Después de Warhol / Texto curatorial

Después de Warhol / Texto curatorial

por Juan José Díaz Infante

No se puede entender un libro

solamente leyendo la última página

Frank Fischer

Para entender los procesos del arte actual, se requiere de tener claro el arte del siglo pasado. El arte del siglo XX no avanza: estalla. No es una línea, es una cadena de detonaciones. Cada movimiento nace no para continuar al anterior, sino para contradecirlo, negarlo o ridiculizarlo. Es una historia escrita con rupturas. Todo es rompimiento.

En 1905 cada uno de los fenómenos no es aislado, el futurismo y el cubismo se dan en paralelo con los hermanos Wright, Tsiolkovsky, Freud, Einstein, Marconi, Jung.

Todo comienza con una herida en la representación. El Impresionismo había debilitado la idea de una realidad fija, pero es el Cubismo —con Georges Braque y Picasso— quien rompe definitivamente el espejo: la realidad ya no se representa, se fragmenta. El objeto deja de ser uno; se vuelve simultáneo, múltiple, inestable. La era victoriana está llegando a su fin. Ernst descontextualizaba la moral victoriana, exponiendo el lado oscuro, los deseos reprimidos y la locura subyacente bajo la superficie de la respetabilidad burguesa.

Pero esa fragmentación aún cree en el arte como lenguaje serio. Entonces llega la carcajada.

El Dadaísmo irrumpe como un sabotaje. En medio de la Primera Guerra Mundial, artistas como Tristan Tzara y Marcel Duchamp declaran que si el mundo es absurdo, el arte debe serlo más. No hay progreso, no hay belleza. Hay gesto, ironía, negación. El arte deja de ser objeto y se convierte en acto mental. Una bomba silenciosa que nunca dejará de explotar.

El objeto del arte no es el objeto del arte,

es el centro de discusión.

Marcel Duchamp

De sus restos emerge un intento de reorganizar el caos. El Surrealismo no abandona la ruptura, pero la desplaza hacia el inconsciente y hacia una serie de reglas. André Breton propone que la lógica no es suficiente; hay que explorar los sueños, el deseo, lo irracional. La realidad ya no se fragmenta: se busca una realidad arriba de la realidad.

«Desafortunadamente, la cultura actual es inseparable del poder económico y militar. Una nación dominante puede imponer su cultura y brindar fama internacional a un escritor de segunda como Ernst Hemingway. John Steinbeck es importante debido a las armas americanas. Si John Dos Passos y William Faulkner hubieran nacido en Paraguay o en Turquía,¿Quién los leería?» Cita de Buñuel tomada del portal Sabzian.

Mientras tanto, otra línea de movimientos del siglo XX decide que el rompimiento no debe ser solo mental, sino estructural. El Constructivismo y la Bauhaus buscan rehacer el mundo desde el diseño, la arquitectura, la función. Aquí el arte deja de ser autónomo: se vuelve herramienta. Es un quiebre distinto no contra el arte, sino contra su inutilidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, el centro se desplaza y el gesto se vuelve más violento, más físico. El Expresionismo abstracto —con Jackson Pollock— convierte la pintura en acción. El lienzo ya no representa, registra. Es campo de batalla, huella del cuerpo, evidencia de un presente irrepetible.

Y entonces, sucede otra traición.

El Pop Art toma esa intensidad y la reemplaza por superficie. Andy Warhol y Roy Lichtenstein dicen: el arte no está en la profundidad, está en la repetición, en la cultura de masas, en la frivolidad industrial. La imagen ya no se busca, se reproduce. El aura no se evapora queda impresa.

El arte conceptual da el golpe final: la obra ya no necesita existir. La idea es suficiente. Heredero directo de Duchamp, el conceptualismo convierte al arte en lenguaje puro, en instrucción, en sistema. El objeto desaparece, o se vuelve secundario. Lo importante es el marco mental.

El ready made siempre estuvo ahí. Cualquier objeto es arte, cualquiera es artista.

Y así, el siglo XX no concreta ninguna de sus vanguardias: se quedan truncadas, artistas en múltiples direcciones. Performance, instalación, arte digital… cada uno es otro intento de romper lo que el anterior acaba de fijar. La constante no es el estilo, sino la negación.

Podríamos leer todo el siglo como una sola frase que se corrige a sí misma:

El arte representa.
No: el arte fragmenta.
No: el arte destruye.
No: el arte sueña.
No: el arte construye.
No: el arte actúa.
No: el arte reproduce.
No: el arte piensa.

Siempre vuelve a romperse.

 Después de Warhol, algo cambia.

Para entender a Andy Warhol y a The Factory dentro de ese burbujeo del siglo XX, hay que verlos no como un estilo más, sino como un punto de condensación: ahí donde muchas rupturas anteriores dejan de pelearse entre sí y empiezan a circular juntas.

Warhol no rompe como lo hizo el Dadaísmo ni como el Expresionismo abstracto. Hace algo más inquietante: absorbe. Toma la lógica de la publicidad y de la producción industrial, hace una fábrica de arte, es un momento en el siglo donde no se propone destrucción, sino producción.

La banalidad de la cultura de masas la presenta sin conflicto. Donde antes había ruptura, él introduce indiferencia.

Si el siglo venía explotando en fragmentos, Warhol convierte esas explosiones en superficie continua.

El arte, en sus manos, no es solo una estética: es un sistema de producción. Las imágenes ya no critican ni celebran: circulan. El arte deja de oponerse al mercado y se funde con él.

Y ahí entra The Factory. Aprovecha lo que le conviene del Dada y del Fluxus. Toma la idea de García Lorca de «modista del arte» que usa en su conferencia del juego del duende y corre con ella.

Más que un taller, es una máquina social. Un espacio donde artistas, músicos, cineastas, modistos, diseñadores, escritores, actores, algunos desconocidos y figuras marginales se convierten en materia prima. No hay jerarquía clara entre autor, colaborador o personaje. La producción artística se vuelve colectiva y performática: vivir ahí ya es parte del trabajo.

En ese punto, la historia de las rupturas alcanza una mutación decisiva: la ruptura deja de ser un gesto crítico y se convierte en un estado de circulación.

Esta exposición Después de Warhol parte de esa condición.

Después de Warhol como exposición no propone estudiar a Warhol como otro rompimiento. Propone observar las consecuencias de muchas ideas en convergencia. Warhol toma ideas y las usa en medio de su contexto social, un Nueva York con su manera de ser: problemas raciales, derechos humanos, la evolución del Folk y del Rock, la moda, la proto discotheque, la canción de protesta, la censura como arma de control gubernamental, la Feria Mundial de 1964, la visita de la Mona Lisa a NY, la carrera espacial, el incidente nuclear con Cuba, entre muchos otros elementos del momento.

Aquí las obras son acciones, rastros de la experiencia, no buscan destruir ni inaugurar; operan dentro de un ecosistema donde todo ya ha sido roto, reciclado y redistribuido. La imagen es flujo. La autoría es difusa. El tiempo es simultáneo. La obra ya no se enfrenta al sistema, existe como parte de él, lo tensiona desde adentro o lo replica hasta el exceso.

En los 60’s, los elementos de trabajo creativo son el diseño de posguerra italiano como generador de valor, las comunicaciones y la publicidad en gestación. Otros actores están sumando energía del momento como son McLuhan, Toffler, Ogilvy, Bob Gill, Fellini, Cartier Bresson, Yuri Gagarin. Sin excluir a Walt Disney, Paolo Soleri o Juan XXIII.

Hoy en el futuro podemos observar el destino de cómo Warhol burbujeaba, hoy asistimos a otra fase: una especie de pausa, donde las burbujas no estallan ni desaparecen, solo se acumulan. Y podemos recoger pedacería del siglo XX para tratar de entender cómo Warhol se convierte en el artista más importante del siglo XX, 30 años después y cómo afecta de manera directa y proporcional el arte de hoy.

En este espacio —entre la repetición y el desgaste, entre la visibilidad y la saturación— se sitúan las obras reunidas en la exposición Después de Warhol.

No estamos después de una ruptura.
Estamos después de todas.

Epílogo

El medio es el masaje

Marshall McLuhan

Al inicio del siglo XX, el verdadero agente de desarme no fue un movimiento, sino una invención: la Fotografía. Con ella, la realidad pudo fijarse, repetirse y circular sin necesidad de la pintura. La imagen dejó de ser única; se volvió múltiple por naturaleza. Desde ese momento, toda práctica artística quedó atravesada por esa condición.

Andy Warhol entendió algo que otros apenas intuían: la fotografía no era solo una herramienta, sino una nueva ontología de la imagen. La tomó como materia prima. En sus manos, la imagen era entendida como un original múltiple. No había pérdida en la repetición, sino afirmación.

Ahí se articula el giro que define nuestro presente.

La imagen, entendida como flujo reproducible, se convierte en metáfora del mundo y en estructura del mercado. Cada repetición es también una transacción; cada circulación, una forma de valor. La tecnología es lenguaje. Y ese lenguaje no es neutro: organiza la percepción, la economía y el deseo.

Lo que hoy llamamos futuro no es más que la expansión de esa intuición.

Entender las tecnologías en su contexto —como metáfora y como mercado— es reconocer que producen imágenes que producen realidad. Y que, después de Warhol, esa realidad ya no puede pensarse fuera de su condición reproducible, intercambiable y, sobre todo, infinitamente circulante.

Cualquier persona que opine otra cosa, se puede considerar como un rezago cultural.

Factor México

Inserto curatorial (México: desvíos, simultaneidades, fragmentaciones de lenguaje y otras cronologías)

Si la narrativa global del siglo XX parece avanzar por sustituciones —un movimiento desplaza al anterior—, en México ocurre otra cosa: los tiempos no se relevan, se enciman. No hay una flecha clara, sino desvíos persistentes.

Mientras el Surrealismo se institucionaliza como lenguaje internacional, en México convive con genealogías propias que no buscan legitimación externa. Ahí está la sombra larga de José Guadalupe Posada y la irrupción de los estridentistas, que no dialogan dócilmente con París, sino que inventan otra modernidad.

Buñuel en México es un agente diferente. El desfase no es retraso: es bifurcación.

En otros contextos, la posguerra abre paso a contraculturas articuladas. En México, esas energías no cristalizan igual. Somos refugio de intelectuales, semillas que no caen en la misma tierra con el mismo abono.  El Rock no se consolida como sistema; hay escenas intermitentes, sin industria que las estabilice. Los años sesenta no derivan en un mito hippie, sino que quedan marcados por eventos políticos y demagogia como la Matanza de Tlatelolco. La energía colectiva no se traduce en mercado: se corta.

La llamada Ruptura responde al peso del Muralismo mexicano, pero lo hace de manera lateral: reducen la escala, evitan la épica, se desplazan sin sustituir del todo. Otras figuras como los Grupos, Corkidi, Pola Weiss, Jodorowsky o Mathias Goeritz operan como exploradores solitarios más que como líderes de escuela. Y escenas como las de Javier Girón y Pedro Friedeberg jugando ajedrez en La Chinche muestran que el arte también sucede fuera de los circuitos institucionales.

Ahí el arte no circula: ocurre.

La metáfora: el Rock que no fue

Si en Estados Unidos e Inglaterra el Rock —de The Velvet Underground a The Beatles— funciona como equivalente cultural de lo que sucede en The Factory, en México la banda sonora es otra.

Mientras allá el Rock articula ruptura, juventud e industria, aquí persisten la Cumbia y el Bolero como estructuras dominantes. El Rock aparece, pero no reorganiza el campo. Casos como Botellita de Jerez no replican el modelo: lo desvían, lo traducen, lo ironizan.

En The Factory convergen Fluxus, Rock, Bob Dylan, la moda, los poetas, los publicistas y los pintores.
En México hay múltiples ritmos coexistiendo sin unificar el sistema.

Cine: de lo experimental a lo nacionalizado

Algo similar ocurre con el cine. Mientras en el contexto de Andy Warhol el cine experimental se vuelve extensión de un ecosistema libre, híbrido y marginal —producido en espacios como The Factory—, en México deriva en la nacionalización de la industria del cine.

El cine, incluida su Época de Oro, queda atravesado por estructuras estatales, sindicatos, mecanismos de financiamiento y regulación. No hay experimentación no ocurre nada fuera del sistema, no se permite “el otro pensamiento”. Todo se desarrolla en una extraña economía mitad socialista y mitad capitalista. El tratar de construir un sistema de pensamiento a partir de dos escuelas de pensamiento distintas ¿el resultado? Todo converge en ruido. Por supuesto esto produce una paradoja:

El cine existe en producción burocrática de un marco de doble pensamiento. Si comunicar una cosa es difícil, dos que se contraponen es una torpeza, y como país, una torpeza institucionalizada.

Economía, circulación y límite

Aquí aparece una clave para entender la distancia con Warhol.

El modelo de Andy Warhol no puede separarse de un contexto de abundancia mediática, circulación de imágenes y apertura de mercados. Su obra depende de la sobreproducción, de la repetición sin fricción, de la importación constante de signos.

En México, durante buena parte del siglo XX, ocurre lo contrario. Un sistema económico de corte mixto —proteccionista, con fuerte intervención estatal—, sumado a restricciones a la importación y a una industria cultural controlada, genera un ecosistema donde la circulación es limitada, filtrada, incompleta.

En ese contexto, Warhol no se “lee” igual. No porque sea incomprensible, sino porque las condiciones que lo hacen posible no están plenamente presentes. La repetición industrial de imágenes, la lógica del exceso, la equivalencia entre arte y mercancía… todo eso llega, pero fragmentado.

En México todo ese pensamiento es un producto de importación, un producto de lujo. Pero no se asimila como pensamiento.

Lectura desde Después de Warhol

Si Warhol convierte la ruptura en superficie continua, México muestra una superficie interrumpida.

  • Donde hay flujo, aquí hay filtros.
  • Donde hay exceso, aquí hay escasez relativa.
  • Donde hay autonomía experimental, aquí hay mediación institucional.

Por eso, más que un “después de Warhol”, México habita una condición tensada:

Después, pero con restricciones.
Dentro, pero parcialmente.

No es que el modelo global no llegue.
Es que llega incompleto, traducido, desfasado.

Y en ese desfase —entre circulación y contención, entre apertura y control— se configura una práctica artística distinta: no plenamente integrada al sistema global, pero tampoco ajena a él.

Así el Movimiento Punk tampoco sucede y los mexicanos tienen lagunas de entendimiento global que ni siquiera saben que las tienen.

McLuhan establece que en una sociedad de cambio lento el artista es un lujo, en una sociedad de cambio rápido, el artista está en la torre de control. México es una sociedad de cambio lentísimo atrapada en una sociedad global de cambio rápido. Sin embargo, tristemente, México no se ha dado cuenta de ello.

Abril, 2026

Mujeres y artistas primero… a los botes salvavidas ¡Abandonemos la Bienal!

Mujeres y artistas primero… a los botes salvavidas ¡Abandonemos la Bienal!

Por Juan José Díaz Infante

No hubo alarma ni estruendo, ningún gesto heroico ni declaración encendida: solo la renuncia silenciosa y total del jurado de la Bienal de Venecia. Como en los protocolos antiguos, donde el orden de salida revela la magnitud del desastre, aquí también hay una señal: quienes aún sostienen la dimensión ética y simbólica del arte son los primeros en irse. No porque el barco se esté hundiendo de inmediato, sino porque ya no ofrece condiciones para permanecer sin volverse cómplice de su deriva. La nave sigue a flote, sí, pero algo esencial —el acuerdo sobre hacia dónde va y por qué— ya se perdió en altamar.

La primera grieta no es estética, es geopolítica. La Bienal continúa organizada bajo la lógica de pabellones nacionales, como si el mundo aún pudiera ordenarse en banderas estables. Pero ese modelo hace agua. Hoy, representar a un país implica cargar con conflictos, sanciones, guerras, desplazamientos. Decidir quién entra, quién queda fuera, quién es premiado, ya no puede leerse como un gesto neutral. Es una toma de postura. Y cuando todo gesto es político, el juicio independiente se vuelve casi imposible.

El ejemplo más claro está fuera del arte. En los Juegos Olímpicos, bajo el marco del Comité Olímpico Internacional, hemos visto a atletas competir sin bandera, sin himno, sin país. No es una anécdota: es el reconocimiento de que el sistema de representación nacional ya no puede absorber ciertas tensiones. El atleta sigue ahí —el cuerpo, el esfuerzo, la disciplina— pero el símbolo que lo envolvía se suspende. Se compite, pero el significado se vuelve inestable.

Eso mismo empieza a ocurrir en el arte.

La presión de los capitales no hace más que intensificar esa inestabilidad. La Biennale di Venezia no es solo un espacio curatorial; es un nodo dentro de una red de intereses económicos, institucionales y de mercado. Coleccionistas, fundaciones, ferias, patrocinadores: todos participan en la construcción de valor. En ese contexto, el jurado deja de ser un órgano autónomo para convertirse en un punto de fricción entre fuerzas que no siempre son visibles, pero sí determinantes.

El resultado es una inercia fuera de control cualitativo. Las obras circulan más rápido de lo que pueden ser pensadas; los artistas son legitimados antes de ser comprendidos; los precios anteceden a los argumentos. El valor se propaga como tendencia, no como crítica. Y en ese escenario, premiar pierde sentido: no ordena, no jerarquiza, no esclarece. Solo amplifica.

La renuncia del jurado, entonces, no es un colapso. Es una negativa. Un gesto equivalente al del atleta que entra al estadio sin bandera: está presente, pero no acepta representar un marco que ya no puede sostener. Es la conciencia de que el sistema sigue funcionando, pero ha perdido su capacidad de significar.

El arte no se termina.
Pero el barco que pretendía organizarlo ya no sabe hacia dónde navega.

El jurado que presentó su renuncia colectiva en la Bienal de Venecia estaba integrado por:

  • Solange Farkas (presidenta del jurado)
  • Zoe Butt
  • Elvira Dyangani Ose
  • Marta Kuzma
  • Giovanna Zapperi

La relevancia de estos nombres no es menor: juntas representan distintos ejes del circuito internacional —curaduría, academia, dirección institucional—, lo que refuerza la idea de que la renuncia no fue un desacuerdo puntual, sino una ruptura transversal dentro del sistema.

Ahora todo es número de likes y apuestas

La creación de un “León de Oro del público” en la Bienal de Venecia no sería un simple ajuste logístico: sería un cambio de régimen en la forma de producir legitimidad.

De entrada, implicaría trasladar la autoridad. El premio dejaría de ser el resultado de un juicio especializado —curadores, directores, historiadores— para convertirse en una agregación de percepciones. No es que el público no tenga criterio; es que su criterio funciona distinto: es más inmediato, más sensible a la experiencia directa, menos obligado a justificar su decisión en términos históricos o teóricos.

Eso abre una primera consecuencia: la democratización aparente del juicio. “Que decida el público” suena a corrección de una élite cerrada. Pero en la práctica, el público no es una entidad neutra; es una masa heterogénea atravesada por mediación, visibilidad y narrativa. Lo que gana no es necesariamente lo “mejor”, sino lo más visto, lo más compartido, lo más accesible, otro tipo de cabildeo.

Aquí entra el segundo punto: la transformación del criterio en popularidad. Un León de Oro otorgado por especialistas construye valor a largo plazo (aunque sea discutible). Un premio del público tiende a operar en el corto plazo, amplificando aquello que ya circula bien. El riesgo es que el reconocimiento deje de ordenar el campo y pase a reflejarlo.

También habría un efecto estructural: el desplazamiento del jurado como figura de autoridad. Si el jurado renuncia y el público ocupa su lugar, no es solo un reemplazo funcional; es una señal de que el sistema ya no puede sostener la idea de arbitraje experto. Es, en cierto sentido, la institucionalización de la crisis.

Pero hay una lectura más interesante.

Un León de Oro del público podría interpretarse como algo similar a lo que mencionábamos cuando, bajo el Comité Olímpico Internacional, ciertos atletas compiten sin bandera: el evento continúa, pero el marco simbólico cambia. Se mantiene la estructura —la competencia, el reconocimiento—, pero se suspende la autoridad tradicional que le daba sentido.

En ese escenario, el premio ya no diría: esto es lo mejor del arte contemporáneo.
Diría algo más ambiguo: esto es lo que logró resonar aquí y ahora. Mayor número de likes. A sabiendas de la manipulación de “bots”.

La pregunta de fondo es incómoda:
¿el arte necesita ser premiado para existir, o los premios eran una forma de estabilizar un mundo que ya no es estable?

Un “León de Oro del público” no resuelve la crisis.
La hace visible.