Por Rodrigo Garza Arreola

Ciudad de México, marzo 2021

Yo debo reconocer —porque entonces no lo sabía— que crecí, leí y me estimulé en un mundo diseñado preponderantemente por Vicente Rojo. Pinturas, publicaciones, espacios públicos. Evoco ahora la poesía concreta y los versos sueltos y dispersos geométricamente, que se despojaban del rigor de la rima y la estrofa, pero que irradiaban consonancias silenciosas en otras dimensiones; esa necesaria coherencia para el verso libre la brindaba Rojo con sus diseños gráficos en las páginas del suplemento Plural, así como aquella edición de Blanco en una larga página desplegable, y otros destacados ejemplos, como los Escenarios de José Emilio Pacheco o los textos de Bárbara Jacob. Evoco también el libro objeto sobre Duchamp, con un tablero de ajedrez y con postales de La Novia puesta al Desnudo por sus solteros, aún, y el Desnudo descendiendo una Escalera. Estos diseños me marcaron profundamente, tanto como la poesía de Mallarmé o de Apollinaire, que operan sobre el espacio de la página evocando el azar, los sueños y el inconsciente, abriendo puertas y ventanas a otras dimensiones. De manera similar a las demostraciones algebraicas, el análisis gramatical de la lengua, o los algoritmos con códigos de programación de autómatas que tanta influencia tuvieron en mis años de preparatoria, y que finalmente me hicieron decantarme por la economía.

Recuerdo a Mireya y a mí viajando a Chicago con nuestra México bajo la lluvia, así como incontables conversaciones y reflexiones con la vista perdida en las dimensiones geométricas que aparecían y desaparecían mientras observábamos sus regulares y engañosos ángulos, empapándonos con su brisa. Recuerdo también a Emma jugando en la Ciudad de México con los Escenarios Múltiples de Vicente Rojo incorporando a su mundo los diseños que abrían espacios poéticos a su ámbito lúdico… Las evocaciones podrían continuar, por la amplia y esmerada laboral editorial de Rojo. También sin saberlo, creo haber recibido de él importantes enseñanzas, destiladas y acendradas a través de su discípulo y mi maestro, Pablo Rulfo. Algunas de estas experiencias tempranas se reflejas en mi búsqueda a través de la pintura, de una interacción poética con el espacio, que ahora me llevan a explorar el urbanismo y la arquitectura.

ADENDA: Por inexorables vasos comunicantes circulan la vida y la muerte. En 2012 conversé con Vicente Rojo durante la presentación del número de Artes de México dedicado al arquitecto Carlos Mijares. Alberto Vital me presentó con Alberto Ruy Sánchez, quien se sorprendió un poco de mi familiaridad con su obra y su trayectoria (por entonces yo era Director de los Ferrocarriles Nacionales de México, en liquidación, y quizá el aire de servidor público lo desconcertaba); sin embargo, yo aprovechaba esos valiosos encuentros para hablar de mi pasión por la poesía. Vicente Rojo se aproximó intrigado y se unió a nuestro diálogo, en parte, por lo que yo decía. Despistado como de costumbre, yo no reparé en que se trataba de Rojo, cuando él se enteró de que yo era economista y poeta, me dijo entusiasmado que la economía era muy importante para la vida, incluido el arte. También me contó que uno de sus nietos estudiaba economía y negocios. Casual como mi primer encuentro con Rojo fue el segundo de un ciclo que quizá se repita rítmicamente en regiones oníricas. En esta ocasión, él me llama por mi nombre, nos reímos de que la primera vez yo no lo reconocí y me insiste en que la economía es muy importante para el arte; finalmente, reaparece en mi sueño vestido de blanco, me dice que va a morir, con una sonrisa plena e iluminada. Este sueño ocurrió dos días antes de su muerte.

PS: Creo que el sueño tiene una convocatoria que preparaba para una experiencia de Artist in Residence. Mi mente me hizo recordar esas palabras de Rojo, como diciendo «no olvides que la economía es muy importante para el arte». Esta interpretación del sueño explicaría el diálogo, pero no la premonición. Quizá existe otra dimensión en la cual, como en los Bhagavad Gita, todo ha sucedido, o está sucediendo irremediablemente, pesa a la ilusión diaria de libre albedrío, y en ocasiones, a través del arte y de los sueños, podemos entrar en contacto con ella.

Solo somos muertos que platicamos con muertos

reza la famosa frase del personaje del Aleph. Donde el único heroísmo posible es aceptar nuestro destino sin temor y con sorpresa.