.

El presente artículo ha sido publicado simultáneamente en el periódico PLAZA DE ARMAS de Querétaro.

 

 

 

 

 

 

 

La arquitectura como arte de la delimitación

La arquitectura como arte de la delimitación

Cualquier definición de un arte, que trate de limitar sus terrenos y trazar sus límites con fórmulas artificiosas sólo puede ser arbitraria; así lo he afirmado repetidas veces, y sostengo que a cada arte le corresponde una función precisa, que, por lo general, no debe ser asumida por artes hermanas, sostengo igualmente, que de nada serviría cualquier intento de dar carácter absoluto a sus prerrogativas y características. Por eso quienes estudian la arquitectura, este proto-arte, este arte que, para muchos es, y no sin razón, “progenitor” de todos los demás, han tratado una y otra vez de definirla como “arte del espacio”, del ritmo, de la habitación, o de plano, como arte del “espacio interno”, del “dominio étnico”; todos, sin embargo, han olvidado otras funciones esenciales de la misma, y dado otras tantas funciones esenciales de la misma, y se han limitado a la definición de uno de los aspectos, no siempre el más importante.

Por eso, cuando afirmo que la arquitectura es el arte de la medida no pretendo excluir ninguna de las otras definiciones, sino que estoy dispuesto a aceptarlas o rechazarlas según los casos y las circunstancias. La arquitectura es, ciertamente, el arte de la delimitación y de la repartición espacial y más que ninguna de las otras, el arte del número y de la medida aplicados a la creación y, con esta acepción, hablamos de “arquitectura de un poema, de una sinfonía, de un film” y por ello entendemos justamente el ritmo, la proporción, la repartición dimensional, del poema, del film, del drama, etc., reconociendo ya con ello a la arquitectura una particular disposición hacia la “métrica”. También en los casos en los que esa “métrica” y esa medida se hacen extensivas a las artes temporales —música, danza— la comparación sigue siendo válida; es decir, resulta obvio que la antigua división entre artes del tiempo y del espacio, fue sólo un medio cómodo para su estudio, pero como en realidad, también en la arquitectura, arte típicamente inmóvil y estática, es posible concebir una especie de “duración musical”, derivada de su peculiar escansión rítmico-temporal: la arquitectura en su valor espacial escande un “tiempo”, y de esa manera crea la ”duración” que toma forma y se consolida en ritmo inmóvil, de orden estático, no por eso privado de la capacidad de un movimiento temporal interior. Podemos, pues, establecer que la arquitectura está constituida por “un espacio”, externo e interno a la vez, espacio que, a diferencia del de la escultura, más que “inscribirse” en el espacio exterior, lo abarca, lo delimita interior y exteriormente y lo convierte al mismo tiempo en espacio habitable en todas las acepciones. Por eso la arquitectura no es como algunos pretenden, el “arte de la habitación”, sino también el de los puentes, de los obeliscos, de los jardines, de los estadios, de las exposiciones, y en su más amplia acepción, como veremos adelante, el de los objetos artesanales, y en la actualidad el de los industriales, puesto que las relaciones entre arquitectura y “formas de los útiles” son, sin duda, de la más estrechas e indisolubles.

Para probar que la arquitectura no es únicamente arte del espacio interno, basta observar las construcciones “macizas”; obeliscos, puentes y las muchas estructura nuevas creadas por las industrias modernas: destilerías, plantas de refrigeración, depósitos de almacenamientos, torres metálicas, que tejen en el paisaje actual extrañas arborescencias metálicas “seccionando” el espacio circundante, y creando nuevos horizontes estructurales.

No es posible discurrir de arquitectura, como tampoco de la música, sin poseer un vasto bagaje de nociones especializadas, que no pueden resumirse ni condensarse aquí por falta de espacio. Muy escasas disciplinas han sido tema de tantas publicaciones ilustrativas y analíticas, hasta el punto que podría afirmarse que, entre las artes, la arquitectura es la privilegiada de nuestro siglo.

La razón es obvia: únicamente la arquitectura reúne, por lo general, los dos polos de la utilidad y belleza y, si no logra alcanzar la belleza, cosa que por desgracia ocurre muy a menudo, consigue irremisiblemente la utilidad y por eso — única entre las artes— puede permitirse el lujo de una extensa publicidad directa e indirecta y asociar sus obras más “puras” e ideales a las grandes empresas industriales y a las vastas especulaciones financieras. El interés de “mercado” que la pintura, el teatro, la literatura alcanzan sólo en segundo lugar, como tardía especulación, constituye, por el contrario, la base misma del arte de construir. No es extraño pues, que este arte encuentre terreno propicio para sus empresas, y para sus caprichos también, traducidos muchas veces en macizos edificios, destinados a dar albergue a vastos sectores de población y a insertarse robustamente en la vida económico-social de la humanidad.

Eso también explica por qué la arquitectura actual está libre de compromisos con el pasado, en sus más importantes manifestaciones; precisamente porque la ósmosis continua entre dato estético y dato técnico-económico, tiene la posibilidad de librarse mejor que las otras artes de los estorbos y convenios de un pasado extinto para siempre.

DORFLES, Gillo. EL DEVENIR DE LAS ARTES, Fondo de Cultura Económica, Colección Breviarios 170, 1963. 367 pp.