por A.K.L

El aire olía a mezcal quemado y a tacos de canasta sudando en sus cestas de mimbre, como si la noche misma hubiera decidido emborracharse con nosotros. Era el cumpleaños de nuestro querido Juan, nuestro maldito héroe, nuestro amigo, el tipo que podía mirar a la muerte a los ojos y convencerla de tomarse un trago en lugar de llevárselo. El lugar, un rincón mágico, perdido de la Ciudad de México, donde el folklor se pegaba a las paredes como pintura fresca: con grabados imposibles, macarrones sonriendo en la barra, y un altar con su DJ que parecía gritarle al universo que aquí, esta noche, nadie se iba a morir de aburrimiento.

Juan, con su sonrisa que era mitad rugido, mitad poema, estaba en el centro de todo, como un sol que sabe seguir ardiendo. Los 400 conejos, esos espíritus del mezcal que flotaban en cada copa, parecían danzar a su alrededor, susurrándole secretos que lo hacían reír más fuerte. El tipo era una fuerza, un lienzo viviente de todo lo que México tiene de chingón: el arte, la sangre, la memoria, el desmadre.

La música era un viaje en el tiempo. La DJ —una ninfa con cara de saberse todos los secretos de los 80 y los 90— pinchaba discos que nos hacían retroceder a los días en que el mundo parecía más sencillo, o al menos más ruidoso. Michael Jackson se mezclaba con Los Fabulosos Cadillacs, y de pronto sonaba un himno del noreste caliente 45° de Plastilina Mosh que hacía que hasta los más duros se pusieran a bailar como si nadie los viera. La pista era un caos bendito: primos y sobrinos Coronel moviéndose como si la vida dependiera de ello; Martín Coronel con su camisa desabotonada y un mezcal en la mano; Héctor Ramírez viendo bailar a sus amigos como si estuvieran peleando con el ritmo; Bety Perea estaba bailando como si nos estuviera contando historias de las que solo ella sabía el final, riendo con esa complicidad que solo los años y las copas pueden forjar. Ximena Jordán, con su elegancia de otro mundo, se movía como si flotara, dejando un rastro de chispa que encendía a todos. Juan Pablo Varela y Assaf Katz Levy, los compas inseparables, estaban en la pista de baile armando un torneo de quién podía sacar los pasos prohibidos más locos de los días. Y Juan, el festejado, con esa mirada de quien ha visto demasiadas cosas pero aún se sorprende, brindaba con mezcal como si cada trago fuera una plegaria.

El lugar estaba vivo ¡joder!. Las paredes vibraban con murales que parecían moverse con la música, mirándonos desde los rincones, como si ellos también quisieran un trago. Había arte por todos lados del artista gráfico Noel Rodríguez que contaban historias de la CDMX, de rincones olvidados, lienzos con negros tan vivos que dolían los ojos. Cada trago de mezcal era un recuerdo, cada copa de vino era una puñalada de nostalgia. Los compas del Bain, esos hermanos de batallas escolares, estaban por todos lados, abrazándose, gritando, recordando los días en que el mundo era un patio de recreo y Juan era el rey de las travesuras.

El @Mezkal-perro artesanal corría como río sagrado, las botellas de vino tinto se vaciaban como si fueran agua y los tacos de canasta desaparecían en un frenesí de manos hambrientas. Había algo en el aire, una electricidad que solo pasa cuando la gente se junta para celebrar a alguien que de verdad importa. Juan Coronel no es solo un amigo, es un imán, un cabrón que atrae a todos con su forma de vivir: sin miedo, sin freno, con el corazón abierto como un libro que nunca termina.

La noche se fue poniendo más suave, más profunda. Entre el humo del mezcal y las luces tenues, la gente empezó a hablar de las cosas que importan. Martín Coronel contó una historia de cuando él y Juan Rafael se escaparon de casa para hacer travesuras, y todos reímos hasta que nos dolió la panza. Héctor Ramírez confesó que Juan le había escrito algo tan bello en su poemario Más que la sed ama el agua y levantó su copa para brindar. Mónica y Lourdes hablaron de los días en que todos éramos más jóvenes, más estúpidos, pero también más libres. Y Ximena Torbellino con ese ímpetu que la hacía parecer eterna, dijo algo que se quedó grabado: “Juan no cumple años, solo le da otra vuelta al sol para que no se olvide de brillar.”

Cuando la DJ puso “Cumbia Poder” de Celso Piña (porque, claro, el desmadre no respeta épocas), todos perdimos la poca dignidad que nos quedaba. Juan estaba en el centro, bailando con una sonrisa la cual no paraba de invitarnos a disfrutar la vida, mientras tanto los 400 conejos reunidos parecían aplaudir desde el aire. La nostalgia y la alegría se mezclaban como el mezcal con el limón, y por un momento, el tiempo se detuvo. Éramos todos los que éramos, y nadie más importaba.

La noche terminó cuando el cielo empezó a clarear, como si el sol estuviera celoso de la fiesta y quisiera meterse al desmadre. Juan, con la camisa medio desabrochada mostrándonos en el pecho su collar de antifaz y una sonrisa que podía romper corazones, levantó una última copa emulando un “Por los que están, por los que no y por los que siempre serán”, y todos brindamos, aunque algunos ya no podían ni sostener el vaso (claro está).

Juan Rafael Coronel Rivera, el hombre que convirtió su cumpleaños en una leyenda, que juntó a los suyos bajo un cielo lleno de arte, música y mezcal, que nos recordó que vivir es un desmadre, pero uno bien chingón. Que los 400 conejos lo cuiden siempre, porque amigos como él no se encuentran en cualquier esquina.

Feliz cumpleaños y Larga vida a Juan Coronel.