Mascota versus Mascota

Mascota versus Mascota

Entre una celebración y la voracidad capitalista salvaje

Por Juan José Díaz Infante

Hay mascotas que nacen para vender y mascotas que nacen para representar. La diferencia parece sutil, pero en realidad revela la transformación profunda que ha sufrido el fútbol y, con él, la cultura popular.

Cuando México organizó el Mundial de 1970, apareció Juanito 70, un niño de sombrero charro, camiseta verde y sonrisa franca. No era una creación diseñada por decenas de consultores globales ni por departamentos de mercadotecnia especializados en monetización de audiencias. Era un personaje sencillo que sintetizaba la imagen que México quería compartir con el mundo: hospitalidad, alegría y cercanía humana.

Juanito no era una marca. Era un anfitrión. Su fuerza radicaba precisamente en su humildad. Representaba a un país que todavía entendía el Mundial como una fiesta popular. Un país que recibía visitantes y los invitaba a sentarse a la mesa.

Cincuenta y seis años después, el Mundial de 2026 presenta una realidad distinta. Ya no existe una sola mascota. Existen tres: un jaguar para México, un alce para Canadá y un águila para Estados Unidos. El mensaje es evidente: el Mundial ya no pertenece a una nación ni siquiera a una región cultural; pertenece a una estructura comercial multinacional.

Las nuevas mascotas son impecables desde el punto de vista corporativo. Han sido diseñadas para funcionar en videojuegos, aplicaciones, redes sociales, productos licenciados, parques temáticos y campañas publicitarias. Son personajes que nacen acompañados de una estrategia de mercado.

Juanito, en cambio, nació acompañado únicamente de una idea.

La comparación puede parecer injusta. Después de todo, el mundo ha cambiado. Sin embargo, vale la pena preguntarse qué se perdió en el camino.

La mascota de 1970 reflejaba una identidad nacional reconocible. Tenía defectos, estereotipos y simplificaciones, pero poseía algo que hoy parece escaso: autenticidad. Su existencia no estaba subordinada a estudios de mercado globales ni a métricas de consumo digital.

Las mascotas contemporáneas son el producto perfecto de una época donde todo debe convertirse en mercancía. Ya no basta con representar una cultura; hay que transformarla en una propiedad intelectual explotable. La mascota deja de ser un símbolo para convertirse en un activo.

Lo que antes era una celebración colectiva hoy es una plataforma de negocio de dimensiones planetarias.

El Mundial de 1970 fue el primero transmitido globalmente vía satélite. El de 2026 será un ecosistema digital permanente donde cada imagen, cada emoción y cada recuerdo puede convertirse en contenido monetizable.

En 1970 mi papá me recogía del Colegio México en la calle de Mérida a la 1:30 pm exactamente. Corriendo, mochila de cuero café en mano, nos íbamos Porfirio, La Espina, mi padre y yo en un Mercedes Benz negro ’64. Mi padre arquitecto, Porfirio el carpintero, la Espina era el electricista y yo el estudiante de segundo de primaria. Todos fumando Raleigh excepto yo (yo lo fumaba por estar al lado de ellos, inhalando). Había unas tortas de frijoles envueltas en servilletas que se rompían en el roce entre sí y traíamos el periódico del día desordenado en el asiento de atrás. Nos estacionábamos en Tlalpan y Periférico y caminábamos al estadio, boletos de última fila, el periódico nos servía para hacer aviones de papel que tirábamos parados en la placa de cemento que servía de asiento para ver quién lograba que el avión llegara a la cancha. El partido empezaba religiosamente a las 3 pm. Nos comíamos las tortas y así vimos a México ganarle al El Salvador y escuchamos a todo el estadio cantando el «Cielito Lindo». México quedó en 6o lugar de un Mundial. Inolvidable el partido del siglo Italia vs Alemania para que —finalmente— Brasil ganara la Jules Rimet, una copa que 13 años después fue robada y derretida, quizá augurando el futuro del futbol.

Hoy el público paga por cada emoción, paga por cada torta que se come en su palco (mi mamá hacia tortas de teleras con frijoles para ir al Azteca, hoy mi mamá estaría prohibida por la FIFA) y ya es un problema escoger el restaurante dónde ver el partido por que nadie tiene permiso oficial para que sus comensales lo disfruten. Las mascotas forman parte de ese engranaje.

La paradoja es fascinante. Nunca había habido tanto dinero alrededor del fútbol y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil encontrar símbolos verdaderamente memorables. Juanito sigue vivo en la memoria colectiva porque representaba algo más grande que él mismo. Las nuevas mascotas deberán demostrar si pueden sobrevivir cuando termine la campaña publicitaria que les dio origen (aproximadamente 3 semanas después del Mundial). Quizá la diferencia fundamental sea que Juanito pertenecía a la gente. Las mascotas actuales pertenecen a los contratos de licencia.

Uno era una invitación y el orgullo de ser.

Las otras son una estrategia.

Y en esa distancia se puede leer la historia de medio siglo de transformación cultural: el paso de la fiesta popular a la industria global del entretenimiento; de la celebración comunitaria a la voracidad capitalista capaz de convertir incluso una sonrisa infantil en una oportunidad de negocio.

Por eso la discusión entre una mascota y otra no es un asunto de diseño gráfico. Es una discusión sobre el tipo de mundo que hemos construido.

Juanito nos recuerda un Mundial que todavía podía ser una fiesta.

Las mascotas de 2026 nos recuerdan que hoy, antes que nada, es un mercado.

El jaguar mexicano de nombre ZAYU forma parte de un programa de licenciatarios que incluirá productos oficiales y su incorporación, junto a las otras dos mascotas, como personajes interactivos en FIFA Heroes dentro del ecosistema FIFAe, con el objetivo de conectar con «nuevas generaciones».

Juanito, el entrañable personaje de un niño vestido con la camiseta de la Selección Mexicana y un sombrero tradicional, fue obra de Juan González, colaborador de Fernando González, dueño del equipo de fútbol Atlante.

El mejor ejemplo de las mascotas corporativas olvidadas es Pico, que también fue creada para el Mundial de1970, diseñada por Lance Wyman y que ya nadie recuerda.

Conversaciones en la Casa de la Cascada

Conversaciones en la Casa de la Cascada

por Juan José Díaz Infante

Junio 2026

«Una idea es la salvación a través de la imaginación»

Frank Lloyd Wright

Tuve la oportunidad de viajar a Pittsburg hace unos días, la idea era un scouting al museo de Warhol. Sin embargo para mí, era una excusa, lo más esencial era ir a visitar la casa Fallingwater de Frank Lloyd Wright, este viaje paralelo, no fue una excursión arquitectónica. Fue una conversación de recuerdos, de ideas, de tiempos y de espacios.

Hay personas que visitan edificios o, como casi todos, que pasan indiferentemente enfrente de ellos. Yo, en cambio, hablo con ellos. Siempre lo he hecho. La razón, porque crecí entre arquitectos. Y mis amigos arquitectos son gente que ama la estética, lo bello, el diseño; aman encontrar nuevas soluciones, aman encontrar nuevos espacios. Más allá de memorizar algo o la experiencia de ser erudito, es estar en contacto con gente que tiene pasión por algo que no sea acumulación de dinero. Tal vez porque desde niño entendí que un trazo de lápiz sobre un papel puede ser un universo, una línea recta bien dibujada nunca es solamente una línea recta. Detrás de ella hay una decisión, una batalla, una obsesión, una renuncia. Los edificios hablan. Hablan de sus autores, de sus habitantes y de las épocas que los hicieron posibles. Por eso, cuando llegué a la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright, no escuchaba únicamente a la guía que nos acompañaba por los espacios. Tampoco escuchaba demasiado a los turistas que se acumulaban en las habitaciones. Escuchaba otras voces.

La primera era la de mi padre, el arquitecto Díaz Infante. Su voz aparecía cada vez que observaba un encuentro entre materiales, una proporción particularmente afortunada o una solución estructural tan simple que parece imposible. Los hijos de arquitectos aprendemos a mirar antes de saber qué estamos mirando. Aprendemos que los edificios no terminan en las fachadas, que la verdadera arquitectura ocurre en las decisiones invisibles.

Esa voz venía de mucho más atrás, incluía a mis abuelos. Era la de las casas de mis abuelos hechas por mi padre. Mientras recorría Fallingwater, las superficies de piedra, el piso lo había visto antes, deja vu, mi padre había aplicado las mismas texturas a la casa de Cuernavaca, Helelná. Los muros los había yo visto en la casa de los abuelos en Montes Auvernia hechos en mármol blanco. Demasiadas voces en mi cabeza, pero buenas voces. La lectura de códigos es una experiencia fascinante, encontrar los mensajes de las poéticas de los artistas, enterrados en una esquina, poder relacionar el conocimiento acumulado es un placer inexplicable. Las cosas pensadas tienen memoria. Las cosas sin pensar, lo que proyectan es la ambición desmedida, y eso es de parásitos y destruye la memoria. De pronto, Pennsylvania desaparecía y yo volvía a recorrer habitaciones de la infancia. La arquitectura se trata puertas, no solamente físicas, sino dimensionales, las soluciones universales, tienen esa capacidad extraordinaria de conectar lugares que nunca se han conocido.

Y luego apareció otra voz. No era la de Frank Lloyd Wright. Era la de Howard Roark. En mi memoria sigue existiendo una televisión colocada arriba del refrigerador. Una televisión en blanco y negro cuya recepción dependía de una antena improvisada, mitad antena de conejo y mitad gancho de ropa. Ahí vi a Gary Cooper interpretando al Arq. Roark en El Manantial. Para muchos es una película. Para mi padre era una declaración de principios.

El discurso final en defensa de la creatividad individual. La idea de que toda creación importante comienza cuando alguien decide confiar en su propia visión antes que en la aprobación de los demás. Esa voz me susurraba de manera incansable durante toda la visita. Por eso me resultaba difícil prestar atención a las explicaciones convencionales de la señorita. Mientras la guía describía, como la familia Kauffman, había confiado en Wright, el presupuesto original de 30 mil dólares, el costo final con ampliaciones de 130 mil dólares, también 11 mil dólares de honorarios del arquitecto y que el precio promedio de una casa de la época era de 5 mil dólares, otras fechas y dimensiones, yo escuchaba otra conversación. Una conversación sobre la obstinación necesaria para imaginar una casa encima de una cascada en lugar de frente a ella.

En 1934, de veinte años, Edgar Jr. ingresó como aprendiz en Taliesin. Taliesin funcionaba como una mezcla de taller, escuela, granja y comunidad artística. Los aprendices vivían con Wright, trabajaban en proyectos, construían, cultivaban la tierra y participaban en la vida cotidiana del estudio. Allí desarrolló una relación personal con Wright y quedó cautivado por sus ideas sobre la arquitectura orgánica. La experiencia fue tan influyente que, cuando sus padres buscaban a quién encargar una casa de campo en Bear Run, Edgar Jr. promovió activamente la idea de contratar a Wright. Hay una ironía interesante: cuando los Kaufmann contrataron a Wright, éste atravesaba un periodo en el que muchos críticos lo consideraban una figura del pasado. Tenía casi setenta años y llevaba años sin producir una obra de gran repercusión. Fue precisamente el encargo de Fallingwater el que contribuyó a relanzar su prestigio internacional.

Edgar Kaufmann Jr. fue el intermediario entre dos mundos: llevó a su familia hacia Wright, y llevó a Wright hacia la oportunidad de crear una de las obras más importantes del siglo XX. Sin aquel joven que llegó a Taliesin buscando aprender, es posible que Fallingwater nunca hubiera existido. De alguna manera es una gran comedia que la familia Kauffman, solamente quería una casa de fin de semana. Sin embargo Frank Lloyd Wright a sus 67 años, tejía otra cosa, un laboratorio de ideas.

A unos metros de mí, un visitante ocupaba exactamente el centro de una habitación. Parecía incapaz de comprender que estaba anulando el espacio. La guía tampoco lograba explicarlo. La arquitectura no se mira desde el centro. Se mira desde las esquinas. Hay que acercarse a los límites para comprender los claros, las tensiones, las direcciones invisibles que organizan una habitación. Un espacio se entiende cuando uno descubre cómo respira.

Cito el discurso un fragmento del discurso de defensa de Roark:

«El hombre que piensa debe pensar y actuar por sí mismo. La mente racional no puede funcionar bajo ningún tipo de coacción. No puede subordinarse a las necesidades, opiniones o deseos de los demás. No es objeto de sacrificio. El creador se rige por su propio criterio; el parásito sigue las opiniones de los demás. El creador piensa; el parásito copia. El creador produce; el parásito saquea. La preocupación del creador es la conquista de la naturaleza; la del parásito es la conquista de los hombres. El creador requiere independencia. Ni sirve, ni gobierna. Se relaciona con los hombres mediante el libre intercambio y la elección voluntaria. El parásito busca el poder. Desea someter a todos los hombres a una acción común y a una esclavitud compartida. Afirma que el hombre no es más que una herramienta al servicio de los demás; que debe de pensar como ellos piensan, actuar como ellos actúan y vivir en una servidumbre abnegada y sin alegría, al servicio de cualquier necesidad que no sea la suya propia…»

El Manantial de Ayn Rand.

Quizá por eso las visitas guiadas suelen quedarse cortas. Explican los datos pero no las ideas. Hablan de fechas, presupuestos y propietarios, pero rara vez de aquello que realmente importa: la emoción intelectual que produjo una decisión de diseño.

En Fallingwater cada muro parece preguntarse cómo reconciliar la roca con el aire. Cada voladizo plantea nuevamente una pregunta que acompaña a la arquitectura desde los tiempos del dolmen: ¿cómo sostener más con menos? ¿Cómo vencer la gravedad sin negarla? Los domos, los arcos, los dinteles y los cantiléveres forman parte de una misma conversación humana que lleva miles de años desarrollándose.

Por eso caminar por la casa no se parecía a recorrer un museo. Se parecía más a participar en una discusión iniciada mucho antes de que yo naciera. Los grandes cantiléveres inspirados en los estratos rocosos de la montaña, la integración de la piedra extraída del propio terreno y la fusión entre construcción y paisaje son el resultado de una visión singular llevada hasta sus últimas consecuencias.

«Una casa puede tener integridad, igual que un hombre.»

Frank Lloyd Wright

 

De este modo, Fallingwater representa la materialización arquitectónica de las ideas defendidas por Roark. La casa demuestra que la innovación auténtica rara vez nace de seguir modelos establecidos; surge cuando alguien tiene la confianza suficiente para imaginar una realidad diferente. Por ello, la Casa de la Cascada no sólo es una residencia extraordinaria, sino también un símbolo de la capacidad humana para transformar una intuición personal en una obra universal.

Finalmente, casi un siglo después de su construcción, Fallingwater sigue recordándonos que las grandes creaciones culturales nacen de individuos que se atreven a pensar más allá de lo conocido. Esa es la razón por la que la casa continúa pareciendo contemporánea: porque, al igual que las ideas de Roark, fue concebida desde la convicción de que el futuro pertenece a quienes tienen la imaginación y la voluntad de construirlo.

Wright estaba ahí, por supuesto.También Roark.También mi padre.También mis abuelos.Y, entre el sonido constante de la cascada y las terrazas suspendidas sobre el bosque, comprendí que las grandes obras de arquitectura sobreviven porque nunca terminan de decir lo que tienen que decir. Siguen hablando. Siguen formulando preguntas.

Lo único que debe hacer el visitante es aprender a escuchar

«No hablaron del juicio, pero

ninguno de ellos hacía ningún esfuerzo para evitar el

tema. Roark se sentó en la mesa de dibujar y les habló

del futuro de la industria de materiales plásticos.»

(Ayn Rand. pag 510, de El Manantial)

Fotografías © Juan José Díaz Infante

Evocaciones de Vicente Rojo

Evocaciones de Vicente Rojo

Por Rodrigo Garza Arreola

Ciudad de México, marzo 2021

Yo debo reconocer —porque entonces no lo sabía— que crecí, leí y me estimulé en un mundo diseñado preponderantemente por Vicente Rojo. Pinturas, publicaciones, espacios públicos. Evoco ahora la poesía concreta y los versos sueltos y dispersos geométricamente, que se despojaban del rigor de la rima y la estrofa, pero que irradiaban consonancias silenciosas en otras dimensiones; esa necesaria coherencia para el verso libre la brindaba Rojo con sus diseños gráficos en las páginas del suplemento Plural, así como aquella edición de Blanco en una larga página desplegable, y otros destacados ejemplos, como los Escenarios de José Emilio Pacheco o los textos de Bárbara Jacob. Evoco también el libro objeto sobre Duchamp, con un tablero de ajedrez y con postales de La Novia puesta al Desnudo por sus solteros, aún, y el Desnudo descendiendo una Escalera. Estos diseños me marcaron profundamente, tanto como la poesía de Mallarmé o de Apollinaire, que operan sobre el espacio de la página evocando el azar, los sueños y el inconsciente, abriendo puertas y ventanas a otras dimensiones. De manera similar a las demostraciones algebraicas, el análisis gramatical de la lengua, o los algoritmos con códigos de programación de autómatas que tanta influencia tuvieron en mis años de preparatoria, y que finalmente me hicieron decantarme por la economía.

Recuerdo a Mireya y a mí viajando a Chicago con nuestra México bajo la lluvia, así como incontables conversaciones y reflexiones con la vista perdida en las dimensiones geométricas que aparecían y desaparecían mientras observábamos sus regulares y engañosos ángulos, empapándonos con su brisa. Recuerdo también a Emma jugando en la Ciudad de México con los Escenarios Múltiples de Vicente Rojo incorporando a su mundo los diseños que abrían espacios poéticos a su ámbito lúdico… Las evocaciones podrían continuar, por la amplia y esmerada laboral editorial de Rojo. También sin saberlo, creo haber recibido de él importantes enseñanzas, destiladas y acendradas a través de su discípulo y mi maestro, Pablo Rulfo. Algunas de estas experiencias tempranas se reflejas en mi búsqueda a través de la pintura, de una interacción poética con el espacio, que ahora me llevan a explorar el urbanismo y la arquitectura.

ADENDA: Por inexorables vasos comunicantes circulan la vida y la muerte. En 2012 conversé con Vicente Rojo durante la presentación del número de Artes de México dedicado al arquitecto Carlos Mijares. Alberto Vital me presentó con Alberto Ruy Sánchez, quien se sorprendió un poco de mi familiaridad con su obra y su trayectoria (por entonces yo era Director de los Ferrocarriles Nacionales de México, en liquidación, y quizá el aire de servidor público lo desconcertaba); sin embargo, yo aprovechaba esos valiosos encuentros para hablar de mi pasión por la poesía. Vicente Rojo se aproximó intrigado y se unió a nuestro diálogo, en parte, por lo que yo decía. Despistado como de costumbre, yo no reparé en que se trataba de Rojo, cuando él se enteró de que yo era economista y poeta, me dijo entusiasmado que la economía era muy importante para la vida, incluido el arte. También me contó que uno de sus nietos estudiaba economía y negocios. Casual como mi primer encuentro con Rojo fue el segundo de un ciclo que quizá se repita rítmicamente en regiones oníricas. En esta ocasión, él me llama por mi nombre, nos reímos de que la primera vez yo no lo reconocí y me insiste en que la economía es muy importante para el arte; finalmente, reaparece en mi sueño vestido de blanco, me dice que va a morir, con una sonrisa plena e iluminada. Este sueño ocurrió dos días antes de su muerte.

PS: Creo que el sueño tiene una convocatoria que preparaba para una experiencia de Artist in Residence. Mi mente me hizo recordar esas palabras de Rojo, como diciendo «no olvides que la economía es muy importante para el arte». Esta interpretación del sueño explicaría el diálogo, pero no la premonición. Quizá existe otra dimensión en la cual, como en los Bhagavad Gita, todo ha sucedido, o está sucediendo irremediablemente, pesa a la ilusión diaria de libre albedrío, y en ocasiones, a través del arte y de los sueños, podemos entrar en contacto con ella.

Solo somos muertos que platicamos con muertos

reza la famosa frase del personaje del Aleph. Donde el único heroísmo posible es aceptar nuestro destino sin temor y con sorpresa.