No hay agonía en aquello que persiste sin agua.
Hay resiliencia en las historias de amor profundas
que se revelan en espinas enterradas en la piel.
Por cada ciclo muerto,
hay un desierto cruzado.
Porque seguir caminando con la espina enterrada
no es más que la autoflagelación del alma.
Del alma que, en llamas, grita
en la invadida urgencia de sentirse vivo.
Generosa la biznaga
que entre sus espinas brota:
la flor sagrada que alimenta y nutre
las almas sedientas que aventuran.
Tsss, tsss, tsss, tsss, tss, tsss.
Generosa la serpiente
que, en medio del conflicto,
musicaliza el peligro inminente
de la cercanía de los cuerpos
que, sin agua, siguen vivos.
Generoso el amonite
que en su eterno espiral encarna
el pasado y el presente,
la puntual certeza
de que el desierto también fue mar.
Y en el silencio inminente
del abandono profundo,
con los ojos cerrados,
me atraviesa el sol con fuerza
para gritar en silencio:
YA NO NECESITO AGUA,
SOLO NECESITO SOL.
YA NO NECESITO AIRE, SOLO NECESITO SOL.
YA NO NECESITO TIERRA, SOLO NECESITO SOL.
Y el terciopelo de la noche,
que en oscuridad me envuelve,
y en las entrañas de mi sombra,
con mi alzar de la mirada,
con su aliento de luz cósmica,
la estrella me da, apasionada, un beso.
Y que la aurora ilumine el camino
de los sueños rotos y promesas olvidadas,
para que broten, en amantes espinados,
besos broncos con sabor
a vainas de mezquite.
El desierto no es un lugar abandonado.
El desierto es el perfecto escenario
en donde, en primera fila,
la vida y la muerte, tomadas de la mano,
me presencian dejando mi piel muerta
para darte un rastro de todo lo que fuimos,
de todo, de todo lo que fuimos.
David Herrera
Este poema fue leído por el autor el 5 de febrero de 2026 en la ceremonia de inauguración de su exposición DESERTUS en la Galería Coronel en la Ciudad de México.

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